Mordisqueó el pedazo de animal y tragó costosamente. No era muy amigo de aquella carne tiesa. Con su mano rolliza se quitó la servilleta de tela del pecho y la dejó caer en la mesa, a la derecha del plato. El médico le había recomendado reducir la cantidad y cambiar sus alimentos por otros menos perjudiciales. De ahí lo del conejo. Su carne es blanca, firme y con poca grasa, ideal para incluirlo en las dietas. Era su primer día. Respiró todo lo profundo que sus pulmones le permitieron y desplazó la palma, que fue a parar a la barriga. Allí quedó tranquilamente pensativo y con la zarpa posada sobre aquella montaña de grasa que comenzaba bajo el pecho y quién sabe dónde terminaba.
* * *
Menuda delicia de plato el conejo en salsa con vino blanco. Todo un descubrimiento. Después de varios meses le había cogido el gusto al animal. Seguía estando escandalosamente gordo, pero se habían abierto ante él un sinfín de oportunidades. Había probado todos los restaurantes del pueblo y degustado el conejo en todas sus variantes. La cantidad de oportunidades culinarias que ofrecía aquel animal: en salsa, encebollado, relleno, en guiso, estofado, en caldereta, con arroz... Se le hacía la boca agua solo de pensarlo.
Entró a uno de sus locales preferidos. Hacía semanas que no iba porque era el más alejado de su casa y él no era un hombre de muchas caminatas. Aquel día el comedor estaba frío, normalmente se quitaba la chaqueta nada más entrar. Todo lo demás transcurrió como siempre, al menos hasta que le sirvieron y probó su plato. Con un gesto brusco se arrancó el paño de tela que le protegía de las posibles manchas. Su mano rechoncha descansaba sobre su muslo izquierdo mientras este cogía aire. Era señal de que no quería más. Aquel animal no era conejo. No podía creerlo, en ese restaurante no. Agarró el tenedor de nuevo y, a riesgo de ensuciarse la camisa lo volvió a intentar. Pinchó un pedazo ya cortado, se lo acercó al bigote canoso y despeinado y lo introdujo en su pequeña boca exenta de dientes. Le costó masticarlo. Estaba frío y duro. Ya no quería más, estaba seguro de que aquello no era conejo.
Se levantó mucho más ágil de lo que lo hacía normalmente. Su sobrepeso le dificultaba la tarea, pero su enfado le proporcionó la energía necesaria. Se agarró el pantalón por la cintura y estiró hacia arriba. Cuando ya lo notó en su sitio comenzó su desplazamiento hasta la barra para pedir explicaciones al encargado. El primero que se acercó a él fue un camarero prácticamente nuevo en plantilla. El joven sin saber porque recibió una bronca monumental entre gritos y aspavientos. Le miraba con sus pequeños ojos claros pidiendo clemencia. Aprovechó que el cliente cogía aire para pedir disculpas y esconderse tras una cortina de flecos de metal. Este se indignó aún más, cruzó detrás de la barra y se coló por la misma puerta por la que el camarero había desaparecido.
La escena que encontró en aquella cocina le dejó paralizado. Frenó en seco nada más entrar e hizo un barrido visual abriendo bien los ojos para asimilar todo lo que sucedía. Cinco personas con sus diversos uniformes se gritaban unos a otros sin escuchar. Cazuelas al fuego y otras desparramadas volcaban su interior encima de la encimera. Los platos volaban y la vajilla estaba rota y desparramada por las estanterías. Los alaridos se mezclaban con el ruido de las cucharas, tenedores y cuchillos cayendo a la pila. El suelo blanco y negro estaba pringoso, lleno de taquitos de verdura pisoteados y esparcidos sin sentido. Y de repente lo vio, ahí estaba la prueba de que tenía razón, dos cadáveres de gato listos para ser despellejados.
Dio media vuelta con un giro ágil, como los que no realizaba desde hacía muchos años. Se despidió y salió de allí pensando en la razón que tenía su difunta mujer cuando decía que “como en casa no se come en ningún sitio”.