La vida insiste en un real, como aquello que nos quiere significar algo. De allí que se vea al sintomático humano productor, hacedor de cultura; que ante el vacío, o el silencio genera música para acompañar esa distancia significante entre lo real y lo pensado.
De hecho la música puede ser espejo de las emociones humanas, al punto tal de que para muchos determinada música puede sentirse como debilitante; transformando a la música en algo superfluo.
Para este tipo de estados emocionales se comprende a las pulsionalidades de muerte reflejadas en una ansiedad escatológica, que reflejan las ganas de nada, es decir de no tener tensión, de volverse leve como una pluma.
Pero la vida humana es pasión, y es una pasión compartida; ya que desde el vamos los humanos entramos en una red de relaciones de dependencia de goce con un otro.
Por ello, la vida es vida en el amor, por que el amor es algo pleno, y da profundidad a una vida que se debate en sentidos o profundos, o superfluos.
Desde una perspectiva de una economía de goce psíquica tanto el amor, como la muerte implican un valor trascendental, pues es una cuestión de valor marginal; viendo como las personas pueden llegar a dar la vida por amor, o por la misma muerte.
En lo que respecta al valor marginal uno va desechando lo que menos importa, y conservando lo que mas importa; siendo que si uno posee una economía de 5000 $ por ejemplo, gastara de determinada forma, mientras que si por alguna circunstancia pasa a una economía de 3000 $ dejara de gastar en lo que menos vale, y así sucesivamente hasta el punto inicial que es el conservar la propia vida.
Pero tanto en la vida como en la muerte uno puede jugarse la propia vida; existiendo ejemplos claros de personas enfermas de muerte y ansiedad que fueron capaces de arriesgarlo todo por conservar el nombre propio en la historia, o dieron la vida por desprecio a la vida misma.
No hay que olvidar que por el miedo a la muerte el propio hombre ha devenido esclavo a lo largo del tiempo.
Pero es que incluso en el conservar el nombre propio entra la propia dinámica del amor; ya que el nombre propio nombra siempre al amor; tratándose de algo narcisistico.
Por que el humano se soporta de la voz, y de la mirada del otro que produce la propia fantasía mental humana; viendo que siempre el nombre propio se remite a si mismo, como un imposible (un real que escapa de toda significación) que se sutura en un imaginario.
Un referente imaginario de lo real; en donde se designa las cosas referencialmente, siendo que el nombre es letra que fija el goce humano, siendo el otro un lugar de deseo.
El nombre así marca el amor de la otra persona, como esa persona que se ha robado el propio goce, el amor de hombre o de mujer.