La escritura es una de las invenciones más maravillosas de la humanidad. Gracias a ella podemos plasmar ideas y pensamientos, pero también podemos crear, ficcionalizar, inventar, relatar, contar. Desde los registros antiguos podemos decir que "si no está escrito no existe". Gracias a la escritura, a los registros antiguos podemos saber del auge y caída de imperios, de reyes antiguos y hazañas milenarias.
Pero escribir no es fácil. No es fácil en el sentido de que plasmar ideas no solo es escribir palabras. Debemos tener un mínimo conocimiento de lo que implica la escritura, conocer las palabras, las normas gramaticales, los signos de puntuación, saber algo de sintaxis y morfología, y con suerte, saber escribir con coherencia.
Estas ideas las plasmé en mi diario debido a las múltiples lecturas que estoy haciendo. En una de ellas, España en tiempos del Quijote (Taurus, 2004) se indaga sobre el tema de la escritura. Comenzando el capítulo, su autor dice:
Don Quijote abunda en autores. De una u otra forma, además del mismo Miguel de Cervantes y las otras figuras de narrador que adopta el creador, en la novela escriben el propio Hidalgo, Sancho y su mujer, los Duques, Cardenio, Ginés de Pasamonte, el anónimo autor de Le bagatele o "el autor del segundo Don Quijote" (p.30)
El Quijote en este caso es un personaje del que otros leen, y del que él mismo se lee. Es un personaje que escribe, y aunque Sancho es analfabeto, también escribe por medio de otros. El tema de la escritura es recurrente en esta obra, porque recordemos que un autor escribe sobre una traducción que otro escribió que otro escribió...

El asunto es que El Quijote salió en una época en la que los cambios en torno a la escritura comenzaba a afectar la producción de libros y la relación entre autores, escritores, editores e impresores. Hay que partir de la idea de que el que escribe puede ser cualquiera. Sancho es autor de las cartas que le envía a su esposa, pero no es él el que la escribe, porque es analfabeto.
Cuando Cervantes escribió su obra lo hizo a mano. No tenía otro recurso que usar una pluma, tinta y hojas sueltas. Podemos imaginarnos a este hombre, inutilizado de una mano, escribiendo horas y horas, dándole rienda suelta a su imaginación, releyendo lo que escribió y tachando aquí y allá. Luego podemos imaginarnos llevando su obra a un corrector o editor, quien se encargará de revisarla y luego mandándola a la imprenta, claro está, después de haber pasado por todo el aparato burocrático que le diera permiso de imprimir su obra.
En la época precervantina, si la podemos llamar de esa forma, escribir era todo un arte. No estoy hablando de los autores quienes obviamente escribían y publicaban su obra, sino de aquellos que se encargaban de realizar copias de esos libros. Hasta que llegó la imprenta y todo cambió.
Claro, escribir a mano era todo un arte hasta que se inventó la máquina de escribir y luego los ordenadores. Ahora muy pocos plasman sus ideas en el papel. Ahora es el tecleo el que sustituye el sonido del bolígrafo, lápiz o pluma sobre el papel.
En la película Descubriendo A Forrester, en la cual un escritor protagonizado por Sean Connery ayuda a un joven a escribir, a plasmar sus ideas a través de este arte, le enseña una máquina de escribir y lo incita a hacerlo. Pero en cierto momento le indica al joven que debía presionar más fuertes las letras, como si las estuviera golpeando, porque así desataría su pasión. Confieso que esa escena quedó marcada en mi mente.
Con esto quiero destacar el hecho de la evolución de la misma escritura y que aunque el medio cambie, la pasión sigue siendo la misma. Es un arte que hay que cultivar pero sin olvidar sus orígenes. No hay nada mejor sentarse en una mesa, con un lápiz y bolígrafo y comenzar esa carrera contra el pensamiento para que las palabras no se escapen, las ideas se plasmen y no se olvide lo que se quiere decir.
Pero este medio por el cual estoy publicando requiere una segunda etapa de escritura, un poco más sosegada porque ahora tengo que transcribir y teclear y escuchar ese tecleo suave, casi sordo también es placentero. Escribir lleva tiempo.
Escribir, aunque solo fuera para lograr la recreación y pasatiempo de los lectores, venía a ser una de las formas más consumadas del señorío del hombre (...). Hasta veinte horas de fatiga y desvelo le costaría escribir a él lo que se iba a consumir en una sola hora de recreación; pero de tanto trabajo se daría por bien pagado con que el lector dijese "bien está compuesto" o "bien me ha parecido" (p333)
En esta época, donde escribir ahora pareciera que ya es un trabajo asignado a la IA, el uso de prompts genera textos en segundos. Muchos admiran el uso de la IA para crear sus obras, o darles una ayuda si están bloqueados. El asunto es que el abuso puede sustituir el acto de crear en sí. Ya no somos nosotros los que tenemos la libertad creativa sino dejamos que la IA la genere. El espíritu de escribir, de crear y equivocarse, de corregir, pero sobre todo el de SENTIR queda relegado a un plano meramente gramatical y computarizado.
No hay nada mejor que escribir a mano. La sensación de sostener un lápiz o bolígrafo, escuchar el rasgueo en la hoja, ver las letras y el mismo movimiento recurrente una y otra vez, tratando de atajar el pensamiento, reteniendo una idea para que no se escape. Escribir a prisa y con ganas y luego revisar para corregir. Esa es la fascinación que causa la escritura. De hecho, estamos en el punto de que se usa como un fin terapéutico.
Y para cerrar este post tan largo quiero decir que escribir es un arte humano, que no importa el soporte que usemos, es algo que sale de nuestro interior. Son nuestras palabras y nuestras voces, aquellas que cantan y ríen y lloran; pero sobre todo es nuestra memoria, el afán por contar, por permanecer y llegar a ser leídos, algún día, por alguien en el futuro, cuando ya no estaremos.
Bibliografía
Feros & Gelabert (Dirs.). España en tiempos del Quijote. Taurus, España