Mary pensó que sería fácil caer en un trance, dejando volar su imaginación junto con las partículas que se deslizaban a través del aire.
El Catalejo Lacado
Philip Pullman
Fabio la veía pasar hacia la escuela casi a diario. Vivían uno frente al otro, separados por la amplia calle. No lograba entender cómo era posible que ella siempre estuviera inmersa en su celular o cualquier otro dispositivo electrónico; y se perdiera de todas las maravillas del mundo exterior. Nunca habían podido jugar juntos, ni siquiera en la escuela. Cuando se lo confió a su madre, esta le advirtió que la dejara tranquila, que, si ella era feliz así, no había motivo para intervenir. “Pero yo quiero jugar con ella, mami”, fue su respuesta.
—¿No será por otra cosa? —le dijo ella.
Él se hizo el enfadado y cerraron el tema.
No entendía cómo una niña de su edad no jugara en el parque como él lo hacía con sus hermanos y amigos. Hasta sus padres se les unían de vez en cuando. Sabrina casi no salía de su casa. La imaginaba sentada todo el día frente a una computadora o televisor. “No puede ser bueno”, pensaba, “algo tendré que hacer”.
El lunes Sabrina salió hacia la escuela como de costumbre y luego de haber caminado unos minutos, vió que la llamaban. Fabio le hacía señas para que fuera hacia él. “Rápido, corre”, escuchó cuando se retiró los audífonos y obedeció. En cuanto estuvo debajo del pequeño toldo de la tienda de música, una fuerte lluvia comenzó a caer.
—Menos mal que te vi —le dijo ella y colgó la mochila al lado de la de Fabio, en la reja de entrada de la tienda—, gracias. Estaba tan distraída que no me di cuenta que iba a llover.
—No hay de qué, Sabrina… —comenzó a decirle, pero ella ya estaba jugando con su celular.
La observó durante un rato, hasta que ella levantó la vista a ver si aminoraba la lluvia. Pero no parecía que el aguacero menguara en un buen rato. Tenían que estar juntos debajo del toldo para no mojarse. Por su corto tamaño, no les dejaba mucho espacio para moverse con libertad. Fabio se empezó a aburrir y decidió conversar con ella.
—Sabrina, ¿tú nunca te aburres de jugar con el celular todos los días sin salir de la casa? ¿Por qué no juegas en el parque, o en la calle con los demás de la escuela? Hay juegos súper divertidos que…
—Yo tengo más de cien juegos instalados —le contestó cortante—. Entre ellos, algunos de los que juegan ustedes los varones, como fútbol, pelota, voleibol, peleas, y muchos más.
—Sí, pero nunca va a ser como en la vida real.
—¿Por qué no? ¿Cuál es la diferencia? ¿El sudor, el cansancio, los golpes? Prefiero evitarlos.
—Hay mucho más en el mundo que eso. No todo es juego, hay cosas maravillosas que no se pueden explicar, hay que experimentarlas.
—¿Cómo qué? —preguntó Sabrina, más para poder refutarle que por curiosidad.
Fabio miró a su alrededor, pensando qué decirle, hasta que lo encontró.
—Como la lluvia. La lluvia es divertida. Jugar bajo ella, chapotear, deslizarse sobre el suelo mojado, jugar a las carreras de botes en las corrientes de las calles. Su sonido y olor son únicos. Ver las formas que crea con el viento y los objetos…
—Para llegar tarde a la escuela, mojar la ropa, coger catarro, inundaciones… Sí, me di cuenta.
Fabio pudo notar el sarcasmo en la voz de Sabrina. Sin embargo, él no estaba ahí para discutir con ella. Simplemente se calló, se puso a mirar la lluvia y ella volvió a concentrarse en su juego.
La lluvia arreció y Sabrina extendió la mano hacia el aguacero como midiendo su fuerza. Al notarla empapada la sacudió con fuerza y se secó en el uniforme con desagrado. Llevaban más de media hora refugiados allí cuando levantó la vista de su celular durante un momento. Corto, pero no pasó inadvertido por Fabio. Al cabo de un rato volvió a mirar hacia la lluvia, frunció la boca un poco y volvió a su juego. Pasó un tiempo con el juego activado, pero sin jugarlo, tenía la vista fija en el agua que caía alrededor del toldo. Fabio observaba a Sabrina con detenimiento. Ella tenía la vista fija en un punto, como escudriñando algo escondido detrás de la cortina de gotas de agua que se extendía al frente.
—¿Lo viste? —gritó de repente e hizo que Fabio brincara sorprendido— Dime que lo viste, por favor. Creí que me estaba volviendo loca.
