Inspirado por la musa de mi amiga
, en su publicación Carbohidratos, he tomado de su ejercicio poético dos versos para fraguar mi historia:
Alguien le declaró la guerra a su sombra
y se fue a caminar por su entrecejo.
La Sombra de la Espina
A veces, uno le declara la guerra a su propia sombra. No a la que proyecta el cuerpo contra el sol, no, sino a esa otra, la de un recuerdo persistente, grabada a fuego lento en lo más profundo del alma. Así me sentía, o al menos así parecía que alguien se sentía, perdiéndose en el laberinto de su propio entrecejo. Cada pliegue, una encrucijada sin salida, cada paso, un pasillo estrecho que desembocaba en la misma escena, en esa misma puñalada de aire frío que, por más que pasara el tiempo, nunca cicatrizaba del todo.
La guerra no era contra un enemigo visible, palpable. Era una lucha interna, contra el eco de un juramento roto, contra el sabor amargo de la confianza pisoteada. Y claro, la sombra, esa maldita sombra, crecía sin parar, alimentada por el rencor mudo, por esas noches en vela donde el silencio, más que un descanso, se volvía un grito que pronunciaba el nombre de quien se había ido. Recuerdo cómo cada fibra de su ser, que antes se sentía unida por la fe, ahora parecía desgarrarse en hilos sueltos, vibrando con la misma nota disonante de la traición.
Mientras uno se perdía en ese entrecejo, el mundo exterior se desdibujaba. Los rostros amigos, esas risas lejanas, el canto de los pájaros al amanecer… todo se transformaba en una bruma, un telón de fondo para la obra macabra que se representaba una y otra vez en la mente. Y en el centro, la figura del traidor. Ya no era ese ser amado que alguna vez fue, sino un espectro, una silueta deforme que se reía en la oscuridad, con esos ojos que prometían el cielo y unas manos que desangraban el alma.
La traición, ¡ay, esa espina clavada en lo más hondo! No sangra por fuera, no deja una mancha visible, pero se pudre por dentro, infectando el aire que se respira, el agua que se bebe, y hasta ese anhelado sueño. La persona, que antes era tan abierta y luminosa, se encogía, se hacía pequeña, tratando de escapar de esa mordaza invisible que le apretaba el pecho. Cada día era una batalla, ¿sabes? Levantarse. Respirar. Fingir que el mundo seguía girando con la misma armonía de siempre.
Pero la sombra, qué insistente, no cedía. Se anidaba en los rincones más íntimos, susurrando al oído verdades a medias, mentiras enteras. Decía: “No confíes. Nunca más. Mira cómo te dejaron. Mira cómo te rompieron”. Y el entrecejo, claro, se fruncía aún más, las líneas se profundizaban, cicatrices vivas de un dolor que se negaba a morir.
En esa guerra sin tregua, el campo de batalla era el propio corazón. Las armas, los recuerdos. Los soldados, los fantasmas del pasado. Y la única salida, la única chispa de esperanza para una victoria, parecía estar en la rendición. Rendirse a la idea de que lo que se perdió, se perdió para siempre. Aceptar que la traición no era una mancha, sino una herida. Y que, a veces, las heridas no sanan del todo, pero se aprende a vivir con ellas, a cargar con su peso como una lección, no como una condena.
En ese aturdidor silencio, mientras la persona seguía caminando por su entrecejo, la sombra, de a poquito, empezó a cambiar. Dejó de ser un enemigo para convertirse en un compañero silencioso. La guerra se transformó en una tregua, y en ese silencio, lentamente, comenzó a surgir una tenue luz, esa prometedora señal de que, incluso con las heridas abiertas, se podía volver a respirar.
Agradeciendo a la comunidad #hiveargentina por permitirme sus espacios para publicar este contenido. Inspirado por las palabras de mi amigo
, quien vive en ese hermoso país y hace vida en esta comunidad.
También agradezco al front-end de EUREKA por la invitación a la utilización de la plataforma en su publicación Ureka.Social: Extensive Updates For Mobile Users.
