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La muerte fue lenta y dolorosa. Eso fue lo primero que pensó el inspector George Raleigh una mañana de noviembre de 1883 mientras examinaba el cadáver de un hombre de cabellera oscura y piel grisácea que se encontraba sentado en un escritorio, con la mirada reflejando una mezcla de sorpresa y angustia. No había sangre en el suelo, lo que podría indicar que podría tratarse de algún infarto o un envenenamiento. Ya lo diría el forense.
En las afueras del edificio, los curiosos se agolpaban. A un lado de la entrada, el sargento Henry Davis tomaba la declaración de Barton Crow, asistente del fallecido, de nombre Meredith Garrett y librero de profesión.
"El señor Garrett se había quedado anoche a hacer el inventario de los libros que tenemos en los estantes. Siempre lo hacemos al final de cada semana", decía Crow, muy consternado.
"¿A qué hora se marchó de la librería, señor Crow?", cuestionó Davis.
"A las 10 de la noche. El señor Garrett suele quedarse una hora más antes de cerrar la librería, ya sea para actualizar el libro contable o para inventariar".
"¿Ha visto algún comportamiento raro últimamente, señor Crow? Algún estado de nerviosismo, preocupación..."
"No, señor".
"¿Le platicaba sobre algún problema de familia?"
"No, señor. Era un hombre muy privado".
"¿Tenía enemigos?"
"No que yo sepa".
"¿Competidores?"
El joven reflexionó con detenimiento. "El señor Clarence O'Brien. Tiene una librería a cinco esquinas de aquí. Pero nunca han tenido enfrentamientos; había una competencia amistosa, podría decirse".
"¿Nunca se han lanzado pullas entre sí?, ¿alguna ofensa...?"
Crow negó con la cabeza. "Eran hombres civilizados, señor. Se respetaban mutuamente".
"Bien. Eso sería todo por ahora. Le agradezco mucho su declaración. Puede irse".
"Fue envenenado y posteriormente apuñalado en el costado derecho", declaró el doctor Ebenezer Goodnight mientras le entregaba las notas médicas a Davis. "El asesino pensó que el apuñalamiento podría servir de distracción".
"¿Es algún veneno común?", cuestionó Raleigh.
"No es cianuro ni arsénico, eso es seguro. Me atrevo a aventurar que pueda tratarse de cicuta. La víctima salivó mucho antes de morir; la cicuta tiene ese efecto en las personas, además de paralizar el cuerpo hasta el colapso. Pero eso no es todo".
Entregando una hoja de papel doblada, el médico añadió: "Esto lo encontré en sus pantalones".
Raleigh desdobló la hoja y leyó su contenido. Era una carta íntima muy subida de tono, a juzgar por las referencias explícitas a la relación sexual entre hombres; la firmaba un tal B. Pasando la hoja a Davis, Raleigh comentó: "Al parecer Garrett era un hombre de secretos".
Davis paseó su mirada sobre la misiva. "Vaya... Iba a abandonar a su esposa, pero al final no quiso. ¿Crimen pasional?"
"Es posible. Muchas veces los amantes son celosos y posesivos; nuestro amigo B. no quería compartir amores con la señora Garrett. Pero la pregunta pertinente ahora es: ¿sabrá la señora en cuestión sobre la naturaleza íntima de su esposo?"
"No creo que lo sepa".
"Yo creo lo contrario", terció el médico. "Las mujeres son intuitivas, sargento Davis. Cuando perciben que el marido anda en malos pasos o tiene amante, siguen su instinto... Y muchas veces se llevan la desagradable sorpresa de no estar equivocadas".
Raleigh y Davis se miraron de reojo. Ninguno de los dos se atrevió a contradecir al galeno.