Sabrina miraba a Fabio y volvía a mirar hacia afuera, una y otra vez.
—Estaba ahí mismo… ―señaló.
—¿Qué cosa, Sabrina?
—La bailarina: con tutú a la italiana y todo. Fue solo un instante… bueno, en repetidas ocasiones. Baila y se esconde entre las piedras y la hierba.
—Una bailarina… ¿A la italiana? ¿bajo esta lluvia?
—Sí. Ese es el caso, es que estaba hecha de gotas de lluvia. ¡Mira ahí! —gritó otra vez, pero cuando Fabio miró, no vio nada—. Estaba ahí otra vez, lo juro.
—Está bien, Sabrina, te creo. No hay problema.
—Te juro que es verdad, que la vi…
—Está bien, te creo.
—Si bailaba de lo más bonito, y brincaba…
—Lo sé. Si salieras más a menudo vieras que hay muchas más cosas escondidas en la lluvia —le dijo Fabio y sonrió.
—Está bien, trátame como a una loca. Yo sé lo que vi. Es más, no tengo porqué aguantar este trato… me voy… aunque tenga que mojarme.
Descolgó su mochila. Dio un paso, se detuvo y luego, con la mirada en el suelo, regresó y colgó la mochila nuevamente. Su rostro le recordó a Fabio, el de su hermana pequeña cuando se ponía brava con él. Por ese motivo no le dijo nada… por un rato.
—¿Qué pasó, no te ibas aunque tuvieras que mojarte?
—No puedo. Se me rompe el teléfono y no tengo otro. Además, quiero enseñarte que lo que vi es cierto y no estoy loca. Es lo más lindo que he visto en mi vida. Parecía… Olvídalo. No lo entenderías.
Fabio la dejó. Debido a su experiencia con niñas menores enojadas. Sabía cómo hacerlas sonreír otra vez. Sabrina no volvió a sacar el celular. Se quedó mirando la lluvia caer. Pasó un rato y le pareció a ver algo encima del techo de zinc de un garaje a solo unos metros de ellos. Luego tuvo la certeza de que era real y se quedó extasiada disfrutando del espectáculo. Fabio lo pudo advertir solo de verla.
—¡Mira, Fabio! —indicó Sabrina con la mano hacia el techo del garaje—. Ahí están otros dos.
La lluvia caía y las gotas de agua al salpicar, creaban los cuerpos, como sombras líquidas, pero bien definidas, de un toro y torero que combatían como si estuvieran en una plaza.
Fabio los miraba y sonreía ante la belleza que desplegaban el torero y su adversario. Entablaban una danza de ida y vuelta sobre el tejado. A cada pase del toro, cuando el matador retiraba el capote y lo dejaba correr esquivándolo, ambos niños gritaban ¡Olé!, levantando los brazos de la emoción. Tras el último ¡Olé!, ambas figuras se disolvieron en la lluvia, para dar lugar, en el suelo bajo el techo, a un grupo de traslúcidos indios ejecutando la danza de la lluvia. Bailaban alrededor del chorro de agua que caía por la canaleta del techo del garaje, donde momentos antes combatían el toro y el torero. Los integrantes del círculo, daban brincos, giros y hasta golpeaban líquidos tambores alrededor del chorro; y ambos niños jurarían escuchar sus cánticos y rítmicos toques, todos, bien acompasados con los truenos e intensidad de la lluvia que los formaba.
Fabio y Sabrina se miraron contentos y continuaron observando la danza que, igual que a la escena anterior, fue perdiendo nitidez hasta terminar por desaparecer en el aguacero. Ninguno de los muchachos dijo una palabra en largo tiempo, como con miedo a que el sonido de sus palabras fueran un pecado ante la sagrada belleza del recuerdo compartido.
—Sabía que era verdad, ¡y con la emoción se me olvidó grabarlo! —dijo Sabrina al fin—. Fue hermoso.
—Sí, es cierto —confirmó Fabio en la misma manera átona de su amiga.
—Parece que está escampando —señaló Sabrina mientras extendía la mano hacia la fina llovizna.
—Sí, lo está. ¿Vas a la escuela ahora?
—No. Voy a regresar a la casa. Se me hizo tarde. Pediré a mi mamá que me justifique el día.
—Yo también lo haré. Te acompaño de vuelta. Nos veremos mañana otra vez.
Al día siguiente, a Fabio se le hizo tarde para llegar al colegio esperando a Sabrina desde la ventana. Su mamá lo obligó a partir y le repitió –justo antes de despedirse– que recordara lo hablado el día anterior. Fabio partió hacia la escuela luego de asentir. Su madre lo había regañado por su pequeña aventura junto a Sabrina. Le dijo que si quería ayudarla tenía que asegurarse que ninguno de los dos, sobre todo ella, salieran perjudicados y que tenía que recuperar las clases perdidas.
