No quiero,
cantaba el ave con una voz horrenda,
No quiero,
su rasposo trino
castigaba a mis oídos.
Qué horrible canto,
pensé sin voltear a verle.
La rama seca de ese árbol,
apenas sí podía sostenerle.
Pero de que me quejo,
si a diario acabo con los ojos de conejo,
de estar pegado en la computadora,
que no me ama, ni me adora.
Tal vez mi canto es
como el de esa ave horrenda,
tal vez también debiera decir:
No quiero.
No quiero regalar
un día más de mi pequeña vida,
pero seguramente a alguien más,
mi canto le parecerá horrendo