Buenas noches, un sueño reparador para ustedes.
Y sigo andando por mi América hermosa, aunque aún no dejo el Caribe. Ahora por la legendaria isla de Cuba, un almacén de leyendas de origen folclórico. El pueblo de Cuba tiene en su ADN el espíritu libertario y estas leyendas dan fe.
Obra: La luz de Yara (óleo sobre lienzo/1999)
Autor: Eduardo Labrada Mojena.
Entre las lomas y cafetales de la antigua región de Yara, en el oriente de Cuba, una luz misteriosa danza en la oscuridad. No es el farol de un campesino ni el reflejo de la luna lo que se dibuja es un fulgor espectral, a veces azulado, a veces rojizo, que se desliza, se acerca y se aleja caprichosamente. Esta aparición, conocida como La Luz de Yara, es quizás una leyenda profunda y representativa del folklore cubano, porque encierra en su brillo el dolor fundacional de la nación.
La versión más arraigada y conmovedora cuenta que esta luz es el alma en pena de Joaquín, un esclavo africano cimarrón. Tras escapar de la brutalidad del ingenio azucarero, Joaquín se refugió en las montañas, pero no pudo llevarse consigo a sus grandes amores que eran su esposa y su pequeño hijo, que quedaron cautivos en el batey. Atormentado por la separación, en las noches más oscuras bajaba sigiloso con una tea encendida para vislumbrarlos. En una de esas arriesgadas incursiones, los rancheros lo persiguieron. Acorralado y prefiriendo la muerte a volver a los grilletes, Joaquín se ahogó en las aguas del río Yara. Desde entonces, su espíritu no descansa. La luz que los viajeros ven es su antorcha eterna, con la que vaga buscando en vano a los suyos, convertido en un símbolo poético de la libertad trunca y del desgarro familiar que causó la esclavitud.
Monumento al Cacique Hatuey
Otra versión, más antigua, vincula la luz al espíritu de un cacique taíno que custodia los tesoros de la tierra y defiende simbólicamente el territorio de los conquistadores. Se dice que después de negara a la absolución de sus pecados, una vez prendida la hoguera hizo volar su alma libre e ilesa y perderse en los aires convirtiéndose en luz. En el imaginario popular, también funciona como una advertencia pues se dice que es una luz engañosa que puede extraviar a los incautos en el monte, por lo que se recomienda rezar o hacer cruces si ella se acerca.
Más allá del posible origen científico que serían los fuegos fatuos de los pantanos, La Luz de Yara trascendió como mito literario y nacional. Fue inmortalizada en versos por el poeta Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, "El Cucalambé", y se entrelazó con la identidad cubana. No es un fantasma que simplemente asusta, es un espectro que narra. Su resplandor solitario cuenta una historia de resistencia, pérdida y añoranza, iluminando para siempre la memoria de los que lucharon por su libertad, incluso en la muerte. Es, en esencia, el faro eterno de un dolor que se negó a apagarse.