—Esos hombres no tienen ningún poder, son solo hombres codiciosos. Esta tierra es nuestra. La comida es nuestra y todo el oro debemos usarlo para honrar a nuestros verdaderos dioses.
—Estoy de acuerdo contigo. Los he visto deambular por la selva como palmas secas. El hambre los está matando poco a poco. Solo debemos dejarlos morir y nos libraremos de ellos.
Con licor de caña y yuca, sellaban el pacto los dos líderes del clan que dominaba la isla. Ponían así fin a las interminables jornadas de recolección de frutas, verduras y carne para los extraños invasores. Al comienzo de su llegada, la gente los alabó como dioses poderosos. Les obsequiaron todo tipo de tributo creyendo que así ganarían su favor.
Las impresionantes naves con las que llegaron desde el horizonte del mar, parecían carruajes divinos. Los mosquetones que escupían fuego, eran llamados por los nativos “el aliento de la muerte”, usado para castigar a los que se oponían a la voluntad de los enviados del cielo.
Pasaron las semanas, y fue quedando en evidencia que aquellos navegantes de cascos relucientes solo eran simples mortales.
—Han pasado cinco días y los nativos no han traído nada de alimentos capitán —indicó el soldado mirando con preocupación los canastos vacíos.
—Ya no nos ven con respeto. No nos alimentarán, a menos que le demos razones de peso para ello —respondió el capitán desde un diván improvisado, con la voz apagada por el hambre y la sed.
—Los hombres dicen que debemos tomar las armas y las municiones que nos quedan para hacer un asalto a la comarca —sugirió el soldado con desesperación disfrazada de prudencia.
—¡Ya me tenéis harto ustedes estúpidos holgazanes! —gritó el capitán sobresaltado— Gracias a vuestra temeraria incursión anterior es que nos estamos muriendo de hambre.
—¡Cálmese capitán! ¡Lo oirán los demás!.
—¡Que me escuchen esos imbéciles! ¡Solo presentan ideas estúpidas como si fueran vulgares piratas!
El capitán se inclinó sobre su lecho, y haciendo una pausa en su iracundo discurso, se puso a llorar. Sabía que su suerte estaba echada. No había forma de escapar de aquella isla ni de lograr la paz con los nativos. Sus armas eran pocas, sus fuerzas estaban mermadas por las enfermedades, su moral yacía en el punto más bajo.
—Solo un milagro puede salvarnos ahora —dijo el capitán en tono suplicante levantando las manos al cielo.
—Un milagro del cielo —repitió en voz baja para sí, y cambiando repentinamente de ánimo, como quien hace un gran descubrimiento, le ordenó al soldado—: buscad en el barco mi copia de las cartas astrales y traedlas pronto ante mí.
El capitán estuvo horas leyendo y revisando estos documentos. Cuando cayó la noche, todos los soldados, varados en aquella, playa pudieron oírle gritar en triunfo. Reía como un desquiciado, y caminaba de un lado a otro dentro de la tosca choza que le servía de refugio, agitando las cartas con fuerza, poseído por una euforia pocas veces vista por su tripulación.
—¡Estamos salvados! —gritaba— ¡Seremos dioses de nuevo ante sus ignorantes ojos!
Los soldados le miraban con desconfianza, no entendían la razón de su alegría y más cuando ya se corría el rumor entre ellos de un supuesto motín.
—¿Qué se trae el capitán entre manos? —preguntaron algunos.
—Parece que se ha vuelto loco finalmente —decían otros en son de burla.
—Se equivocan —replicó uno de los marineros— mañana irá el mismo a reunirse con los líderes de los nativos para exigirles que nos atiendan de nuevo. El capitán los amenazará con algo relacionado al calendario.
—¿Cómo puede un calendario obligar a los nativos a darnos alimentos?
—Eso no lo sé, solo cuento lo que he oído.
La mañana siguiente, los líderes del clan recibieron al capitán esperando que este suplicara por su vida y la de los demás invasores. Pero quedaron muy perturbados ante las palabras de aquel hombre de tez blanca y barba tupida, que les hablaba con mucha autoridad.
