Que te vaya muy bien.
Ya no valen las lágrimas o los lamentos,
nuestra despedida es inevitable,
pero no quiero llevarme lo malo,
pues fuiste alguien a quien ame intensamente,
en un punto, fuiste todo lo que quise.
Cada domingo por la mañana,
salíamos al brunch por la calle 77,
y de allí soltamos rienda suelta a la imaginación,
un par de escapadas express al mar,
sentir la brisa en lo alto de las montañas
o simplemente una vuelta por el mercado,
llenaban mi alma de emoción.
Mi madre sobreprotectora te amaba,
mis amistades nunca te llegaron a odiar,
incluso hoy en día, mi perro me pregunta donde estas,
a donde quiera que fuéramos, eras bienvenida.
Me diste la valentía para aceptar que quería ser feliz,
nunca me había puesto de delante de nadie,
al inicio, ni siquiera me priorizaba por ti,
pero todo ese amor propio y cariño me cambiaron,
fuiste más de lo que siempre había soñado.
Al final, esto no funcionó,
deje que nos ahogara la monotonía,
la tentación y el pecado corrompieron,
dejamos de ser perfectos para el otro,
y solo te puedo desear suerte,
ojalá que alguien te vea como yo lo hice,
que se amen y se cuiden como lo supimos hacer.