Puedes leer el comienzo de esta historia aquí: (Quinta parte)
La sensación de frío punzante comenzó a disminuir, no porque la temperatura subiera en aquella habitación, pues la comarca seguía siendo azotada por la ventisca, sino porque la historia de Tanaka se volvía más interesante con cada avance.
—Esa misma noche, las cosas se pusieron turbulentas —dijo cabizbajo, como un hombre que sufre al recordar terribles sucesos.
—¿Volvieron las criaturas? —me apresuré a preguntar.
—Sí, lo hicieron, pero esta vez eran más feroces que antes, no fue necesario usar ningún cebo con ellas. Parecían demonios al asecho de almas, buscando venganza por la captura anterior —dijo con la mirada fija en un punto en la pared, reviviendo en su mente cada instante de aquel ataque—. Algunas criaturas golpeaban el casco del Ashika. No estábamos preocupados al principio, pero luego comenzaron a saltar lo suficientemente alto como para abordar la nave.
—¿Qué pretendían hacer? ¿Pelear con los marineros?
—Dos de esas cosas saltaron por el ala de proa, allí estaba un sujeto corpulento, de enorme espalda, que portaba una especie de cuchillo en forma de espada, muy afilado. Saco el cuchillo intentando repeler a las bestias, pero hundieron sus garras en el rostro de aquel marinero antes de que pudiera defenderse; lo dejaron ciego en el acto. Luego lo abrieron tal como nosotros habíamos hecho con las primeras bestias que capturamos.
Me quedé sorprendido intentando imaginar la escena.
—Pero, ¿cómo fue eso posible? Me refiero a ¿cómo pudieron moverse libremente en cubierta si no tienen piernas?
—Era más un ataque suicida. El capitán les disparó con su rifle. Pero no fueron las únicas criaturas que saltaron a cubierta, luego le siguieron otras. Cada ataque era efectivo, cómo si supieran donde estaban parados cada tripulante. Mataron a cuatro marineros.
—¿Por qué no se resguardaron?
—Lo hicimos, al menos algunos de nosotros. Pronto se sintió un ambiente de impotencia entre los hombres, querían tomar venganza y matar a cuantas criaturas pudieran. Eso incluía a Kirena. Hiro y yo lo impedimos. Nos paramos en la puerta de acceso a la bodega y no permitimos que nadie entrara. Funcionó por un rato, hasta que el mismo capitán se hartó del salvajismo de esas bestias. Mandó a buscarla para despedazarla y tirarla al mar, pues al parecer, era por causa de ella que nos atacaban sin descanso.
—¿Qué hicieron Hiro y usted cuando el capitán mandó a buscar a Kirena?
—Obedecimos, aunque no estábamos dispuestos a matarla. Ella era diferente, era dócil y estaba asustada, necesitaba ser protegida.
Percibí en Tanaka un apego poco racional, mezclado con una incredulidad apasionada. Por cómo hablaba, este hombre estaba dispuesto a entregar su propia vida, si esto fuera necesario, para salvar a la fantástica criatura. Por unos instantes dejé que mi mente divagara entre muchas ideas para explicar cómo desapareció toda una tripulación de experimentados marineros. Pensé en la posibilidad de que Hiro y Tanaka, los únicos sobrevivientes conocidos de aquel naufragio, fueran responsable de la pérdida de tantas vidas humanas. Desde luego, no me atreví a sugerir nada de esto, no por temor a descubrir que tuviera razón, sino para no interrumpir la narración de los hechos.
—El mecánico hizo un llamado de emergencia al puente, y la alarma sonó por los altavoces —señaló Tanaka llevando las manos a la cabeza—. El casco había sido perforado. Una grieta en la sección de máquinas, como si lo hubieran cortado con una enorme tijera. El agua entraba a borbotones.
—¿No podían sellar esa sección del barco? ¿Repararlo de algún modo?
—No en ese tipo de barco, no con esa clase de daño —se lamentó el japonés—. El capitán comenzó a lanzar maldiciones, el barco se hundiría sin remedio. En medio de la rabia, tomó su rifle para dispararle a Kirena, pero Hiro se opuso; así que lo abofeteó delante de los hombres.
—¿Abofeteo a su sobrino?
Tanaka asintió con la cabeza.
—El primer oficial lo detuvo de intentar otra cosa, le recordó al capitán que debíamos alistar los botes salvavidas. El capitán se marchó, pero ordenó a los demás que le abrieran el estómago a Kirena. Yo encontré la espada del marinero corpulento y la empuñé para defenderla. Nadie se acercó a ella entonces. Tenían otras cosas de qué preocuparse.
—¿No pidieron auxilio por radio?
—La radio no funcionaba en la zona de las tres montañas. Estábamos por nuestra cuenta. Hiro y yo procuramos liberar al pez, para entonces, se había iniciado un incendio en las secciones de la cocina y las bodegas de carga. Todo se volvió un caos rápidamente, y luego se puso peor.
—¿Peor? ¿A qué se refiere?
—El barco comenzó a ladearse, y más criaturas abordaron la cubierta. Fue una masacre descomunal. Era evidente que las leyendas eran ciertas. Estábamos sentenciados.