En la primera parte de este trabajo entramos a considerar los elementos materiales que objetivan la interioridad en la poesía de Enriqueta Arvelo. Continuamos con consideraciones generales y pasamos a tratar el principal de esos elementos.
El ensayista Elémire Zolla sostine que la interioridad no puede ser expresada directamente sino a través de algún objeto, pero también enuncia: “Todo lo que es externo al hombre tiene vigencia y vigor espiritual sólo si alude a lo que es interior a él”. Extraídos de lo real familiar y presente, estos objetos y existencias materiales aparecen en el universo poético con el talante de realidades imaginarias e íntimas, como si sólo fueran esencias personales y secretas. Refulgen con una materialidad sustancializada por la interioridad y convierten lo real en imágenes. Lo visible habitado y trocado por lo invisible.
Toda la obra de Enriqueta es manifestación de lo anterior; veamos en lo inmediato unos pocos ejemplos: “Me lanzaba a los brazos de llovizna serena. / Y oteaba mi esencia el lustre de tus potros”; “No he de sacudirme por la tarde / el polvo acumulado / junto al galope de las hojas secas.”. Podemos apreciar en estos versos cómo los elementos de la naturaleza son metamorfoseados en imágenes íntimas del ser, dinamizadas por la palabra.
En este vívido mundo de la imaginación material presente en la poesía de Enriqueta Arvelo, nuestro espíritu lector es alcanzado e inducido por un ‘estado de alma’ (Bachelard), o un ‘temple de ánimo’ (Pfeiffer), que atempera lo imaginario en una suerte de atmósfera poética. Esta se constituye por la fuerza de la figuración propiciada por la recurrencia de imágenes materiales, y que nos permite intuir un mundo en el que todo parece estar permeado por la energía dinamizante del aire. He allí el “rumor”, para utilizar la metáfora empleada por Alfredo Silva Estrada, que conduce su obra.
Rumor de aire
El aire es materia fundamental que habita y recorre la exterioridad del ser poético, es decir, presencia real que es reconocida en lo material; pero, a la par, es imagen interior, sublimación íntima que identifica al ser mismo. Como un aliento, esencial y envolvente, el aire traspasa la escritura poética de Arvelo. Inaugura blancos y silencios, como si su paso por la página, por la vida, dejara espacios intocados u ocultos, reticencias del decir poético; se agolpa por momentos, crece y decrece, componiendo ritmos y melodías graves o exaltados; figura y piensa la existencia como un vacío, pero, al mismo tiempo, como una permanencia; revela, visita y fortifica la soledad cual “nada amparante”.
Ya desde sus primeros poemas, recogidos bajo el título El cristal nervioso, se identifica esa presencia material espiritualizada: “Voy sólo con mi ritmo y mi estambre y mi aguja. / Y me apoyo en el aire”. Estos versos trasuntan el temple vital del ser que se labra en la soledad, en el recogimiento interior, pero también en el reconocimiento de su “propia respiración”, nombrada así por Silva Estrada, y que encuentra su correspondencia en el aire: la imagen surge como analogía del acontecer sustancial.
La fuerza imaginaria de este elemento se condensa en el poema “Aire”, que transcribimos completo:
¡Oh aire vivo y grato que sostienes mi aliento!
¡Oh viento enardecido que hiendes mi sustancia!
Mientras jadea el riesgo junto a mi vida en síntesis
y nubes verdaderas juegan con mi sortija.Mi soledad en vuelo se conmueve y se sacia.
La domas y populas, maravilloso aire.
Por culpa de tus rieles formidables y vagos,
¿he de probar fastidio en mis pajales verdes?Pasas cuchilla tersa por mi sangre y mi ánimo
y abotona en la herida una brisa gorjeante.
¿Se tenderá mi empuje sobre las planas hierbas
a amar el fuego blanco de las azules cimbrias?Gran espacio cruzado por mis ímpetus hondos,
fiel anhelo del humo, arteria de cristales,
ruta que fuiste incólume por tu espera de siglos,
en tus trechos vacíos mis pájaros adiestra.
