Amanecí y respiré hondo. El aire me entró bien, eso era buena señal. Decidí hacerme el test de antígenos que tenía reservado en el cajón. Me hurgué bien profundo en la nariz y esperé diez minutos. Negativo. Después de diez días confinado en aquel cuartucho por fin podía salir.
Nada más abandonar la habitación percibí un olor extraño en la casa, pero pensé que quizá se debía a mi desajuste de olfato por la enfermedad. Atravesé el pasillo y sin prestar atención a nada salí directamente al patio a respirar aire fresco y contemplar las magnificas vistas. Echaba de menos la montaña vecina, sus verdes pastos con ovejas peludas y la paz visual que aportaba el paisaje. Pero lo que encontré al asomarme me dejó helado.
Había un barco en tierra, un perro nadando en un mar de hierba y una bañera perdida. ¿Cómo había llegado todo aquello allí? Decidí sentarme a observar y encontrar una lógica. Al ir a buscar la silla me llevé otra sorpresa. Diez pantalones en mi cuerda de tender ¿Qué estaba pasando? O mejor dicho, ¿Qué había pasado mientras había estado encerrado?
Entonces me di cuenta de la única opción viable. Piratas de tierra. No podía ser de otra forma.
Una tripulación de piratas terrestres habría invadido mi casa mientras yo había estado confinado. Debían de ser una decena, basándome en la ropa que había tendida. Probablemente dejaron su naviera fondeada en lo alto de la montaña, avistaron una casa con luz y poco movimiento y decidieron atracarla. Se montaron en su bote de madera y comenzaron a remar por el verde océano proa a su objetivo.
Al vivir en un pueblo tan aislado no disponemos de faro ni farero, ni ningún tipo de plataforma flotante o señal que indique la profundidad, las piedras o avise de los hierbajos que dificultan la travesía. De ahí que encallaran contra mi olivo y su bote quedara totalmente destrozado.
Seguramente entrarían en casa y pensarían que no había nadie. Habrán estado aquí alojándose tan tranquilamente disfrutando de mi vivienda y sus facilidades. Yo al estar en el cuarto del fondo no había escuchado absolutamente nada. Además, mi sordera y las paredes gruesas ayudaban a ello.
Las preguntas entonces eran… ¿Dónde estaban en ese momento esos piratas y cuánto tardarían en volver? Pues es bien sabido que un corsario nunca abandona a sus mascotas ni sus vestimentas, y ahí estaba todo aquello.
Pensé en esconderme, pero no sabía dónde hacerlo. Luego pensé que no era necesario, ya que a lo mejor eran personas pacíficas y amigables. En eso estaba cuando escuché el portón de metal. Me puse nervioso y salí corriendo campo a través. Me agazapé entre los arbustos y desde entonces aquí sigo. En pijama. Llevo ya dos semanas. Les observo desde lejos. Me divierto con sus celebraciones, escucho sus cantos y cuando no están entro a robarles el ron y algunos restos de comida. Soy un ladrón de piratas en mi propia casa.
Fotografías y texto propio
Esta es mi participación en la propuesta de