Amigos, justo me agarraste pensando en estas cosas de la paternidad, ahora que se acerca el Día del Padre para ustedes en Argentina. Es curioso cómo una simple fecha en el calendario te puede llevar a revolver recuerdos y a mirar con otros ojos lo que uno vive a diario.
Acá, en estas tierras canadienses que ahora son mi hogar, la figura del padre tiene un peso bien interesante, ¿saben? Es como una pieza clave en el engranaje familiar, un pilar que sostiene junto a la madre, con una voz y una responsabilidad que se sienten muy parejas. Cuando hablamos de criar a los chicos, se espera que el padre esté ahí, al pie del cañón, no solo para jugar a la pelota o contar un cuento antes de dormir, sino para tomar decisiones importantes sobre su educación, su salud, su bienestar en general. Es algo que se ve mucho, por ejemplo, en los casos de custodia compartida. Con Matthew, mi hijo, y su mamá, es así: un constante tejer juntos, donde cada uno aporta su hilo para que la manta que lo cubre sea fuerte y cálida. No es solo una firma en un papel, es el día a día, el compartir las alegrías y también los desafíos que implica ver crecer a un ser humano.
De mi propiedad.
Es un contraste lindo, y a veces grande, con mi Venezuela querida. Allá, culturalmente, la figura de la madre ha tenido históricamente un rol preponderante, casi sagrado, con un peso y unas consideraciones que a veces parecen dejar al padre un poquito más en la sombra, o al menos con un libreto diferente. Son dos maneras de ver el mundo, dos estructuras sociales y hasta económicas que moldean de forma distinta cómo se vive la familia y los roles dentro de ella. Acá, esa paridad en la crianza se respira, se fomenta.
Y hablando de lazos, ¡qué tema ese de sí las hijas son más del padre! Yo tuve una hija, un lucero que iluminó mi vida un tiempo, y si les soy totalmente sincero, creo que el que vivía colgado de ella, embobado, era yo. Era una conexión de una ternura que me desarmaba, una complicidad especial. Quizás hay algo en esa dinámica padre-hija que tiene una magia particular, no lo sé. Recuerdo también, de mis tiempos de profe, que las alumnas solían ser como más… pegadas, más de buscar esa figura de apoyo o referencia en uno. Ahora, si eso se traduce directamente a una familia donde crecen un hijo y una hija juntos, no les podría decir con certeza, porque no tuve la dicha de verlos crecer a la par para hacer esa comparación tan íntima. Lo que sí les puedo contar es que Matthew, mi campeón, es un calco mío en tantas cosas y tiene un apego conmigo que me llena el alma. Compartimos silencios que lo dicen todo, risas que estallan por cualquier tontería, y esa sensación de ser su refugio, su cómplice… eso es impagable. Al final, creo que esos apegos se tejen con hilos de presencia, de amor genuino, de escucha atenta, más allá de si es niño o niña.
De mi propiedad.
Y ya que estamos en este tren de recuerdos, hay uno con mi viejo que siempre vuelve, uno de esos que se te graban a fuego en el alma, no por alegre, sino por lo profundo, por lo crudo de su amor. Yo estaba pasando por una situación personal realmente penosa, de esas que te hunden y te hacen sentir que el mundo se te viene encima. Él, mi papá, estaba internado en el hospital, con una pierna recién enyesada, ¡imaginase la escena! Y el hombre, en un acto de esos que solo un padre puede hacer, se las ingenió para escaparse del hospital. Sí, así como lo oís. Se fugó, con su yeso a cuestas, arrastrando el dolor físico, solo para poder llegar a mi lado, para estar ahí conmigo en ese momento tan oscuro. Su presencia… no encuentro las palabras exactas para describir lo que significó. Fue más que un apoyo físico; fue un ancla emocional, un faro en medio de una tormenta interna que amenazaba con devorarme. Sentir su mano, ver su rostro preocupado, pero firme, me transmitió una fuerza que yo creía perdida. Hay gestos que trascienden las palabras, que hablan un lenguaje directo al corazón, y ese fue uno de ellos. Ese sacrificio silencioso, ese “estoy acá, pase lo que pase”, es la definición más pura de lo que un padre puede llegar a ser, y es un tesoro que guardo en lo más hondo.
Así que sí, amigos, la paternidad es un viaje con todos los condimentos: alegrías que te elevan, responsabilidades que te anclan, y amores que te definen. Cada cultura le pone su matiz, cada familia escribe su propia historia. Me vino bien esta charla, esta excusa para revolver un poco el alma y poner en palabras lo que a veces solo se siente.
De mi propiedad.
Espero que, por allá, en la hermana Argentina, tengan un Día del Padre lleno de esos momentos que se atesoran, de esos abrazos que rearman. Y si tenéis a tu viejo cerca, ¡dale uno bien fuerte de mi parte! Un abrazo grande desde este rincón del norte.
Me gustaría leer la entrada de la amiga ,
y de
.
«Los padres y su importancia en la sociedad»

Portada de la convocatoria.
Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.
