“El pasado me atrae, el presente me aterra porque el porvenir es la muerte.”
Guy de Maupassant
Las formas aterradoras en que la vida nos atrapa día a día, siguiendo los pasos pautados por nuestros guías mayores, tratando de salir de ese camino con mucho temor y el que dirán.
Estamos ansiosos por amar pero cuando descubrimos que tenemos que dejar de lado el amor, ante las fallas del otro humano, simplemente y literalmente nos parten el corazón.
Lloramos sin parar y las aguas no parecen detenerse, ni aun en la sequedad natural que viene del cuerpo. Estamos aterrados de amar y nos volvemos aterrar al dejar de hacerlo.
Lanzó todo al suelo, el viento que entra por la ventana lo recoge en papeles revueltos y los deposita encima de la mesa, declarando el destino final y la interrupción del amor que se decía ser eterno.
Paso de un período de aterradora claridad a momentos en que la naturaleza me parece tan hermosa. El cielo es más azul y las noches son más oscuras. Me pongo triste al recordarte y alegre al dejarte.
Aquel cariño tan especial donde supimos distinguirnos entre dos y con el tiempo nos volvimos cinco. Nos volvimos una sola mente y con los mismos objetivos.
Momentos únicos de compartir y crear espacios nuevos de vida, llenándolos de esperanza y fe. Trabajamos, vaya que si trabajamos por levantar nuestra familia.
¿En que fallamos? ¿En que falle? Que dura experiencia fue dejar de amarte. Y ahora me aterra volver a comenzar otra vez.
No me hallo sacando el perro de mi cama para compartirla contigo. Pobrecito el viejo conciliador de mis noches en vela. El acompañante de mis viejos reconcomios.
Imágenes de sufrimiento se agolpan una a una entre los recuerdos del pasado. Ahora toca a mi puerta una nueva sonrisa y esto me aterra.
Me recuerda aquellos instantes de dolor supremo, de soledad y de caminatas sin sentido. No me puedo creer que el amor me pueda causar tanto temor ante su nueva presencia.
Te puse imposibles y los superastes todos, reparaste hasta el viejo reloj de cuerda antiguo de la sala, buscando en Google como repararlo. Aceitaste las bisagras de mis puertas para que no chirriaran al abrir y dejar pasar la luz de día.
Y sin embargo renuevas mis fuerzas, a seguir esa pizca de luz que entra por la rendija de mi puerta. Nunca debí dejarla entre abierta, por que a la final, sé que el amor duele.