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Poco a poco Elena se daba cuenta de que el mundo estaba jodido. No eran solo guerras y crisis sociales. No era solo la mentada inteligencia artificial o el aumento de multimillonarios cuyas riquezas, al menos en su opinión, eran probablemente de procedencia dudosa.
No.
Era la humanidad misma. La raza que ha avanzado tecnológicamente a pasos agigantados, la que tiene el rasgo distintivo de una ambición que, de no saberse controlar, puede llevar al caos todo lo que toca.
La ironía de la situación radicaba en que muchas personas lo vieron venir, quizás por accidente, quizás observando los cambios a su alrededor, quizás sospechando que la historia es un evento cíclico donde todo se repite. La imaginación era suficiente para crear futuros nada promisorios, oscuros, distópicos.
Las dudas empezaron a invadir su mente. ¿Qué pasará con el arte y la literatura? ¿Qué pasará con la innovación? ¿Por qué usar en exceso la inteligencia artificial en actividades que no requieren su uso? ¿Por qué, al menos por un día, no podría haber paz? ¿Por qué ensalzar a personajes de dudosa reputación, proclive a cometer actos cuestionables?
Las noticias que han salido últimamente reflejaban esa realidad cada vez más discordante, más compleja, más oscura. En la política, una poderosa nación está bajo la batuta de alguien que no tiene idea de cómo hacer política y que considera a su propia nación una empresa a la cual puede sacarle todo el partido posible. Amplios movimientos sociales en países pequeños han logrado desplazar a élites corruptas; en algunos casos tuvieron que recurrir a quemar edificios, y otros más no dudaron en organizarse para exigir a su gobierno una explicación sobre los desvíos de sus recursos. Así mismo, a lo largo y ancho del globo han surgido gobiernos que quieren que la migración pare, aún cuando históricamente su propia nación ha contribuido en parte a ese fenómeno.
En el mundillo de la tecnología, muchos investigadores han señalado que el mal uso de la inteligencia artificial ha dado lugar a la proliferación de artículos académicos falsos, videos y fotografías bastante realistas, así como elaboración de imágenes con un solo prompt, y libros publicados bajo sellos editoriales de dudosa procedencia con información no verificada, achacando la autoría a algún autor conocido.
Pero Elena estaba consciente de que la tecnología no era el problema en sí. El problema estaba en el lado oscuro de la naturaleza humana. Ese lado oscuro, terrible, devastador, sin piedad que pronto vio en las nuevas tecnologías una forma de dañar, de robar, de hacer que el consumidor se vuelva adicto. De que el individuo se vuelva un ser sin pensamiento, sin voluntad, sin que pueda distinguir la creación humana de lo artificial en el arte, la música, la literatura y la academia. De destruir lo poco que queda de aquel hogar llamado Tierra, de dar paso a un mundo sombrío donde la vida era decidida por un grupo de gente con dinero.
Sin embargo, a pesar de esa súbita realización, Elena estaba siendo optimista. Los tiempos malos no duran para siempre; esa era su única esperanza, quizás inocente e ingenua, en un mundo que parecía estar lanzándose al vacío.