Durante el recreo después del tercer turno, buscó a Sabrina en el patio de juegos y no la encontró junto a sus compañeros. Estos le dijeron dónde hallarla y se dirigió a verla. Sabrina estaba en el aula escribiendo cuando la vio.
—Hola, Sabrina —la saludó desde la puerta y entró a sentarse cerca de ella. Sabrina le devolvió el saludo y continuó su escritura—. Te esperé por la mañana para acompañarte a la escuela pero no te vi salir —al ver que ella no levantaba la vista de la libreta, preguntó—: ¿Qué haces?
—Mi mamá me trajo en su carro camino al trabajo. Ahora estoy copiando las clases de ayer —estaba seria. No con la seriedad del enojo, más bien la proveniente de la tristeza—. Mis padres me regañaron ayer y me llamaron mentirosa. Me castigaron el resto del día sin usar la computadora u otro equipo, para que aprendiera a no mentirles.
—¿Y qué fue lo que les dijiste? —preguntó Fabio intrigado. No la creía capaz de engañar a sus padres.
Sabrina hizo una pausa y lo miró a los ojos. En los de ella parecía que la cerradura de la puerta del llanto iba a abrirse en cualquier momento, y liberar todo su contenido de un golpe.
—Cuando me preguntaron… les dije que se me hizo tarde para llegar a la escuela porque había llovido mucho.
—Claro —asintió. Cuando notó que no continuaba, la incitó a hacerlo—: ¿Y qué más? No puede ser solo eso.
—Ya. Eso es todo.
—Eso no es mentira.
—¡Sí lo es…! ―gritó y sus ojos brillaron por un momento― Eso creo yo… y mis padres ―dijo esta vez, como en un intento de convencerse.
Ante aquella respuesta, Fabio quedó desconcertado un momento. No sabía cómo combatir aquella “lógica”.
—¿Cómo es posible que digas eso, Sabrina? Yo estuve allí contigo.
Sabrina pareció entonces más perpleja que él. Había dejado de escribir y lo miraba con ojos brillantes y abiertos como platos.
—¿Sí? Entonces… no lo sé —reconoció ella, y Fabio creyó que la cerradura de la puerta estaba cediendo al fin—. Me mostraron el parte del tiempo, el césped, las calles secas; le preguntaron a los vecinos y amigos y todos concordaron en que no ha llovido en semanas. Nadie vio la de ayer. ¿Cómo es posible eso?
—Tú y yo la vimos, Sabrina. Fue real. Al menos, donde estuvimos.
—Eso me pareció. Juraría que lo fue. Todo lo de ayer — entonces en voz baja—… incluso… lo otro.
—¡Sobre todo lo otro! —le aseguró Fabio—. Claro que sí. Si quieres, diles que me pregunten.
—Entonces ¿Todo sucedió como yo lo recuerdo? ¿No fue un sueño o el estrés de la escuela?
—Por supuesto que no. Yo les puedo mostrar…
—Y sería en vano —dijo con resignación—. Ni yo misma lo creía hasta hace un rato. Si lo hubiera grabado con el celular… Mejor dejémoslo así. No quiero que me vuelvan a castigar.
—Está bien. ¿Nos vemos mañana? Podemos venir juntos.
—Si mis padres no me traen, sí.
—Perfecto. Te dejo para que termines de copiar las clases. Yo lo haré en mi casa esta tarde.
De esa manera se despidieron y Fabio se alegró al dejar a su amiga con mejor cara. Mejor color. “Ese debe ser el color de la alegría del que tanto me habla mi mamá”, pensó y se fue a su aula.
A la mañana siguiente vio salir a Sabrina en el auto con su mamá. Se vieron en el recreo y quedaron en regresar juntos por la tarde. A la hora fijada se reunió con Fabio y su hermano Saúl, y emprendieron el camino a casa. Tenía los audífonos puestos para escuchar su banda favorita –como acostumbraba a hacer cada vez que iba y volvía de la escuela–, pero al ver a los hermanos desternillados de la risa, se los quitó para de enterarse de qué hablaban. El chiste de Saúl la hizo reír hasta que le dolió la mandíbula.
—En los campamentos y acampadas nocturnas con nuestra familia —explicó Fabio—, Saúl es el encargado de los cuentos y chistes. Es el más imaginativo de todos. No tienes idea de lo que crea en su cabecita.
