Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Mientras degustaba el té de jazmín con maracuyá, Ileana se sentó en uno de los banquillos de la plaza, con la mente hundida en una serie de pensamientos sobre su vida, su futuro y sus esperanzas. Se sentía estancada, desanimada, y decepcionada de la vida misma. Sentía que ya no podía más con el ritmo de vida que tenía hasta ese momento.
A sus 39 años, muchas personas de su círculo se habían casado o ya tenían pareja; tenían uno, dos, hasta tres empleos cuyos salarios les permitía llevar, si bien no muchos lujos, pero sí una vida digna dentro de lo que cabía en una economía donde todo se iba por las nubes.
Ileana estuvo en ambos lados de la moneda, entre la formalidad y la informalidad, pero el dinero que ganaba se iba a las deudas, a los gastos de la casa y a alguno que otro gustito.
Meses atrás intentó poner un pequeño negocio de papelería; no duró más que seis meses, por no decir un suspiro. Esa experiencia le hizo comprender que ella necesitaba herramientas necesarias para navegar por el mundo del emprendimiento.
De hecho, consideró cambiarse de giro, ¿pero cuál podría generarle ganancias recurrentes? Todo estaba saturado, desde la cosmética hasta la comida; en este último rubro hay una competencia feroz en los cuales la mitad sobrevive y la mitad perece. Algunos lo emparejaban con la creación de contenido y la IA, y otros más con empleos de oficina.
¿Qué más podía hacer?
Tenía que sentarse a pensar bien qué, cómo y por dónde empezar.
Quizás por eso no desesperaba; más bien le alimentaba la esperanza de que algún día pudiera ganarse algún premio gordo de lotería o la rifa de alguna casa, que era uno de sus sueños.
Sueños guajiros, se decía a sí misma mientras se levantaba. Pero eran sueños que se permitía tener.
