Hace una semana estuve en un foro internacional por la consciencia y la paz, donde los conflictos actuales juegan el papel predominante. Petróleo, gas, vidas humanas, inconformidad, manipulación... Son algunos de los temas tratados. Pero no vengo a atormentarles, mi intención es a que estén despierto, atentos a los acontecimientos.
Porqué nuestra resiliencia importa más que los tipos de interés.
A menudo me gusta pensar que vivimos en un mundo de abstracciones, nos la pasamos el día mirando pantallas, analizando gráficos de velas, contando activos digitales o revisando saldos bancarios que no son más que bits en un servidor. Nos hemos convencido de que la economía es un juego de algoritmos y políticas monetarias, una danza sofisticada dirigida desde las oficinas alfombradas de Fráncfort o Washington. Pero, de vez en cuando, la realidad física —esa que es cruda, ruda y tangible— nos da un bofetón para recordarnos que todo nuestro edificio de confort pende de un hilo de apenas 33 kilómetros de ancho. ¿Pero de qué demonios habla...?, hablo del Estrecho de Ormuz. En realidad, es algo mucho más profundo: la fragilidad sistémica que hemos construido en nombre de la eficiencia y la narrativa que se está fraguando para que tú y yo paguemos la factura de sus errores.
La trampa del "Just in Time" y la pérdida de la holgura
Durante décadas, el mantra corporativo ha sido la eficiencia extrema. El modelo Just in Time (Justo a Tiempo) se vendió como el pináculo del progreso: ¿para qué gastar dinero en almacenes o inventarios si podemos tener la cadena de suministro funcionando como un reloj suizo? Si el petróleo, el gas o los componentes llegan exactamente en el minuto en que se necesitan, el capital fluye más rápido.
Lo que no nos dijeron es que la eficiencia es la enemiga de la resiliencia. Al eliminar la "holgura" del sistema, eliminamos nuestra capacidad de absorber impactos. Hoy, cuando drones o tensiones geopolíticas bloquean un cuello de botella como Ormuz, el sistema no tiene amortiguadores. No hay un plan B porque el plan B era "demasiado caro" para los márgenes de beneficio del próximo trimestre; y así, así, fue pasando el tiempo.
Es una metáfora perfecta de la vida moderna, pues, nos han empujado a vivir sin márgenes: familias viviendo al día, empresas operando con deuda máxima y gobiernos que dependen de que nada se detenga ni un segundo. En el momento en que el flujo se corta, la arquitectura entera cruje. Y aquí es donde empieza el verdadero teatro.
César Borgia y el algoritmo del miedo
La historia ha recogido una anécdota brutal sobre César Borgia en Cesena. Para pacificar una región rebelde, Borgia utilizó a un lugarteniente implacable, Remirro de Orco, que impuso el orden mediante el terror. Una vez que la región estuvo "estabilizada", Borgia, en un movimiento de marketing político maestro, mandó ejecutar a su propio lugarteniente y exponer su cuerpo partido en dos en la plaza pública. El pueblo quedó satisfecho y estupefacto. El mensaje era claro: "La crueldad era necesaria, pero yo soy el restaurador de la justicia".
Hoy no vemos cuerpos partidos en las plazas, pero vemos el "espectáculo del poder" en nuestras pantallas. Los gobiernos y los bancos centrales juegan un papel similar. Primero, permiten (o fomentan) un sistema de deuda e interdependencia extrema que nos hace vulnerables. Entonces, cuando llega la crisis —ya sea por Ormuz, por una pandemia o por el colapso de una cadena de suministro—, aparecen en escena con su "narrativa de justicia".
Nos dicen que la inflación es un fenómeno natural e inevitable, o culpa de un enemigo externo, pero la realidad es más cínica, la escasez física se convierte en una herramienta de control. Si logran que aceptes que "no hay suficiente", pueden justificar decisiones que, en tiempos normales, considerarías inaceptables: desde la restricción del crédito hasta la erosión de tu poder adquisitivo mediante una inflación que sus herramientas no pueden —o no quieren— detener.