Diciendo esto, agarró a su hermano con un brazo y lo despeinó. Los tres muchachos se rieron durante un momento, que fue roto por un trueno que recorrió el cielo y una lluvia fina comenzó a caer. Entraron a una zona de parqueo abierto, y corrieron a ocultarse bajo un techo al fondo de este.
—Ay, no puede ser —se quejó Sabrina—. Otra vez no.
—¿Qué pasó? —preguntó Saúl pasando su mirada de Sabrina a Fabio.
—Nada —le dijo este en un intento de calmar a su amiga—. Que sus padres no le creyeron que ayer llovió y la castigaron —y entonces a Sabrina—. No te preocupes que esta lluvia de hoy la va a ver todo el barrio. Mira hacia allá.
En la dirección señalada, toda la zona se veía cubierta de lluvia.
—Esta vez no podrán regañarte.
Sabrina sonrió aliviada; ayudó a colocar las mochilas encima de un auto y se dispusieron a esperar a que escampara.
—Vamos a jugar, Fabio —dijo Saúl y miró a Sabrina en busca de aprobación y apoyo—. A lo que sea. Estoy aburrido.
—Ten calma —respondió su hermano y miró a su alrededor tomando nota mental de todo lo que había—, ya se nos ocurrirá algo.
Sabrina se acercó a Fabio mientras Saúl fue a “explorar el terreno”. No debía ser una larga expedición, pensó Sabrina, pues la zona techada del parqueo, abrigaba a solo el espacio para diez autos, y la mayoría estaba ocupado. Fabio le sonrió al verla a su lado y ambos se quedaron viendo la lluvia caer sobre el resto de los más de diez metros cuadrados de parqueo descubierto.
—Es relajante verla ¿verdad? —ella rompió el monótono silencio de las gotas precipitadas— ¿Crees que durará mucho?
—Eso depende —Fabio se giró hacia ella— ¿Quieres que dure o preferirías que escampara ya?
Sabrina no respondió, pero él pudo encontrar la respuesta en su rostro.
—¿Crees que lo veremos otra vez?
—Ojalá y sí —respondió y se giró otra vez hacia el aguacero—. Siempre hay algo escondido en la lluvia. No solo es buena para jugar y que haya menos calor. Sabe muy bien. He leído que desde el inicio del mundo, las personas la han esperado, o la llaman y la reciben agradecidos. No solo por las sequías, sino por toda la magia que trae a los bosques y ciudades. La lluvia es mágica, Sabrina, eso dicen todos. Hay cientos de leyendas, mitos sobre la lluvia alrededor del mundo. Es lo que nos ha enseñado mi mamá.
Sabrina sonrió y volvió a observar el paisaje frente a ella. Alargó su mano y dejó que las gotas cayeran en su palma. Entonces la lluvia arreció y su duda se esfumó al instante. Un cervatillo se asomó tímido por la entrada del parqueo. Era pequeño, aún sin cuernos. Sabrina hizo el intento de buscar su celular y el cervato desapareció. Fabio negó con la cabeza y ella dejó el móvil donde estaba. Tomó a su amigo del brazo y casi sin moverse, vieron resurgir de entre la lluvia al cervatillo. Los niños se quedaron mirándolo caminar. Avanzaba con cautela hacia ellos. Sabrina no le quitaba la vista. Temía que si lo hacía desapareciera en el instante.
El cervatillo se acercó a ella lo suficiente para que Sabrina pudiera detallar el relieve líquido de sus ojos cuando la miraba. La niña estiró la mano hasta tocar su mejilla y quedar empapada al fundirse con la mutable anatomía del cervatillo. Por la mente de la niña pasaban miles, no: millones de sensaciones, emociones e ideas que jamás había experimentado antes. No importaba el hecho de que su mano se fusionara en la morfología de la criatura; para ella era incluso mejor que si fuera uno de carne y hueso.
De pronto el cervatillo levantó las orejas, alerta, y giró la cabeza en dirección al fondo del parqueo. Algo se movió entre los autos al descampado. “Oh, no. Mira,” indicó Sabrina y ambos vieron a una especie de felino aparecer entre los vehículos del fondo. Medía casi un metro de altura, pero era más ancho y largo que el cervatillo. Este caminó hacia el centro del parque y a medida que avanzaba, comenzó a apurar el paso. Su tamaño fue aumentando y ante los ojos de los muchachos se transformó, primero en un joven ciervo de pequeños cuernos que luego crecieron hasta transformarse en una gran cornamenta. El ciervo pateaba el suelo con las patas delanteras y le mostraba sus astas al felino; que caminaba alrededor del ciervo examinando a su presa.
Sabrina estaba asustada. Le gritaba “corre, escóndete” y tiraba una y otra vez del brazo de su amigo.
