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Buenas tardes, espero no esten cerca de un rio en Cuba porque puede haber un Güije.
Pues si, segumios con los mitos y leyendas de Nuestra Latinoamerica.
Dentro del vasto imaginario mitológico de Cuba, pocas criaturas resultan tan fascinantes y temidas como el Güije. Este ser, de marcado origen africano bantú, representa una de las figuras más auténticas del folclor de esta isla hermos, adaptada y enriquecida por el sincretismo cultural del campo cubano.
El Güije es descrito por quienes dicen haberlo visto como una criatura pequeña, de estatura similar a la de un niño, pero de complexión robusta y barriga prominente. Se dice que su piel es negra y brillante, como si estuviera constantemente mojada, y que posee unos enormes ojos rojos y saltones que brillan en la oscuridad. Esta criatura habita exclusivamente en las aguas dulces: ríos, arroyos, manantiales y charcas profundas, lugares que cuida celosamente.
Su comportamiento es esencialmente travieso y malicioso, aunque no siempre letal. Los Güijes disfrutan asustando a los bañistas, en especial a los niños que se aventuran solos en el río, y molestando a las mujeres que acuden a lavar ropa a las orillas. Se dice que emiten sonidos extraños, carcajadas burlonas y que pueden desorientar a los viajeros que cruzan el monte cerca de sus dominios. Roban objetos pequeños, enredan cabelleras y en los relatos más severos, arrastran a sus víctimas al fondo del agua.
Sin embargo, la leyenda también les atribuye una debilidad que consiste en el deseo de ser bautizados. Cuenta la tradición que si un hombre logra atrapar a un Güije y llevarlo a la iglesia para bautizarlo, la criatura, en agradecimiento, le revelará el paradero de un tesoro escondido. Esta dualidad entre el temor y la posibilidad de un favor divino lo convierte en una figura compleja.
El Güije es, en esencia, un guardián de la naturaleza. Representa el respeto que el campesino cubano debe tener por los ríos y el monte, advirtiendo a las nuevas generaciones sobre los peligros de lo desconocido. Su figura perdura como un símbolo vivo de la rica herencia africana en Cuba.