The hospital
The end
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Esta es la historia del tío Jhon, ese tío que esta en la familia como prestado, como si fuera una especie de tío Adoptado, alguien que desde los pies a la cabeza se le nota distinto, pero que se sabe no pertenece a la familia, que sabrá Dios de donde salió, pero que muy en el fondo todos saben que esta haciendo algo para destruir a la humanidad. Esta historia habla de él, entre otros personajes.
Era el año de 1940, y aunque parezca una contradicción, en aquel viejo hospital universitario, todo tenia ese inconfundible olor a nuevo, las camas, las sillas, los uniformes, las enfermeras, bueno me atrevería a decir que hasta los difuntos en la morgue olían a nuevo.
Fue en esos días que llegó a mis oídos el rumor de que habían empezado a desaparecer las cosas en aquel hospital, especialmente los implemento de corte quirúrgico, y nadie sé explicaba por qué. Se sabe que para su inauguración después de la guerra, el comandante del ejercito, viejo médico militar, se había encargado de llenar un piso completo con una provisión de medicamentos, cobijas, fundas y almohadas como para diez años, y de eso no se había perdido nada, tal vez por miedo al general.
"Desde la próxima semana, no saldrá ningún implemento, sin que sea anotado en el libro diario" exclamo el director encargado, (El principal había desaparecido, era el tío Jhon). Que por cierto días antes también desapareció aquella enfermera hermosisima, que había venido de aquel dispensario rural, a especializarse y que así sin mas se la tragó la tierra, o mejor dicho, el Hospital.
Cuentan los ancianos de este pueblo aspirante a ciudad, que después de la rebelión de 1840, en ese terreno fueron enterrados todos los rebeldes de aquel alzamiento fallido, algunos con toda su familia incluida y que sobre aquella fosa común, fue que construyeron aquel hospital, todo fríamente calculado; los muertos ya estaban muertos y nadie iba a derrumbar aquella maravilla, para sacar unos huesos viejos.
Por aquellos días me tocó enfrentar algunos problemas de salud y fui a parar a ese hospital, permanecí ahí por casi un mes, hasta que salí huyendo de aquel lugar, perseguido por algunas voces y ruidos que se escuchaban por las noches, y que las enfermeras aseguraban: "era el viento".
Al paso de los días, me desplomé en la plaza del pueblo y desperté nuevamente en aquel hospital, por desgracia era muy adentrada la noche, y era imposible salir de allí hasta la mañana. Así que me resigné, y me dispuse a escuchar con atención aquel "viento" que había escuchado la ultima vez.
No pasó mucho tiempo cuando se empezaron a escuchar ruidos extraños, yo inmediatamente le pregunté a aquella vieja enfermera si eso que se escuchaba a lo lejos era el viento, "Si hijo, siempre suena así", me dijo con una mirada nerviosa, a lo que yo respondí de manera irónica: "No sabia que el viento usaba tacones".
Y es que aquella noche se escucharon pasos por aquel hospital, seguido de gritos, y algunas risas espeluznantes, que en el momento de mayor intensidad, me hicieron levantar de la camilla diciendo que preferiría morir en mi cama, que en aquel hospital del infierno, pero en el momento en el que me disponía a salir, una enfermera negra como la noche, que dijo ser prima de mi abuela, (le creí, porque se parecía bastante a ella), me detuvo en el acto diciéndome: "hijo, si sales a esta hora, seguro morirás", acto seguido se sentó al borde de la cama diciéndome entre otras cosas, que ese hospital guardaba un terrible secreto y que yo había sido enviado allí para resolverlo.
Esa mañana me escapé del hospital sin esperar el alta del médico, después de pasar la noche mas aterradora en aquella sala de hospital, tomado de la mano de aquella viejita que rezaba en un idioma que yo desconocía, y que parecían mas bien algunos rituales para contrarrestar aquellas fuerzas diabólicas.
De pronto recordé las palabras que me había dicho aquella anciana, justo antes de que amaneciera: "El secreto esta en los números, hay que contar".
En principio no le di importancia, pensé que esa vieja estaba tan jodída como yo, y que ya empezaba a desvariar, así que me fuí.
Salí rumbo a mi casa y justo antes de que aquel viejo hospital desapareciera tras las copas de los arboles, recordé las palabras de la anciana: "El secreto esta en contar", así que sin darme cuenta comencé a contar las ventanas del hospital, y caí en cuenta que tenia una especie de desnivel y que contando los ventanales, se podía concluir que aquel viejo edificio, no era exactamente igual, y que tenia un ala sin explorar, así que agendé la forma de averiguarlo.
