Había una vez un príncipe llamado Felipe que vivía en un hermoso castillo en un país llamado Andalucía. Aunque era joven y apuesto, Felipe se sentía muy solo en su castillo, pues su padre, el rey, había fallecido y su madre estaba muy ocupada gobernando el reino.
Un día, Felipe decidió salir a cabalgar por el bosque cercano al castillo. Mientras cabalgaba, llegó a un claro en el bosque donde encontró a una hermosa princesa llamada Isabella, que estaba sentada junto a un arroyo. La princesa tenía el cabello negro como el ébano y ojos tan verdes como el mar.
Felipe se sintió inmediatamente atraído por la princesa y se acercó a ella. Después de presentarse, le preguntó si necesitaba ayuda. Isabella le dijo que sí, pues había sido secuestrada por un malvado hechicero y llevada a aquel bosque. Felipe decidió ayudar a la princesa y juntos comenzaron a buscar una forma de escapar.
Después de mucho caminar, llegaron a una cueva oscura. Felipe y Isabella entraron en la cueva y comenzaron a buscar algo que pudiera ayudarles a salir. Mientras caminaban, encontraron una piedra mágica que emitía una luz brillante. Felipe tomó la piedra y, de repente, una voz mágica comenzó a hablarle. La voz le dijo que si deseaba salir de la cueva y regresar al castillo, debía hacer un deseo.
Felipe reflexionó por un momento y luego hizo su deseo: "Deseo que Isabella y yo podamos salir de esta cueva y regresar al castillo sanos y salvos". De inmediato, una puerta mágica se abrió en la pared de la cueva y Felipe y Isabella salieron al exterior.
Cuando llegaron al castillo, Felipe presentó a Isabella a su madre, la reina. La reina quedó tan impresionada con la belleza y la valentía de Isabella que le ofreció quedarse en el castillo y casarse con su hijo. Isabella aceptó encantada y así, Felipe y Isabella se casaron y vivieron felices para siempre.