Cuando trepé el autobús que estaba estacionado en el paradero de la plaza, empecé a pensar en cómo bajarme de ahí cuando llegara a mi punto final, que era Santa Lucía, un área cercana a casa. Siempre lo hago ante la posibilidad de que el autobús se llenase, con gente viajando de pie y el pasillo congestionado.
Y hoy, siendo un sábado, no fue la excepción. Se llenó de gente viajando a pie... Aunque el camionero habrá pensado que quizás era buena idea llenar el vehículo hasta el punto en que uno tendría que imaginarse convertirse en un Spiderman para pegarse al techo.
Aquello sonaba absurdo e irreal, pero el camionero quizás lo pensó en su momento cuando, sin temor a nada, empezó a subir gente en la parte trasera del vehículo, ya que la entrada delantera estaba "sellada" por dos personas sosteniéndose como sea en las escaleras. Éstas rogaban a todos los santos no morir en camino a donde quiera que vayan, porque si en algo tenían fama los camioneros de la ciudad era su afán de jugar a las carreritas con sus compañeros de profesión.
Los recuerdos de mis años escolares llegaron a mi mente; recuerdo las numerosas ocasiones en que viajaba en autobús cuan guajolote dirigiéndose a la fiesta del pueblo. Me ha tocado viajar de pie, en asiento, en parabrisas y en escaleras, siempre confiando en que al camionero no se le ocurriese pisarle el acelerador a velocidades ingentes.
Cuando llegamos a Santa Lucía, aproveché que muchos descongestionaban la salida para bajarme. Una sensación de alivio me invadió apenas puse un pie en la acera.
Ahora solo quedaban cinco calles para llegar a casa.
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