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La vida adulta
Estoy acostado en mi cama, fumando un cigarro, lo único que aparentemente me puede calmar en este momento de mi vida. El hilo del humo anicotinado va subiendo hacia el techo blanquecino. Mis ojos acompañan el movimiento ascendente del humo, mientras las reflexiones, recuerdos y los pensamientos se anidan en mi mente, pasan como una película y suspiro profundamente.
Esta habitación de tres por dos metros se ha convertido en mi confidente, la que acoge mis lamentos, alegrías, mis anhelos y mis frustraciones. La tenue luz amarillenta es mi única luz en estos momentos, y una botella de vodka a medio tomar me espera en el piso de frío de baldosas, con figuras geometricas que se entrelazan unas a otras, así como mi vida se ha hecho una serie de entramados vivenciales, que aparentemente nadie puede resolver.
La cama de sábanas blancas acoge mi cuerpo, cansado de vivir, cansado de andar, cansado de sentir. Doy otra calada a mi cigarrillo, ese maldito placer que envenena, pero que es un aliciente en estos momentos donde mi vida parece derrumbarse ante mis ojos. No pude llevar estos años con sabiduría y madurez, fue un fracaso tras otro, decepciones que golpeaban una y otra vez y lamentos que se pierden entre los silencios de esta habitación.
Cierro los ojos para perderte en mis penumbras internas y el sueño me lleva por aquellos momentos de mi vida, que me siguen atormentando. Me parece escuchar la voz de mi esposa.
«Maldito borracho, quiero que te largues de mi casa. Estoy harta de ti». La veo llorando con sus cabellos castaños alborotados como si una tormenta hubiera hecho un desastre en su cabeza.
«Papito, no te vayas». Los niños llorando aferrados a mis piernas. No tengo más opciones, estan mejor sin mí, sin mi presencia tóxica, sin mis vicios.
Camino por la calle oscura con una luna llena bañándome con su luz blanquiazul. Me acerco al puente de medio arco con cuatro faroles antiguos al inicio y al final, por debajo pasa un riachuelo haciendo un sonido suave y relajante y las luciérnagas vuelan brillando como estrellas refulgentes. Me detengo a la mitad del puente y miro hacia el riachuelo. Unas lágrimas recorren mis mejillas y caen al vacío, cierro los ojos...
Unos golpes fuertes en la puerta me despiertan de mi letargo somnífero, luego una voz aguda se filtra y llega hasta mis tímpanos.
«¿Señor, señor, está ahí?».
La urgencia de la pregunta me hizo pensar que no era nada bueno. Me levanto con desgano de la cama. Me dirijo hasta la puerta de color caoba miro por pestillo y giro la perilla. La casera esta parada con un gesto de disgusto, su vestido largo de flores primaverales contrasta con su gordura.
«Digame, Doña Melida».
«Estoy esperando hace días para que me pague lo dos meses de renta. No puedo esperarlo más, si no me paga lo que me debe, debo sacarlo del cuarto». El gran lunar de la nariz se mueve en sincronia con sus labios gruesos.
«Doña Melida, deme unos días más. Le prometo que le pagaré todo».
En el fondo sé que es mentiras, estoy sin trabajo hace un mes, trato de sobrevivir con el poco dinero que tengo gracias a la compensación por el despido. Ahora estoy frente a esta mujer enorme con rulos en su cabello y de aspecto intimidante. Los ojos negros de doña Melida me recorren de arriba a abajo.
«Le voy a dar hasta pasado mañana para que me pague de lo contrario lo echaré a la calle». La gran mujer daba media vuelta y se iba.
Siento que me he quitado un peso de encima y voy a estar bajo techo unos días más. Cierro la puerta y me recuesto en la cama para seguir bebiendo y fumando, tratando de escapar de esta horrible realidad que me ha acompañado, desde que deje mi hogar.
Cae la noche, la persiana americana de la pequeña ventana deja filtrar la luz de neón, que prende y apaga sincronicamente. Los efectos del alcohol se han apoderado de mi razonamiento, mi cuerpo actúa bajo instintos primitivos, alejado de la realidad que me embarga.
El vodka se ha acabado, necesito seguir bebiendo, mi cuerpo lo pide con desesperación. Me levanto y tomo mi chaqueta de cuero negra. Abro la puerta torpemente, mientras camino trastrabillando por el pasillo de paredes tapizadas con papel de flores descoloridas por el paso del tiempo.
Logro salir del lugar, pero antes me topo con una mujer de anteojos, que afanosamente entra, sin pedir disculpas. Yo trato de mantener el equilibrio en una gran lucha entre mi mente alcoholizada y mi cuerpo desganado. La calle me recibe con su terrible frío y una lluvia pertinaz que empieza cobijarme con sus gotas, que bajan por mi desgastado rostro, como lágrimas melancolícas.
Las luces de los autos brillan intensamente bajo la lluvia que empieza a hacerse más intensa. Yo trato de correr para evitar seguir mojandome, pero es imposible el agua se ha filtrado por cada fibra de algodón, cuero y lino. Mi poco pelo se ha rendido ante el agua y ha caído como los soldados en una guerra.
En mi estado alcoholizado, todo se vuelve difuso, las luces de los autos se ven borrosas y yo empiezo a evadir a los vehículos, necesito pasar rápido al otro lado donde se encuentra la tienda donde está mi dulce nectar amargo.
En fracción de segundos, veo unas luces que me cegaron por completo. Mi mente alcoholizada, la lluvia y la noche me han jugado una mala pasada. Siento un gran golpe, luego la nada, una oscuridad que me ha invadido, todo es silencio. Una paz me invade hace mucho tiempo no siento esto tan agradable. Me siento tan liviano y feliz, no hay frío, ni calor, no hay dolor.
«¿Qué lugar es este?», me pregunto a mí mismo.
Hay una luz al final, la atracción es fuerte y me dirigió a toda velocidad a ese punto. No puedo detenerme y todo se distorsiona, solo puedo lanzo un grito que se pierde en aquella oscuridad. Veo que la luz se acerca y el brillo invade todo. No puedo ver de alguna manera recuerdo aquellas luces de ese auto.
«¡Nooooo!»
«Papito, papito, regresa». Unas voces familiares se filtran por mis tímpanos.
Abro los ojos y las imagen borrosas se vuelven claras. Mis hijos y mi esposa aparecen frente a mí, sus rostros pintan sonrisas de alegría, me abrazan.
«Gracias a Dios que regresaste». Mi esposa suelta algunas lágrimas.
«¿Qué me pasó?».
«Un auto te arrolló y estuviste un mes en coma. Los medicos no daban esperanzas de que volvieras del coma, pero mira estás aquí. ¡Es un milagro!». Mi familia me abraza y yo me siento afortunado.
La vida me ha dado una nueva oportunidad para reemplantear mi vida. Un nuevo comienzo para enmendar errores y construir de nuevo lo que he perdido. Al final madurar es caer, levantarse y empezar de nuevo, disfrutando lo que tenemos a nuestros alrededor. Sonrio y abrazo a mis hijos y mi esposa.
«Perdonenme».
RE: Fiction: Atonement (Expiación) [EN/ES]