Escribir es, ante todo, un ejercicio de arquitectura, de psicología. Mirando hacia atrás, a mis inicios en el Centro Onelio en el año 2000, y recorriendo el camino que me llevó desde Convite de Cenizas (2002) hasta mis más recientes entregas como La Sexta Caballería de Kansas y La Nada Infinita (2024), comprendo que mi voz como narrador y guionista se forjó, entre otras cosas, en una intersección crucial entre dos maestros del cine que, a simple vista, parecen opuestos, pero que en mi obra dialogan constantemente: Alfred Hitchcock y Spike Lee.
Hitchcock me enseñó que la trama es un mecanismo de precisión. En mi narrativa, la estructura nunca es azarosa. He adoptado, casi de manera instintiva, ese esquema que el cineasta británico perfeccionó: la irrupción de un hecho perturbador en un mundo aparentemente normal. Cuando escribía Tras la piel (2004) o los relatos de En este lado de la muerte (2014), buscaba ese punto de quiebre donde el personaje —y el lector— se ve lanzado a una persecución, ya sea física o existencial.
En mis novelas, especialmente en La Sangre del Marabú (2020), la acumulación de obstáculos no busca una resolución heroica. Aprendí de Hitchcock que la revelación final no tiene por qué ser moralizante. Mis personajes, al igual que los suyos, a menudo terminan en un "restablecimiento parcial del orden".
Como autor, me interesa ese residuo de inquietud. Si el lector cierra el libro y se siente totalmente a salvo, he fallado. La escuela hitchcockiana me dio la gramática del suspense, la capacidad de entender que el peligro es más efectivo cuando acecha bajo la superficie de lo cotidiano.
Si Hitchcock me dio la estructura, Spike Lee me dio el alma de los personajes y la temperatura de los conflictos. Sus guiones no se basan en tramas ingeniosas, sino en el exceso interno. Al analizar mis historias, desde el realismo sucio hasta las tensiones sociales de mis novelas inéditas como Prohibido morir en La Habana, veo reflejada esa "olla de presión" que Lee maneja magistralmente.
Mis protagonistas rara vez actúan bajo una lógica moral clara; actúan desde la acumulación de tensiones afectivas y sociales. En El orden natural de las cosas (2015), los personajes se ven empujados por deseos que los aíslan, de la misma forma que Nola Darling o Mookie se ven forzados a actuar contra su propio interés. Lee me enseñó que el antagonismo no necesita un villano de caricatura; el verdadero conflicto surge del choque entre formas incompatibles de vivir. El orgullo contra la rabia, la identidad contra la estructura.
Un elemento que define mi trayectoria es la gestión del espacio. Como en las calles calurosas de Brooklyn de Lee, mis historias suelen ocurrir en espacios psicológicamente comprimidos. La comunidad en mis libros no es siempre un refugio; a menudo es una fuerza que exige la renuncia a la singularidad del sujeto.
En mis novelas más recientes de 2024, busco lo que Spike Lee denomina "incomodidad activa". No escribo para generar empatía fácil. Escribo para que el lector salga del relato con la sospecha de que el conflicto no estaba solo en las páginas de La Nada Infinita, sino en su propia forma de mirar la realidad cubana o universal. Los giros narrativos en mi obra no reparan el mundo; revelan lo que siempre estuvo latente: la violencia estructural, la soledad o el precio real de la libertad.
Haber integrado diversas antologías y publicado a lo largo de más de dos décadas me ha permitido entender que mi labor como narrador es una síntesis. Soy el resultado de la precisión técnica de Hitchcock aplicada a los estallidos viscerales de Spike Lee. Mis cuentos y novelas son mecanismos de suspense que encierran personajes al borde del colapso, obligados a elegir entre su esencia y el entorno que los asfixia.
Con títulos como El círculo musical del infierno esperando su turno para ver la luz, sigo fiel a esa escuela: la de la inquietud persistente y el conflicto sin reconciliación posible. La buena literatura —como el buen cine— no es la que nos da respuestas, sino la que nos deja habitando en la duda.
El desasosiego.
© Contenido Original en español traducción al inglés en Google Translation
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El ADN de mi Escritura (ESP/ENG)
Writing is, above all, an exercise in architecture, in psychology. Looking back to my beginnings at the Onelio Center in 2000, and tracing the path that led me from Convite de Cenizas (2002) to my most recent works such as La Sexta Caballería de Kansas and La Nada Infinita (2024), I understand that my voice as a narrator and screenwriter was forged, among other things, at a crucial intersection between two masters of cinema who, at first glance, seem to be opposites, but who are in constant dialogue in my work: Alfred Hitchcock and Spike Lee.
Hitchcock taught me that plot is a precision mechanism. In my storytelling, structure is never random. I have adopted, almost instinctively, the scheme that the British filmmaker perfected: the irruption of a disturbing event into a seemingly normal world. When I was writing After the Skin (2004) or the stories in On This Side of Death (2014), I was looking for that breaking point where the character—and the reader—is thrust into a chase, whether physical or existential.
In my novels, especially in The Blood of the Marabou (2020), the accumulation of obstacles doesn't lead to a heroic resolution. I learned from Hitchcock that the final revelation doesn't have to be moralizing. My characters, like his, often end up with a "partial restoration of order."
As an author, I'm interested in that lingering unease. If the reader closes the book and feels completely safe, I've failed. The Hitchcockian school gave me the grammar of suspense, the ability to understand that danger is most effective when it lurks beneath the surface of the everyday.
If Hitchcock gave me the structure, Spike Lee gave me the soul of the characters and the intensity of the conflicts. His screenplays aren't based on ingenious plots, but on internal excess. When I analyze my stories, from dirty realism to the social tensions of my unpublished novels like Prohibido morir en La Habana (Forbidden to Die in Havana), I see reflected that "pressure cooker" that Lee handles masterfully.
My protagonists rarely act according to a clear moral logic; they act from an accumulation of emotional and social tensions. In The Natural Order of Things (2015), the characters are driven by desires that isolate them, just as Nola Darling or Mookie are forced to act against their own interests. Lee taught me that antagonism doesn't need a cartoonish villain; true conflict arises from the clash between incompatible ways of living. Pride versus rage, identity versus structure.
One defining element of my work is the management of space. Like Lee's sweltering Brooklyn streets, my stories often take place in psychologically compressed spaces. The community in my books is not always a refuge; it is often a force that demands the subject's surrender of singularity.
In my most recent novels from 2024, I seek what Spike Lee calls "active discomfort." I don't write to generate easy empathy. I write so that the reader leaves the story with the suspicion that the conflict wasn't only in the pages of La Nada Infinita, but also in their own way of looking at Cuban or universal reality. The narrative twists in my work don't fix the world; they reveal what was always latent: structural violence, loneliness, or the true price of freedom.
Having contributed to various anthologies and published over more than two decades has allowed me to understand that my work as a storyteller is a synthesis. I am the result of Hitchcock's technical precision applied to Spike Lee's visceral outbursts. My stories and novels are suspenseful mechanisms that trap characters on the verge of collapse, forced to choose between their essence and the suffocating environment around them.
With titles like The Musical Circle of Hell awaiting its turn to see the light, I remain true to that school: that of persistent unease and conflict without possible reconciliation. Good literature—like good cinema—is not what gives us answers, but what leaves us dwelling in doubt.
Disquietness.
© Original Content in Spanish, English translation by Google Translation
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