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Patricia se dejó caer en la cama, con la mirada dirigida hacia el techo. Eran las dos de la mañana; había estado viendo videos de todo tipo, en su mayoría relacionados con noticias de escándalos políticos cuyas verdades eran demasiado perturbadoras para procesar. Esas noticias estaban por doquier, como una plaga desatada por alguien con un nivel de malignidad indescriptible.
Uno tarda en digerir toda clase de secreto expuesto. Uno empieza a pensar en qué clase de futuro se nos espera con todo lo que se ha revelado, esas monstruosidades que parecen exageraciones de teoría conspirativa, de película, de ficción... Pero que resultaron ser tan verdaderas que es difícil no dejar de pensar en quienes han sufrido, en quienes van a sufrir y en qué tan comprometido se ha vuelto ese futuro que parecía anunciar una esperanza de mejora.
Conforme pensaba, Patricia empezaba a repasar algunos datos históricos. No era nueva la decadencia de las clases altas que gobernaban vastos reinos e imperios; no era nueva esa ignorancia brutal de la población respecto a los abusos del poder y la obsesión por amasar más recursos. De hecho, si mal no recordaba, en el mundo antiguo todo aquel que tenía un poder demasiado grande era mal visto y hasta se encontraba con un final desagradable.
Y quizás esa era la esperanza que Patricia empezaba a albergar tras rezar quedamente a Dios.
Sí, el mundo estaba en caos, en decadencia, en podredumbre. Sí, los signos de la caída de un imperio poderoso en particular estaban ahí y la gente lo negaba por miedo, por insistencia, por necedad o por arrogancia. Pero aún así, Patricia tenía la esperanza de que algún día vendrán los buenos tiempos, que se hará justicia y que la libertad sea entendida como algo que tiene límites y responsabilidades que todos deben asumir si se quiere disfrutar de ella.
