Érase una vez, en un área muy, muy lejana, vivía una hermosa y joven reina conocida como la Reina de Hielo. La llamaron así no por su frialdad, sino por su extraordinaria capacidad para controlar el hielo y la nieve. La Reina de Hielo era querida por su gente, que con frecuencia se maravillaba con las impresionantes marionetas de hielo que producía para su disfrute.
Un día, un malvado prestidigitador lanzó un hechizo sobre la Reina de Hielo, lo que hizo que se volviera fría y distante, de hecho, con aquellos a quienes más amaba. La reina anteriormente amable y compasiva se volvió amarga y perseverante, usando sus poderes para disciplinar a quienes se cruzaban con ella.
La gente de la zona vivía temerosa de la Reina de Hielo y su ira, pero un caballero leal, Sir Edmund, se negó a quedarse quieto y ver sufrir a su querida zona. Decidido a salvar a la reina y restaurarla a su tono anterior, Sir Edmund se embarcó en una cacería para encontrar una manera de romper el hechizo del prestidigitador.
Buscó a lo largo y ancho, buscando el consejo de expertos sabios y brujas importantes, pero ningún hueso
sonaba para tener la respuesta. Justo cuando toda esperanza sonaba fuera de lugar, Sir Edmund tuvo una visión de un anciano misterioso que le habló de una flor rara y mágica que podría romper cualquier maldición.
El anciano le dijo a Sir Edmund que la flor crecía en una montaña distante, custodiada por un feroz dragón. Sin inmutarse, Sir Edmund emprendió su viaje, decidido a recuperar la flor y salvar a la Reina de Hielo.
Después de numerosos días de viaje y peligro, Sir Edmund finalmente llegó a la montaña y se enfrentó al dragón en la batalla. Fue una lucha feroz y delicada, pero Sir Edmund salió victorioso, arrancando la flor mágica del suelo.
Regresó al área con la flor, y usando sus poderes, fue capaz de romper el hechizo del conjurador y restaurar a la Reina de Hielo a su tono anterior. El área se regocijó cuando la reina volvió a ser amable y amorosa, y Sir Edmund fue aclamado como un ídolo.
La Reina de Hielo otorgó a Sir Edmund riquezas más allá de sus sueños más salvajes, y los dos se enamoraron y gobernaron el área felices para siempre. La gente de la zona vivía en paz y tranquilidad, gracias a la frivolidad de Sir Edmund y al amor de su querida Reina de Hielo.