El punto dulce de una espina
Me la encontré una tarde de esas, solas,
en que la soledad, era la tarde,
no hubo mejor palabra que el silencio
con su infinito diálogo hacia dentro;
era una espina de esas que se duermen
al enterrarse hondo como herida.
Me la encontré, pero yo no iba a herirla
y ella tampoco estaba en plan de herirme.
Me la volví a encontrar la misma tarde;
con una soledad mucho más larga
y más hermosa que una larga herida,
pero nada de herida hacía a la tarde;
en cambio hacía que yo, me despertara
con sus enormes diálogos dormidos.
La tarde tiene espinas que convidan
a hacer menos espinas las heridas.
Eternamente se nos fue esa tarde
y no hubo herida de ninguna espina
y no hubo espina por mi mano herida;
mas fue la tarde, honda y silenciosa,
la que habló desde dentro de nosotros;
a mí me dijo que la espina es una,
a la espina, de mí, le habló lo mismo,
porque a la larga, la soledad se acorta
si en la tarde nos volvemos uno;
y aunque esa espina se quedó en el campo;
“No me abandona. Siempre está a mi lado”