Sabana
Nací aquí, en el llano, y si no hubiera nacido aquí también sería llanero porque los llaneros somos los únicos que nacemos donde nos provoca. Y como nací aquí, mi nombre es Sabana. Mamá quería llamarme Ventarrón, porque así le decían a mi abuelo, aunque a mí no me hubiese gustado porque el abuelo pasó sus últimos años chocando con lo que se le atravesaba; mi abuelo era ciego. Papá quería llamarme, Sabana Larga, pero como no crecí mucho se conformó con Sabana.
Mi infancia fue feliz hasta que llegué a la escuela, bueno, no exactamente hasta que llegué, sino cuando llegaron los avispados al salón de clase, que fue después de mí, cuando empezaron a llamarme bobo, no ve que era el único al que, una vez metido dentro del uniforme escolar se le veía solo la cabeza porque el resto del cuerpo me quedaba ahogado en la cantidad de tela sobrante; es que mi mamá era pobre y tuvo que ponerme la ropa de papá, sin cortarle, porque después de que yo llegara de la escuela, él la usaba para quitarse la del trabajo.
“¡Ahí viene Sabana!” gritaban los compañeros de escuela y yo sentía rabia cuando llegaban galopando las burlas de mis amigos a mi pecho y para colmo, la maestra era de mal pronunciación y en lugar de decir, Sabana, decía: ─¡Sábana Pérez.
─Presente ─decía yo, con un hilo de voz que no alcanzaba, sino para tejer tristezas y me acordaba de papá con su amor al llano y le recordaba a la maestra que no era sábana, sino Sabana, que cuándo corregiría el listado de asistencia, que abriera bien la boca porque Sabana se dice con la boca abierta y como si nunca se fuera a cerrar, pero ella, volvía y se equivocaba y no quise insistir porque pensé, “va y se enoja y con su tamañón me zarandea, porque no es lo mismo la fuerza bruta, que la fuerza de una bruta”, y me quedaba quieto.
Así estuve en la escuela, recibiendo, hasta que llegué al bachillerato y de una vez me preguntaron ¿por qué me llamaba Sabana?, pero yo no les contestaba porque se me hacía un ovillo de miedo en la garganta, a la que empecé a usar solo para cantar mis coplas porque eso si tenía yo, chispa para improvisar, ahí sí que saqué lo de mi abuelo Ventarrón, esa pícara y rápida respuesta que desarmaba al contrario y que me dio valor para otra cosas como cuando me volvieron a preguntar lo de Sabana, y les dije:
─Es que ya hay muchos Pedros, muchos Juanes, muchos Ramones y muchos preguntones que siempre salen con la misma vaina.
Y me los sacudí y empecé a andar solo y justo cuando cumplí dieciséis, me enamoré.
─¡Mucho gusto! ─me dijo ella, mi nombre es Jennifer Estefanía Valbuena Echeverría.
Y yo:
─¡Mucho gusto! Soy… Sabana, Sabana Pérez. Y todo se lo dije mirándola a los ojos, y noté que sonrío ¡claro!, antes había notado que su primer apellido coincidía con su cuerpo porque de que tenía lo suyo, ¡lo tenía!, y de una vez le eché barro a la tristeza y le dije:
¡Señorita, Echeverría!/
dígame si quiere amores/
pues si quiere, los mejores,/
le ofrezco de noche y día.
y al instante andábamos acaramelados y coplas por aquí y coplas por allá y me olvidé de la bruta de mi maestra para cederle todo el espacio en mi corazón a mi Valbuena. Y no había en todo el llano, Sabana más feliz que yo.
Pero un día mi verdecita no llegó, ni al siguiente; el año escolar lo terminamos sin ella y yo era copla y copla:
Una sabana sin verde/
es una sabana triste,/
yo no entiendo verdecita/
¿por qué de mí tú te fuiste?
y terminó mi felicidad y fui al campo, ante los mismos padres, pero no con el mismo corazón, porque le faltaba la música de Valbuena y dije para mis adentros, “una sabana sin música no es una sabana completa”, y una madrugada, acompañado por el deseo, dejando atrás el cantar de los gallos me perdí a la ciudad donde me dijeron que mi verdecita estaba.
─¡Buenas noches!, joven ─me dijo una señora elegante que se sentó a mi lado.
Yo estaba en el bar del hotel, tomándome una cerveza, nomás pa´ aclarar la búsqueda.
─¡Buenas noches, señora! ¿qué le ofrecemos?, ─le dije moviendo la punta del sombrero con mi mano izquierda. ─a la orden, solterito y sin compromiso.
─¿Es usted llanero de verdad?, ─me preguntó la vieja.
─De verdaíta porque los de mentira no los conozco. Soy tan criollito que hasta me llamo Sabana, Sabana Pérez.
─Yo siempre había querido conocer a un llanero, pero no pele esos ojos de perro cazador, soy lesbiana.
─Les… ¿qué?
─¡biana!… Lesbiana, que me gustan las mujeres, pues.
Y diciendo eso, hui de aquella mujer como alma que lleva el diablo porque en el llano esas cosas no se ven, pero ni en escasez de padrotes, si por ejemplo, faltase uno, el mismo dueño se toma ciertas libertades.
Me volví a instalar y muy lejos de la lesbiana, pido otra cerveza y diez minutos más tarde un hombre se sentó a mi derecha y como si se hubiera tragado a una gata en celo, preguntó:
─Es usted propio del llano.
─Muy propio, ajeno no uso ni las coplas.
─Digo, que sí usted es cabal.
─No señor, mi apellido es Pérez, soy Sabana Pérez.
─Me refiero a que si usted es llanero, o sea, que si viene de allá, del llano.
─¡Ah!, sí, ahí me enterraron el ombligo, ahí me crie y de ahí mismito vengo, ¿qué se le ofrece?
─Pues, ya que lo pregunta, siempre quise conocer a un llanero, dicen que están bien dotados, que calzan de cuarenta en adelante.
─Pues, sí…
─Y, pues, que como soy gay, a mí me gustan los pie grande.
─¿Gue…?
─Gay, que me gustan los hombres, vale.
─¡No!
─¡Sí!
Zape gato, chito perro/
bien lejos me voy, paisano,/
no quiero cosas del diablo/
porque yo soy bien lesbiano.
Y me regresé al llano, no importa que me sigan llamando bobo. FIN
Fuentes de las imágenes. La primera es de mi autoría, la segunda, la tercera, la cuarta es mi autoría.