Hubo un tiempo, en el que conocer los grandes clásicos de la Mitología universal, no sólo denotaba el grado de cultura del practicante sino que evidenciaba también una señal de buena educación.
De hecho, el Arte, en sus múltiples manifestaciones, se dejó influenciar se dejó influenciar por dicha premisa y muchos fueron los literatos y poetas, sobre todo los pertenecientes al periodo denominado como romántico, en países como Inglaterra y Alemania –Lord Byron, Shelley, Woodworth, Longfellow, Schiller o Goethe- que no eludieron esa premisa, hallándose en sus grandes obras numerosas referencias al tema, que ponían al lector en la tesitura de aprender para entender.
La pintura y la escultura, tampoco fueron ajenos a ella, del mismo modo que la Arquitectura, que de manos de románticos, como el restaurador francés Violet le Duc, se dejaron seducir por una mirada retrospectiva a las formas arquitectónicas del pasado, dirigiendo especialmente su atención a los estilos románico y gótico, que heredaron, en la época, en estado de neo o nuevo y supusieron creaciones modernas con la belleza del estilo antiguo.
Influencia, que se dejó sentir entre la sociedad pudiente también, hasta el punto de decorar los techos de los salones de sus palacios y mansiones con las escenas más vibrantes, no exentas, además, de gracia y provocador erotismo, detalles que a la vez denotaba su posición de superioridad en una escala social inmersa en el esnobismo y posiblemente incapaz de encontrar la belleza en los propios mitos de su tiempo.
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