Por G. J. Villegas
Cabo Cod, 26 de Abril de 1715.
Mi amada María.
Mi corazón reverbera de desesperación por ti. Tan hermosa como el atardecer en la playa, anhelo sentir la suave caricia de tu dorados cabellos en mis manos.
Soy consciente del disgusto de tu padre y su oposición a nuestra relación. No comparto la idea de impedir que dos almas que se atraen poderosamente, sean separadas por tradiciones sociales insulsas. Pero comprendo que no podemos vivir alimentados solo por el amor, y calentados por el fuego de nuestra pasión.
Por eso he decidido hacer fortuna suficiente para asegurarnos un futuro. La Mar será mi empresa, y en su corazón hallaré los recursos necesarios para darte el puesto de dama acaudalada que mereces.
Existen muchos tesoros perdidos en el fondo del océano, muy cerca de la costa, y me propongo conseguirlos para hacernos ricos. Ya he comprado una nave para ese fin usando todo el dinero que me heredó mi padre, y cuando vuelvas a saber de mí, te contaré de las maravillosas gemas y el brillante oro que será nuestra fortuna.
No he podido ir en persona a revelarte mis planes porque prefiero respetar los deseos de tu padre y mantener intacto tu honor.
Amor mío, estas en mi mente y corazón, así como sé que estoy en el tuyo. Que cada amanecer te recuerde mis besos.
Completamente tuyo, Sam.
—¿A quien le escribes esta vez? —preguntó Paul golpeándole el hombro.
Samuel sonrió ante la pícara idea de su amigo. Compañeros de aventuras por muchos años, ambos aprendieron a surcar los mares en la Real Academia Naval. El nuevo mundo les reportaba la ilusión de una ilustre carrera a los dos jóvenes entusiastas, pero la realidad de la época les permitiría advertir que se necesitaba más que solo deseos y sueños para triunfar. La sociedad estaba dividida entre dos grandes clases bien diferenciadas entre sí, los que poseían bienes y prestigio, y los que no. Ellos pertenecían a este último grupo, pero tenían la firme y tenaz idea de convertirse en miembros del primero.
—Le escribo a María, a nadie más —respondió Samuel fingiendo no entender las palabras de Paul.
—¿La señorita Hallet? ¿No te dijo su padre que te apartaras de ella? —preguntó Paul.
Samuel asintió con la cabeza antes de responder.
—Lord Hallet es un caballero que sabe lo que le conviene a su hija. Yo, por mi parte, no pretendo llevarle la contraria, es más, esta es la razón por la que le escribo a mi doncella en lugar de encontrarme con ella en persona.
—Entonces, es una carta de despedida —dijo Paul entregándole un sobre con unos documentos, y se recostó de la barandilla del balandro.
—No es una carta de despedida, al contrario, le aseguro a María que he hallado la forma de estar juntos sin los señalamientos incómodos de su familia. Le comento de nuestros planes de negocios —dijo Samuel tomando el sobre extrañado.
—¡Ábrelo! Te alegrará saber que se nos ha concedido el permiso de zarpar y explorar durante diez días las millas que solicitamos. El documento que tienes en tus manos nos garantiza que seremos dueños del quince por ciento del oro que encontremos —señaló Paul encendiendo una pipa.
Samuel lo miró sorprendido, pero sin mostrarse excesivamente emocionado.
—¿Cómo lo has conseguido tan expeditamente?
—Recurrí a un artilugio que me ha dado magníficos resultados otras veces en la misma oficina de aduana y con el mismo funcionario, Sir Leonard Robinson, un hombre hábil en su trabajo, y bastante conocedor de las leyes de rescate marino debo decir —indicó Paul.
—¿Recitaste algún artículo legal que nos favorece? —inquirió Samuel.
Paul arrojó unas bocanadas de humo mientras negaba con la cabeza.
—Más práctico que eso… lo soborné.
—¡Bien hecho! —exclamó Samuel leyendo el contenido del sobre.
Ambos habían sido criados bajo la disciplina de respetadas familias en su país de origen, y perfectamente se comportaban a la altura de lo que se esperaría de dos caballeros. Sin embargo, también habían aprendido que la vida suele exigir más que palabras corteses y buenas modos para obtener logros. A su edad, ya gozaban de la suficiente experiencia para saber cuándo ser buenos ciudadanos, y cuando ser pillos simpáticos.
—Ya todo está listo capitán, partiremos cuando lo ordene —señaló el Maestre.
Samuel y Paul se pararon firmes al oírlo, como lo harían dos buenos marineros de rango.
