Saludos a la comunidad Green Zone. Hace poco leí un post de mi querida amiga donde hablaba de la manera que tenemos los cubanos de despedir el año. Me inspiró a escribirles sobre una tradición muy nuestra, la de quemar un muñeco en la Noche Vieja. Quiero enfocarme en esta costumbre desde mi experiencia personal y desde nuestra identidad cultural cubana, que incluye también la tradición decimística, la de esa “viajera peninsular que se aplatanó” en nuestra patria, tanto en su forma improvisada como escrita.
Comenzaré por decirles que el 31 de diciembre de 2019 me tomé una foto que todavía guardo como un recuerdo lleno de paradojas. Allí estoy yo, cubano al fin, al lado de un muñeco listo para ser quemado, fumándome un tabaco y con una cerveza Cristal en la mano. Pensaba que estaba despidiendo un año para esperar uno mejor. Pero vaya ironía, el 2020 y el 2021 fueron terribles para la humanidad, porque justo a fines del 2019 ya se estaban reportando los primeros casos de lo que sería la pandemia de COVID-19. Esa foto se convirtió para mí en un símbolo de lo incierto que es el futuro, de cómo uno puede esperar lo mejor y encontrarse con lo inesperado.
Pero aquí estamos, cerrando el 2025, y yo quiero que el 2026 sea distinto. Hoy mismo vi en la entrada de la casa de mi vecina una muñeca que ella bautizó “Meliza”, así con Z, como ella piensa que se escribe, pero me cuadra porque la Z es la última letra del alfabeto y vamos a cerrar ese ciclo, vamos a terminar este año donde el huracán Melissa que nos golpeó fuerte en el oriente cubano quede en el pasado como un mal recuerdo.
Ese ciclón como todos saben, arrasó con muchas cosas, donde se incluyen las cosechas, el ñame, los tomates, los plátanos... no dejó ni una mata en pie. Y sin embargo, ahí está la muñeca, esperando la noche del 31 para ser reducida a cenizas. Es un gesto cargado de fe, quemar lo malo, los estragos del huracán, la convalecencia de la epidemia de las arbovirosis que también nos azotan, y abrir paso a lo nuevo.
Yo mismo pienso decirle a otros vecinos creativos que hagan sus muñecos y le pongan “chikungunya”, para que también los quemen. Porque de eso se trata, de compartir, de reírnos un poco, como es típico de la identidad cubana, de nuestras desgracias y de unirnos en comunidad para despedir el año. Eso nos caracteriza, la fiesta, la música, la esperanza, incluso cuando los plátanos escasean y la mesa de fin de año se resienta casi hasta lo indecible o inconcebible. Aunque Melissa nos haya dejado sin cosechas, aunque la epidemia nos siga golpeado, igual haremos nuestra cena, con lo que tengamos, porque la tradición no se puede detener.
Quemar un muñeco no es sólo una costumbre cubana. Es parte de un patrón universal que los antropólogos llaman arquetipos culturales. El fuego como símbolo de purificación y cierre de ciclos aparece en culturas muy distintas y sin contacto directo. Los celtas encendían hogueras en Beltane y Samhain para protegerse y renovarse; los romanos hacían rituales de expiación; los cristianos lo transformaron en bautismos y aspersiones con agua bendita. Y en América, los pueblos mayas y otras culturas precolombinas también usaban fuego y agua en sus ceremonias. África aportó sus rituales de limpieza y China sus celebraciones de año nuevo con fuego y pólvora. Todo eso se mezcló en el gran ajiaco que es la cultura cubana, como decía Don Fernando Ortiz.
La décima, nuestra estrofa nacional, también se ha usado para cantar estas tradiciones. Desde El Cucalambé en el siglo XIX hasta Alexis Díaz-Pimienta en el presente, pasando por el Indio Naborí, José Luis Serrano, Ronel González, y tantos bardos, la décima ha sido voz del campesino y del barrio. Improvisada en guateques o escrita en libros, siempre ha servido para despedir lo viejo y abrir paso a lo nuevo. Por eso quiero cerrar este post con una décima mía, como homenaje a esa tradición que nos acompaña:
“Guateque en brasas”
Pasó el huracán Melissa
Arrasando la cosecha
No dejó plátano en brecha
Ni ñame que se precisa
Mas la muñeca en camisa
Esperará en su rincón
Sera fuego, tradición
Cuando el barrio la despida
Y a cenizas reducida
La memoria del ciclón.
Al final, lo que hacemos cada 31 de diciembre es responder a una necesidad humana básica, la de dar sentido al paso del tiempo, intentar controlar lo incierto y abrir espacio a la esperanza. El fuego destruye y transforma, el agua limpia y renueva. En lo simbólico, quemar un muñeco es nuestra manera de decir: “lo malo se queda atrás, lo nuevo comienza”.
Así que este año, entre muñecos y muñecas, entre Meliza y Chikungunya, entre tabaco y cerveza, vamos a despedir el 2025 con alegría. Porque aunque el futuro sea incierto, yo voto porque el 2026 sea un año positivo, lleno de esperanza, y que el fuego que consuma esos muñecos nos abra el camino hacia lo mejor.
Texto e imágenes de mi propiedad.