Sentir que estaba
pues no era tan heroico.
Y saber, sin saber del todo,
que su mano –modesta y laboriosa-
era sostén de los días,
un trabajador más
que hacía posible tu aún
pequeño mundo.
Y verlo,
callado o gozoso,
habitando ese espacio
en el que solo la vida es,
sin posibilidad de escoger,
solo ser y asentir.
Y él,
pese a todo,
siguiendo.
Después de la ausencia
de la acompañante de la vida,
seguir
pero a duras penas,
e ir haciendo el camino
para acompañarla
hasta acoger
esta muerte que somos.