—Vosotros habéis ofendido a nuestro dios con su mezquindad y poca colaboración —dijo el capitán en voz alta y desafiante—. Él se ha comunicado conmigo. Me ha pedido que les de una oportunidad. Si muestran sabiduría, y nos llevan alimentos en abundancia a diario, los bendecirá y se salvarán de acontecimientos desastrosos. Pero si se resisten y no pagan su tributo a nosotros, entonces en tres noches, verán como la luna que tanto veneran, desaparece del cielo ante vuestros ojos.
Las reacciones entre los nativos fueron diversas: algunos se asustaron ante las palabras del conquistador, otros hicieron gestos de desprecio. Incluso entre los marineros, era evidente el asombro ante tan poca usual amenaza.
El capitán simplemente se dio la vuelta y regresó a su refugio en la playa de la isla.
Durante los dos días siguientes, los líderes del clan se ocuparon en disipar los temores entre los aborígenes, reforzando la idea de que los conquistadores solo eran hombres comunes. Entre los marineros, el capitán dedicó tiempo a explicarles como las cartas astrales le habían permitido llegar a su creativa solución.
Durante la tercera noche, la población de aborígenes quedó pasmada cuando miraron al cielo, y percibieron como la luna desaparecía ante sus ojos. No solo desaparecía, sino que también tomaba un color rojizo como la sangre; según ellos, un mal presagio de grandes calamidades que destruirían la comarca por completo.
Tanto los líderes del clan, como buena parte de su población, se dirigieron de prisa al campamento de los hombres blancos para solicitar clemencia.
Los líderes se pusieron de rodillas ante el capitán y suplicaron que hablara con su dios para detener la desgracia. Algunas mujeres se arrojaban arena sobre sus cabellos y lloraban desconsoladas mientras la luna seguía desapareciendo, vistiéndose de sombras.
—Por favor, habla con tu dios para que se apacigüe su ira —pidieron los líderes del clan.
El capitán armó un teatro mostrándose ofendido y orgulloso. Luego dijo a los aborígenes:
—Necesito estar a solas en mi choza para hablar con mi dios y abogar por vuestras vidas. Que todo el mundo cese de hacer ruido, no ofendamos a dios más de la cuenta.
Un silencio casi total se apoderó de la playa, interrumpido de vez en cuando por el sollozo de alguna mujer o la risa disimulada de alguno de los marineros. En el interior de su choza, el capitán revisaba las fases del eclipse para calcular el mejor momento de salir y anunciar la supuesta decisión de dios. Para entonces la luna se había cubierto totalmente, y el temor entre los aborígenes estaba en su punto más alto. Finalmente, luego de minutos que parecieron interminables, emergió de su claustro para comunicar la decisión divina.
—¡Escuchadme, infieles! Dios ha decidido perdonarles la vida y vuestra insolencia y abuso descarado en contra de nosotros, sus enviados. La luna aparecerá de nuevo. A partir de mañana, que no falte el pago del tributo y el regalo abundante de alimentos. Ahora ¡marchaos! Y que esta desobediencia no se repita.
La luna comenzó a aparecer de nuevo, y a la mañana siguiente, una larga fila de personas llegaba al refugio en la playa de los marineros, cargando cestos llenos de todo tipo de alimentos disponibles en aquella isla. La gente hasta temía mirar a los ojos a los conquistadores para evitar ser causa de alguna nueva ofensa.
Así el capitán recobró el absoluto respeto por parte de sus marineros, quienes olvidaron la idea de un motín y celebraban la astucia de su comandante. Los líderes del clan, por su parte, no volvieron a poner en duda la divinidad de aquellos hombres extraños de cascos relucientes que habían llegado desde el horizonte del mar. A sus ojos, volvieron a ser dioses.
En el año 1504 Cristóbal Colón se encontraba en Jamaica, enfrentándose a la delicada situación de tener que lidiar con el malestar de los lugareños y el hambre de su tripulación. Su conocimiento de un calendario lunar y la ocurrencia de un eclipse justo en esos días, le permitió urdir un astuto plan para salvar su propia vida y la de sus tripulantes. Esta historia se basa en estos hechos reales y documentados, si bien los diálogos y la línea de acontecimientos son ficticios, creación del autor Gheyzer J. Villegas