—Te presento a George Kidman, nuestro maestre —dijo Samuel complacido.
Paul lo miró de arriba abajo, haciendo un escrutinio de la peculiar figura que estaba ante él. El señor Kidman, “Alegre George” como lo llamaban los demás marineros, era un hombre de baja estatura, una cintura bastante abultada, y brazos fuertes, propios de alguien acostumbrado al trabajo pesado. Llevaba una barba muy tupida que apenas le dejaba al descubierto la boca.
—Paulsgrave Williams —se presentó Paul, estirando su mano.
—El primer oficial de la nave —intervino Samuel, ante la mirada de reojo de Paul.
—A sus ordenes señor —respondió alegremente el maestre, terminando su frase con una larga carcajada que dejó ver su irregular dentadura.
Paul esperó a que el maestre se retirara buena distancia y entonces inquirió:
—¿Dónde encontraste a este sujeto?
—¿Te refieres al “Alegre George”?
—¿Es que tiene un apodo de delincuente también?
—Apodo de ebrio diría yo —señaló Samuel, conteniendo la risa—. Hallé a nuestro amigo en la taberna La Sirena, con la cabeza clavada en su mesón favorito y un terrible olor a ron. Pero descuida, el tabernero me aseguró que es un experimentado marino.
—¿Y los demás tripulantes también son asiduos clientes de la taberna? —quiso saber Paul.
—Algunos… otros son pescadores sedientos de aventuras.
—No te conformaste con menos ¿eh?
—Por favor amigo, es lo mejor que pude hallar con mi ajustado presupuesto —susurró Samuel.
—Tengo curiosidad, ¿cuánto les ofreciste de paga?
—¡Ja! Lo más fácil del mundo —exclamó triunfante Samuel—, dos comidas diarias y una botella de ron para cada uno.
Paul se puso serio y preguntó con ironía:
—¿Solo dos comidas diarias? Deben estar desesperados.
—Y también el uno por ciento del tesoro que encontremos —agregó Samuel.
—Ya decía yo —se lamentó Paul.
—¡Animo primer oficial! Ven y te enseñaré el barco —dijo Samuel tomándolo de un brazo.
El balandro llevaba el nombre “Desidia”. Era algo pequeño para su clase, un poco envejecido y maltratado, pero suficiente para llevar a cabo la misión de los dos amigos de surcar el mar en busca de tesoros escondidos.
—Observa las velas —señaló Samuel—están en perfecto estado. También los aparejos y el casco. Bajemos a ver el interior.
Paul lo seguía de cerca, haciéndose espacio entre la tripulación que terminaba de organizar las provisiones para el viaje. Ambos bajaron para examinar el resto de la nave, y Paul no pudo evitar sentir unos extraños nervios al ver la oscura figura que reposaba cerca de un estante de estribor.
—¿Qué hace esto a bordo de la nave? —preguntó confundido Paul.
—Es un cañón —respondió Samuel.
—Obviamente es un cañón, pero ¿por qué tenemos uno en la nave?
—De hecho tenemos dos —indicó Samuel sin inmutarse.
—¡¿Dos?! —preguntó Paul de forma exagerada— ¿Para qué necesitamos llevar cañones Sam? ¿Acaso iniciaremos una guerra?
Samuel se encogió de hombros.
—Ya estaban aquí cuando compré el barco, son parte del balandro.
—Es por los piratas —dijo uno de los marineros.
Samuel y Paul lo miraron fijamente esperando que terminara su explicación.
—Los piratas amenazan cada barco que se hace a la mar. Especialmente los barcos mercantes —dijo el marinero.
—Pero nosotros no tenemos de qué preocuparnos capitán —intervino el maestre George—. Le aseguro que estaremos lejos de la zona de ataques piratas.
Los dos hombres subieron a cubierta, hasta donde estaba el timón. Pero a Paul no dejaba de inquietarle el asunto de los cañones.
—Me preocupan esos cañones Sam. No tenemos permiso para llevarlos a bordo, en los documentos no se menciona nada de cañones.
—¡Levad el ancla! —grito Samuel alzando la voz por encima de la de Paul.
—Tranquilo amigo, por eso están escondidos, nadie los notará. Además, escuchaste lo que dijo el maestre George, ni siquiera tendremos que usarlos —le sujetó la solapa de su casaca y le susurró al oído—: piensa en todo el oro que conseguiremos en los próximos diez días. Volveremos como hombres ricos, y hasta podremos comprar otra nave más grande que este balandro. Ahora dime, ¿sigues siendo mi primer oficial o qué? Porque debes secundar mis órdenes a la tripulación.