La impotencia de los Bancos Centrales
Aquí es donde debemos ser especialmente lúcidos, pues, la mayoría de la gente espera que los Bancos Centrales "arreglen" la economía subiendo o bajando los tipos de interés. Esa es la llamada inflación de demanda: demasiado dinero persiguiendo pocos bienes (frase popularizada por Milton Friedman, aunque la idea base proviene de la teoría cuantitativa del dinero desarrollada por economistas como John Maynard Keynes). Pero lo que Ormuz representa es la inflación de oferta.
Si el coste de la energía sube porque el 20% del petróleo mundial está atrapado en un estrecho, subir los tipos de interés no va a hacer que los barcos pasen más rápido. Al contrario, encarecer el crédito en un momento de costes operativos al alza es como intentar apagar un incendio con gasolina. Las pequeñas empresas, las que no tienen acceso a los mecanismos de rescate estatales, son las que se quedan sin oxígeno.
El sistema bancario, ese tercer actor que siempre llega tarde, empieza a registrar pérdidas y cierra el grifo. Lo que empezó como un problema de barcos y drones en el Golfo Pérsico termina siendo el motivo por el cual el banco no te renueva la línea de crédito o por el cual tu supermercado ha subido los precios un 40% "por si acaso"; ya esta semana emprezaemos a sentir el impacto.
La revalorización de lo tangible
Si algo hemos aprendido en los últimos años —y es algo que he defendido constantemente— es que el mundo digital no puede ignorar el mundo físico indefinidamente. Hemos vivido 30 años bajo la ilusión de que lo importante era el software, la marca y la "experiencia de usuario". Por otra parte, la energía, el transporte y los alimentos son la infraestructura real de la existencia.
Estamos viendo una transición hacia bloques energéticos regionales y un retorno hacia la autosuficiencia energética. Esto no es solo geopolítica; es un cambio de paradigma económico. Aquellos que posean los activos físicos, o que vivan en regiones con márgenes de maniobra real, serán los que dicten las reglas en la próxima década. El resto seremos meros espectadores de una "narrativa de escasez" diseñada para que aceptemos menos mientras pagamos más, (crudo y real).
Nuestra única salida es estar lúcidos
¿Qué nos queda entonces? Para mí, eso se traduce en una sola palabra: Soberanía.
En un entorno de alta incertidumbre y narrativas manipuladas, la ventaja competitiva no es tener más información (estamos saturados de ella), sino saber qué ignorar. La lucidez consiste en entender que el sistema está diseñado para la eficiencia de los de arriba, no para tu seguridad.
Ser un individuo lúcido hoy significa:
- Entender la jerarquía del valor. Reconocer que la energía y los bienes tangibles mandan sobre las promesas de papel.
- Construir tus propios márgenes. Si el sistema ha eliminado la holgura, tú debes crear la tuya. Menos deuda, más activos reales, más habilidades útiles.
- Difícil pero efectivo: filtrar el ruido. No te dejes llevar por la indignación que rota cada 48 horas en los medios. Esa indignación es el "espectáculo de Borgia" para mantenernos distraídos mientras el balance de nuestra vida se erosiona.
¿Ormuz?, no cabe duda, el mundo es pequeño, estrecho y físico. Mientras el sistema cruje intentando salvarse a sí mismo, nosotros tenemos la oportunidad de construir una estructura personal que no dependa de si un barco puede o no pasar por un canal de 33 kilómetros. La economía no es lo que hace un Banco Central, la economía es lo que cada quien hace con lo que tiene, sabiendo que el teatro del poder nunca tendrá tus mejores intereses en su guion.
Sigamos atentos, observando... Sigamos analizando. No obstante, sobre todo, sigamos construyendo nuestra propia resiliencia. El espectáculo no va a terminar, apenas comienza. Nosotros no tenemos por qué ser parte de la audiencia estupefacta.
Por cierto; ¡FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER!