Capítulo IV Magia y Teurgia entre besos y catalinas
Luego de aquel primer contacto con su doncella, más bien sacerdotiza, Jonuel llega a la cima del cerro Tiramuto, a la pequeña finca que es ahora su hogar. Donde apenas tiene una pequeña casa hecha de bahareque. Un tipo de vivienda rural, construida con listones de madera, frisada con barro y techo de acerolit, que son láminas de asbesto, metal cubierto con una fina capa de petróleo, muy propicia para esos lugares clima tan caluroso.
La casa luce un poco despeinada, hacinada con materiales de construcción y alimentos para el ganado, para los pollos, las gallinas y demás animales de cría.
Apenas cuenta con los inmuebles y enseres necesarios para su subsistencia, mientras planifica acondicionar el lugar con todo su equipamiento, motivado ahora con la presencia de Madeleine en su vida, una razón mayor para cristalizar su proyecto.
Su corazón se siente contento, una jubilosa alegría lo invade, contagiando el paisaje que le rodea, a los cogollos de las plantas silvestres, a los troncos de los árboles, a las piedras del camino. El Tiramuto se ríe a hurtadillas, emitiendo una brisa de suspiros que estremece suavemente la fronda del paisaje, y se divierte con la fiesta que celebra en su alma su nuevo vecino.
_Se acomoda en su chinchorro, mondando una catalinas que compró en la pulpería del pueblo, rumiando las catalinas y también las memorias del encuentro con su amada, a la vez que conversa consigo mismo, trazando los nuevos planes de su vida, ahora incluyéndola.
_He pasado tanto tiempo solo, que me he olvidado de formar una familia,
entretenido combatiendo con mis propias ideas, en una disputa consigo mismo, sin darme cuenta que lo que he hecho, es alimentar esas ideas, hasta verlas crecer y florecer en el alma de mis adeptos, conformando en mi intelecto, una cadena ecológica de pensamientos obsesivos, haciéndome abstraer de la realidad, olvidándome de mis prioridades.
_Entre esas prioridades me olvidé de ti, mi Madeleine, mi condesa escandinava, porque, aunque en esta existencia tienes la piel tostada por el árido sol donde te tocó nacer, perteneces a un reinado nórdico de un extravagante linaje nómada, de ojos claros y piel caucásica. Efectivamente tú eras la condesa, Matriarca, de un imperio dominado por monarcas masculinos, bajo la coordinación femenina, pero no lo recuerdas.
_Ahora lo veo todo más claro, desde que decidí abortar los vampiros enquistados en el fanatismo de mis ideas, que succionaban voraces la lucidez de mis pensamientos, impidiendo dedicarme a lo verdaderamente importante en mi vida.
Jonuel se incorpora del chinchorro para refugiarse en un rincón de la cabaña, se prosterna devoto, a dar gracias a sus deidades por el darma recibido.
En ese rincón se erige un pequeño altar con figuras totémicas.
Un gato de oro y bronce, con esmeraldas incrustadas en sus ojos, un águila real oriunda de los polos antárticos, confeccionada con una fusión de siete metales en forma de cruz con un par de rubíes en sus ojos, también hay un cáliz de plata, en cuya copa está grabada la cruz Tau del Jerarca Anubis y sus cuarenta dos jueces de la ley divina, que en el lenguaje esotérico, son los encargados de premiar y demandar las buenas o malas obras de los hombres.
En el centro del lugar sagrado, se erige un candelabro de 13 cirios - símbolo de la muerte del ego, que permite el paso del nacimiento del hombre virtuoso, luego de pasar por la muerte segunda.
Al lado del candelabro descansa una espada hecha de alpaca, una aleación de acero y hierro templado, en cuya empuñadura, florece un pentagrama esotérico o estrella de cinco puntas, bruñido de piedras semi preciosas con un grabado de inscripciones en hebreo que rezan el siguiente conjuro:
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_AOM – IOOD HE VAU HE (Dios de los ejércitos celestiales), y en la punta superior de la estrella de cinco puntas, el ojo de HORUS que todo lo ve.
Todos esos objetos sagrados yacen sobre un mantel blanquísimo de seda, finamente bordado con organza y filigrana, que denotan lo profundamente místico que es este hombre tan particular.
Apostados en las cuatro puntas de la mesa, hay cuatro copas diminutas, una de ellas contiene aceites esenciales perfumados, otra contiene sal rosada del Himalaya, la tercera con arena de mar, y una cuarta sostiene un compuesto de resinas aromáticas de incienso, mirra, estoraque y sándalo. Todas son implementos esotéricos usados en una ceremonia religiosa primitiva, desprovista de las pompas materialistas y artificiosas contemporáneas.
Esa simbología mística es el patrimonio sacro recopilado por este hombre, educado con el legado trascendental de las más elevadas culturas antiguas, de los Esenios, de los Druidas, de los celtas, de los Nazarenos.
Ha sabido capturar la esencia más pura de la sabiduría ancestral, transmitida por los maestros de la civilización Azteca, Maya, Inca, Atlante, convirtiéndose en un verdadero sacerdote y poderoso mago de luz, de la más pura teúrgia práctica.
Jonuel se rinde prosternado ante el altar y con respeto pide permiso a las divinidades y a los elementos de la naturaleza para tomar la espada del altar, se pone de pie y la empuña con su mano derecha.
Él sabe que un altar es un organismo vivo compuesto por entidades divinas de los cuatro reinos de la naturaleza, consagrados a oficiar bajo la dirección de Teúrgo de misterios mayores. Son seres venerables y con dones divinos a los que se les debe respeto y veneración.
Con su espada empuñada asume la actitud de un sacerdote, y en meditación profunda se entrega a la oración para dar gracias a su divino creador por todo cuanto ha recibido.
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_ Padre mío, señor mío, ¡Dios mío!, infinitas gracias por concederme la gracia de recibir los dones que me habéis otorgado, prometo usarlos para beneficio de mis semejantes y el de mis hermanos menores, los animales, las plantas, los minerales y los elementales de la naturaleza...
Jonuel prosigue largo rato sumergido en su conversación con dios. Por las rendijas de la cabaña se cuela el humo de los perfumes sagrados y cierra con esta última oración de acción de gracias:
_ Gracias amado seres de luz, por colocar entre mis prioridades a Madeleine…La mujer con la que siempre soñé, mi compañera de centurias y ahora que la encontré, no la perderé de nuevo.
Fin de cuarto capítulo
Les dejo el link de los capítulos anteriores:
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