Paul sabía que no había aventura sin riesgos, después de todo, también había invertido cada centavo que le quedaba en esa expedición. Le sonrió a su amigo, y estrechando fuertemente su mano dijo:
—A la orden capitán… ¡Ya escucharon al capitán, levad el ancla!
La tripulación del “Desidia” partió con esperanzas de tener éxito. Samuel tenía buen conocimiento de los lugares donde ocurrieron naufragios. Diez días eran más que suficientes para encontrar algunos cofres y barriles que le permitieran obtener sus primeras ganancias. El clima fue gentil con ellos, días soleados y noches calmadas con cielo estrellado los acompañaron todo el tiempo. Pero con cada lance del arpeo, solo levantaban decepción y trastos sin valor del fondo marino.
El mar les estaba quitando poco a poco sus provisiones, sus fuerzas, y sus ilusiones de grandeza. El último día de la expedición todo cambió. Un fuerte oleaje parecía estar agitando las aguas arriba y las corrientes debajo del baladro. La vida de aquella tripulación de marineros estaba por dar un vuelco en una dirección inesperada.
—¡Maestre Kidman, suelte el cabrestante, bajen ese arpeo! —ordenaba Paul visiblemente agotado y demacrado por las interminables faenas.
—¡A la orden, señor! —respondía George girando las palancas junto a dos marineros más.
El arpeo cayó de golpe, y el balandro lo arrastró por algunos minutos hasta que lograron enganchar algo.
—¡Súbalo maestre, veamos que pescamos! —gritó Samuel girando él mismo el timón a babor.
Lentamente vieron ascender un manojo de cadenas enganchados al arpeo, y en los extremos, un par de cofres revestidos de cobre pulido, bellamente adornados. La tripulación no sabía cómo reaccionar, pues nunca antes habían visto un objeto de este tipo. El capitán se mostraba confundido, y estaba casi seguro de que se trataba de alguna pieza militar de poco valor.
Cuando finalmente lo depositaron en cubierta, notaron los delicados engastes en su exterior, y entendieron que no se trataban de simples cajones de metal.
—¡Ábranlo!, veamos que hay dentro —ordeno Samuel con un entusiasmo renovado.
La tripulación gritó eufórica al ver los pequeños lingotes de oro, perfectamente alineados en su interior, y marcados con el escudo distintivo de alguna familia de la nobleza europea. Al fin tenían éxito, los lingotes pesaban unas mil onzas en total. Los marineros comenzaron a cantar y bailar. Los pensamientos de Samuel, enseguida se volcaron sobre su amada María y el futuro que les esperaba.
Absortos en la felicidad de su hallazgo, ninguno de ellos, ni siquiera el vigía de guardia, se dio cuenta de la niebla espesa que los arropaba lentamente, hasta que apenas podían verse unos a otros.
—¡Miren, bote a babor! —alertó uno de los marineros.
Se trataba de una embarcación a remos, con cuatro tripulantes en su interior, todos muertos, mutilados y con disparos en la cabeza. Evidentes víctimas de un abordaje pirata. Al parecer, por sus desgastadas ropas, eran personal de la cocina de algún barco mercante. Los hombres del “Desidia” se acercaron a la baranda de babor del balandro para mirar la cruenta escena.
—Asegure el oro en las bodegas oficial Williams —dijo rápidamente Samuel.
—No se preocupe capitán —dijo el maestre George—, ese bote lleva días a la deriva, los asesinaron hace tiempo.
—Tiene razón —agregó Paul—, por el estado de los cadáveres deben llevar cerca de un mes así.
—¿Por qué mutilar y disparar sobre estos hombres sin rango? Esto es grotesco —señaló con pesar Samuel.
—Así son los piratas señor, no tienen misericordia ni compasión —dijo el maestre George.
—Los desmembraron y les sacaron los ojos… perros sanguinarios —señaló Paul.
Samuel no terminaba de entender las razones de aquella masacre. Aunque comprendía que los piratas operaban fuera de la ley, no encontraba justificación para excederse con violencia en contra de sus víctimas.
—¡Barco a estribor! —gritó esta vez el vigía—. Es un navío.
Samuel sintió un vacío en su estómago.
—¡¿Piratas?! —preguntó Paul agitado.
El vigía hizo una pausa debido a la niebla.
—¡No señor, es un navío militar! —respondió.
Samuel y Paul se miraron el uno al otro aliviados.