La Divina Comedia del siglo XXI.
¿Alguna vez has escuchado una frase que suena como un chiste, pero duele como una verdad? Infierno, Purgatorio y CUBA. Esta frase no es broma. Es un grito disfrazado de ironía. Y aunque suene fuerte, muchos la sienten en la piel, en el bolsillo vacío, en la fila de la farmacia, en el ómnibus que nunca llega.
Cuba no es el Infierno de Dante —donde los pecadores sufren eternamente—, pero sí es un lugar donde el sufrimiento se repite: apagones que se encienden y apagan como un corazón cansado; productos que desaparecen y vuelven como fantasmas; salarios que no crecen, pero los precios sí, y rápido, como maleza en tierra fértil. El Infierno tiene círculos, pero aquí el círculo es uno solo: el de la espera. Esperar luz. Esperar pan. Esperar una respuesta. Esperar un futuro.
El Purgatorio, según Dante, es el lugar donde las almas se limpian para subir al cielo. En Cuba, muchas personas pasan años limpiando sus vidas: limpiando sus casas con agua turbia, limpiando sus sueños para que quepan en un pasaporte, limpiando sus palabras para no meterse en problemas. Pero la limpieza no basta. No hay escalera que suba. No hay garantía de que, después de tanto esfuerzo, llegue la recompensa. Solo hay más escaleras rotas, más puertas cerradas, más promesas que se evaporan como el agua en la olla sin tapa.
Y entonces está el “CUBA” final: no el cielo, no la salvación, sino el nombre propio convertido en destino. Como si el país no fuera un lugar, sino una condena. Como si nacer aquí ya fuera una sentencia. Pero esto no es fatalismo. Es advertencia. Porque un país no se condena solo: se condena con silencios, con indiferencia, con leyes que no protegen, con líderes que no escuchan, con acciones que no sirven para nada.
No somos demonios. No somos malditos por nacer aquí. Somos personas con hambre de luz, de justicia, de dignidad. Y mientras sigamos hablando —aunque sea con ironía, aunque sea con rabia, aunque sea en voz baja—, seguimos vivos. Porque la verdadera maldición no es vivir en Cuba: es creer que no merecemos más. Y eso, no es destino. Es una mentira que podemos romper, palabra por palabra, paso a paso, poco a poco, día a día. Puede que exista una esperanza para los cubanos optimistas, o tal vez: después del último suspiro, el noveno círculo del infierno será un apacible parque de diversiones.
Foto de arriba: fuente
Foto de abajo y texto de mi autoría
Traducción por Hello Translate
ENGLISH VERSION
The Divine Comedy of the 21st century.
Have you ever heard a phrase that sounds like a joke, but hurts like the truth? Hell, Purgatory and CUBA. This phrase is no joke. It is a cry disguised as irony. And although it sounds strong, many feel it on their skin, in their empty pocket, in line at the pharmacy, on the bus that never arrives.
Cuba is not Dante's Inferno—where sinners suffer eternally—but it is a place where suffering is repeated: blackouts that turn on and off like a tired heart; products that disappear and return like ghosts; wages that do not grow, but prices do, and quickly, likeweeds in fertile land. Hell has circles, but here the circle is only one: that of waiting. Wait for light. Wait for bread. Wait for a response. Wait for a future.
Purgatory, according to Dante, is the place where souls are cleansed to ascend to heaven. In Cuba, many people spend years cleaning their lives: cleaning their houses with muddy water, cleaning their dreams so they fit in a passport, cleaning their words so they don't get into trouble. But cleaning is not enough. There is no staircase that goes up. There is no guarantee that after so much effort, the reward will come. There are only more broken stairs, more closed doors, more promises that evaporate like water in the pot without a lid.
And then there is the final “CUBA”: not heaven, not salvation, but one's own name converted into destiny. As if the country were not a place, but a sentence. As if being born here was already a sentence. But this is not fatalism. It's a warning. Because a country does not condemn itself: it condemns itself with silence, with indifference, with laws that do not protect, with leaders who do not listen, with actions that serve no purpose.
We are not demons. We are not cursed for being born here. We are people hungry for light, for justice, for dignity. And as long as we continue talking—even if it is with irony, even if it is with anger, even if it is in a low voice—we are still alive. Because the true curse is not living in Cuba: it is believing that we do not deserve more. And that is not destiny. It is a lie that we can break, word by word, step by step, little by little, day by day. There may be hope for optimistic Cubans, perhaps, after the last breath, the ninth circle of hell will be a peaceful amusement park.
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Photo below and text of my authorship
Translation by Hello Translate