La figuración poética del aire actúa primero como paralelo de la esencia individual, para luego transformarse en símbolo de la interioridad, fundiéndose en una sola materia existencial. Inicialmente destaca la correspondencia aire (exterior) – aliento (interior). Inmediatamente parece abrirse la transversalidad de ambas realidades, pues el aire “hiende”, atraviesa la “sustancia” del ser. Este también es aire, interior aéreo. Se con-funde con el aire, toma sus cualidades, pero también lo traspasa. Parece concurrir aquí el pensar poético de “lo abierto” en Rilke (ver su “Octava Elegía”), sobre el cual reflexiona, sensible e inteligentemente, Blanchot:
¿No podría haber un punto en el que el espacio fuese a la vez intimidad y afuera, un espacio que afuera fuese ya intimidad espiritual, una intimidad que, en nosotros, fuese la realidad del afuera, al que en ella estaríamos afuera en nosotros, en la intimidad y la amplitud íntima de este afuera?
Dialéctica del afuera y el adentro, ósmosis entre el espacio íntimo y el espacio indeterminado, tal como lo refiere Bachelard. En el poema, la imagen poética del aire confluye dialógicamente con la imagen del ser: se acercan, se cruzan, se fusionan, se separan, dibujando una movilidad material y espiritual. La vivacidad, gratuidad , ánimo casi viril y vaguedad del aire juegan con el impulso, el deseo y el acogimiento del ser, trocándose uno a otro, uno en otro. El ser que habla es ser oscilante en el aire, como el aire, tomado y turbado por él. Y somos, también nosotros, tocados por esta vivencia imaginaria del aire en la oscilación de la palabra experimentada como transmutación poética de la existencia. A propósito cabe citar una hermosa meditación de Bachelard: “Vivir, vivir verdaderamente una imagen poética, es conocer (...) un devenir del ser que es una conciencia de la turbación del ser”.
Preguntas inaplazables se suscitan: ¿por qué el aire como imagen material predominante? ¿Qué sentido(s) potencia en ella la conciencia imaginante? ¿Cómo se actualiza su tradición simbólica, su resonancia arquetípica en la ensoñación poética de este lenguaje recio y profundo? Estas y otras interrogantes recorren nuestra lectura, que intentará aproximarse a posibles respuestas.
Las afinidades textuales aire-aliento, viento-sustancia, envueltas en el halo de la ensoñación poética, despiertan y conducen nuestra competencia interpretativa. Una búsqueda etimológica elemental nos dará el vocablo ánemos en el origen griego de la palabra aire y ánemos al pasar al latín será ánima, que significa ‘aire’, ‘aliento’, ‘alma’, según Corominas. La correspondencia poética descansa en una analogía verbal: vasos comunicantes del lenguaje y la imaginación. La conjetura es reafirmada en el terreno de la reflexión filosófica y literaria por Zolla: “El viento, símbolo del alma, es el aire animado e individualizado...”. En un orden semejante, el de la simbología, Cirlot acota: “El aire se asocia esencialmente con tres factores: el hálito vital, creador y, en consecuencia, la palabra; el viento de la tempestad, ligado (...) a la idea de la creación; finalmente, al espacio como ámbito de movimiento y de producción de procesos vitales". Así, podemos formular que la dinámica del aire o el viento en la naturaleza -espacio abierto del cosmos exterior- se corresponde con la movilidad del alma individual -espacio abierto del mundo interior; el aire es, en el ser íntimo, aliento, soplo, voz, canto. El viento crea y puebla vacíos, que son predios del ser interior que se dice, se canta, para habitar el mundo. Por ello el último verso del poema comentado: “en tus trechos vacíos mis pájaros adiestra.”
Continúa…
Referencias bibliográficas
Bachelard, Gaston (1986). La poética del espacio. México: F.C.E.
Blanchot, Maurice (1969). El espacio literario. Buenos Aires: Edit. Paidós.
Cirlot, Juan E. (1982). Diccionario de símbolos (5ª de.). España: Edit. Labor.
Corominas, Joan (1973). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (3ª de.). Madrid: Gredos.
Pfeiffer, Johannes (1951). La poesía. Hacia la comprensión de lo poético. México: F.C.E.
Rilke, Rainer M. (1979). Antología Poética (3ª ed.). Madrid: Edit. Espasa-Calpe.
Silva Estrada, Alfredo (1989). La palabra transmutada. Venezuela: Ediciones Contraloría General de la República.
Zolla, Elémire (1979). Sobre la desdicha y la felicidad. Caracas: Monte Ávila Editores.