A pesar de no estar bien, ya que hacia unos días me había sentido bastante indispuesto, y que apenas a mis cuarenta años, nunca había sentido ningún quebranto similar, pasé de camino a casa del inspector Lúthiers para, entre otras cosas, hacerle ver el detalle del ala norte de aquel viejo hospital, a ver que podía decirme.
Me recibió muy amablemente, hablamos de manera muy cordial, le hable del hospital, y me salió con evasivas, luego le pregunte si había adelantado algo de la desaparición de mi tío, me habló de un rumor sobre un amorío con aquella enfermera y que seguramente ya estaban en algún país tropical, del nuevo continente, "ese viejo estaba medio chiflado, sabia que al tomar las riendas de ese hospital, enloquecería por completo", yo pensé para mis adentros, que con las tetas de aquella enfermera, cualquiera hubiera enloquecido facílmente.
Llegué a casa sintiéndome bastante mejor, así que invite a mi viejo amigo Fernando a jugar al ajedrez y tomar el té, me sentí tan bien que gané dos partidas, a lo cual este desapareció de pronto, me fui a dormir un rato, la noche había sido muy larga.
No desperté hasta el día siguiente, nuevamente en aquel viejo hospital, atado con cinturones en ambos brazos y piernas. Me contaba la enfermera que me habían traído en muy mal estado, y que el medico ordenó que me aseguraran a la cama hasta que el pudiera examinarme con calma.
Esperé pacientemente por dos horas y cuando ya empezaba a gritarle a las enfermeras, llegó el doctor. Yo solo estaba esperando ese momento para escupirle a la cara todos los insultos que conocía, y toda la rabia que había acumulado durante aquellas dos horas, pero cuando lo encaré, no pude decirle absolutamente nada, ni una sola palabra, era mi tío. Solo lo vi acercarse a mi, me puso una inyección, y voíla, la oscuridad.
De pronto todo había cambiado, aquella habitación del hospital se hallaba completamente en ruinas, las paredes estaban destrozadas y Pude ver aquel monumento de mujer que acompañaba al tío en esos espacios del ala norte que nadie había notado, era la enfermera.
Desperté nuevamente en la madrugada, al ser sacudido por la enfermera, prima de mi abuela, que apareció de pronto diciendo: "tienes que salir de aquí, alguien tiene que contar lo que esta ocurriendo en este maldito hospital", mientras esta me soltaba me contó que aquella pareja de dementes había comenzado a experimentar con cuerpos humanos, cortándolos en pedazos, haciendo rituales para despertar a las almas de los que murieron en los predios de aquella vieja construcción.
Salí tan rápido como pude, tratando de que nadie me viera, solo al llegar al pasillo que conecta con el ala del hospital, me detuve para orientarme y la vi, era una especie de entidad, un espíritu de una mujer muy joven que me señalaba una pequeña puerta, que daba a unas escaleras de un sótano, que preferí no bajar, hubiera preferido volver a la camilla y atarme yo mismo, y que mi tío se sirviera de mi cuerpo con gusto, antes de bajar esas escaleras, que seguramente conducían al recinto donde sepultaron a toda aquella gente o peor aun, al mismo infierno.
Salí por una ventana y me adentré en el bosque, hasta que retome el camino hasta mi casa, llegué ya en la noche, así que comí y me fui a dormir, con la esperanza de no volver a aparecer en aquel maldito hospital, no fue así.
Pero esta vez me aseguraron a una camisa de fuerza, mientras yo veía como me rodeaban todos esos espíritus que me decían ya abiertamente que mi tío los había encerrado a todos y que desde el sótano aquel, yo podría liberar a todas esas almas atrapadas allí, y que estas mismas almas cobrarían su venganza contra el general y su instrumento: mi tío Jhon.
Fue entonces cuando aquella enfermera se me acercó, poniéndome una inyección, allí pude ver como en ese instante la tía abuela enfermera, mi amigo Fernando y todos aquellos espíritus iban desapareciendo uno a uno, mientras el viejo salón se transformaba y volvía a retomar su estado original.
También pude observar a mi madre alejarse por el pasillo con el tío Jhon y aquella enfermera siniestra, mientras este le decía de manera condescendiente a mi madre: "hermana, no pierdas las esperanzas, este nuevo tratamiento ha sido muy eficaz con este tipo de trastornos".
Fin
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