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La relación entre producción estética, testimonio y vida constituye un ribete apasionante y, a la vez, tortuoso. Quizás sea otro modo de plantearse la vinculación con la historia. Las obras maestras del arte son expresión del terreno escabroso que supone esa relación. Leamos tres interesantes reflexiones.
Marta Traba fue una acuciosa crítica de arte argentina-colombiana (vivió algunos años en Venezuela), cuyo ejercicio se caracterizó por sus criterios polémicos recogidos en libros, artículos y entrevistas. De ella esta reflexión englobadora:
Toda obra es automáticamente testimonio: testimonio de una personalidad particular, en primer término, y en seguida del espíritu de una época.
Un artista que alcanzó a manifestar su visión de la relación en cuestión fue el pintor austríaco Gustav Klimt; el creador de la famosa obra "El beso", quien sin duda fuera un apasionado de la vida, llegó a decir:
El arte debe abarcar todos los ámbitos de la vida y dejar su impronta en todas las manifestaciones de la existencia humana.
Del también artista, aunque quizás menos conocido entre nosotros y contemporáneo, Les Levine, de origen irlandés, impulsor del video-arte, recogemos esta reflexión incisiva:
El arte no es la vida y la vida no es él, pero el buen arte siempre pone al descubierto algo sobre la vida y si el arte no dice nada acerca de la vida, ¿entonces para qué diablos están los humanos perdiendo el tiempo en él?
La reflexión de Marta Traba tiene la propiedad de ser una especie de síntesis de lo que apuntáramos en el post anterior, dicho de un modo preciso y claro. Imposible que el producto artístico no fuera expresión testimonial, pues es hecho por un individuo que vive y es un ser-en-la-historia.
Klimt y Levine apuntan a un "deber ser". El primero reclama, de algún modo, la apertura que permitiría al arte ser mirada amplia y múltiple del complejo universo cósmico y humano, y desde allí dejar su huella en el mundo, que tal vez atraiga a otros.
Levine, partiendo de desarmar la falsa identidad entre arte y vida, sitúa cada uno en su especificidad, pero, con gran causticidad, inquiere sobre el sentido vital del arte. Ya pensadores anteriores (pienso en Heidegger, por ejemplo) insistían en el carácter develador que el arte debía cumplir; ese "poner al descubierto" (des-cubrir) al que refiere Levine, y esa sería la "impronta" que el arte aportaría a la existencia.