—No te preocupes —le dijo él—. Nada le sucederá.
El ciervo echó a correr. Era hermoso ver aquella criatura galopar por el parqueo, sobre los charcos, autos y el techo tratando de despistar al félido que seguía sus pasos sin poder alcanzarlo. Cuando perdía terreno, el ciervo daba giros y bruscos cambios de dirección que hacía que su predador, chocara contra las paredes y autos por la inercia y se desintegrara en una explosión de gotas de lluvia, para reaparecer luego de entre esta y continuar la carga.
Sabrina, que apretaba cada vez más la mano de Fabio por los nervios, de repente la soltó y gritó: “!Lucha, no te dejes atrapar!”
El ciervo, se detuvo y giró en ciento ochenta grados para hacerle frente a su rival. Se paró sobre sus patas traseras, alcanzando más de dos metros de altura. En aquel instante a los niños le pareció majestuoso; una magnífica estatua de hielo en medio del parqueo. Tan imponente era, que el felino detuvo su ataque a unos metros de su presa. Intuyó que algo iba a suceder y se preparó. Simultáneamente, ambos comenzaron a correr el uno hacia el otro. El ciervo con las astas hacia delante y el félido con los músculos tensos y listos. Cuando estuvieron cerca, el felino saltó por encima de su rival para atraparlo por la espalda, pero el astuto ciervo levantó fuerte la cabeza y golpeó de lleno al felino, convirtiéndolo en explosiones, como “fuegos artificiales” en forma de gotas de lluvia, que se multiplicaban una y otra vez, siendo cada vez más espectaculares.
Saúl llegó en ese instante y se quedó observando las explosiones silentes de los fuegos y el trote de la victoria del ciervo; quien fue dando brincos sobre los autos, la cerca, para luego desaparecer sobre el techo encima de ellos.
—¡Vaya! Me lo perdí todo —protestó Saúl al acabarse las explosiones—. Te pedí que me esperaras, Fabio.
El aludido le lanzó una mirada de “cállate, tonto” a su hermano y rezó porque Sabrina estuviera tan abstraída por las explosiones que no lo escuchara. Pero la niña lo oyó.
—¿Cómo? —preguntó—. ¿Qué tiene tu hermano que ver con esto? —y se giró hacia Fabio esperando escuchar la respuesta.
—¿Él? Pues todo. Me dijo que iba a crear una nueva historia. Se pasó preparándola por la noche. Casi no durmió. Y me lo perdí por estar buscando una tiza para jugar al Pon. ¿Has jugado alguna vez?
Sabrina no respondió. Pasaba la vista de un hermano a otro.
—¿La encontraste? —trató Fabio de desviar el curso de la conversación.
—No. Solo una soga vieja y estas tablas que pueden servir de raquetas o algo parecido.
La niña observaba cómo Saúl hablaba con la misma naturalidad con la que ella habla de anime, series y juegos de computadora. Le costó trabajo aceptar que aquellas figuras de agua eran reales; pero lo hizo, sobre todo, para no declararse loca de remate. Se justificaba diciéndose que eso era “cosas de la naturaleza”, como otras miles que existen a la que no se les ha encontrado explicación; como lo que le enseñó su maestra esa mañana sobre la anomalía del agua. Sin embargo, este nuevo dato era algo diferente. A duras penas pudo tartamudear:
―¿Él hace… eso?
—Sí, chica —continuó Saúl, quien daba por sentado que Fabio se lo había contado; mientras este, no sabía qué hacer para callar a su hermano—. Él y mi mamá. Mi papá y yo somos del viento. Y nuestra hermanita menor… bueno, es demasiada pequeña. Así que aún no sabemos. Fabio creó esto para escenificar mis cuentos en las acampadas. Al principio era un inconveniente que lloviera, por eso del fango, que apagara el fuego, etc. Pero cuando aprendió a controlar dónde llovería y dónde no, fue genial —hizo una pausa a ver qué decía ella, y al verla con la boca abierta, sin pronunciar sonido, cambió el tema—. Entonces, ¿jugamos o no? Podemos jugar tenis, Fabio. ¿Dos contra dos? Las tablas servirán de raquetas.
—Somos tres —dijo Sabrina como en cámara lenta. Le costó el triple del tiempo que normalmente dura decir esa frase. Sin embargo, el resto lo fue pronunciando cada vez mejor—. Nos falta uno. Además, está lloviendo y no puedo llegar mojada a mi casa.
—Eso no es problema —dijo Fabio siguiendo el hilo de la conversación. A esas alturas no podía hacer más nada—. Él puede secarte cuando terminemos. Un poco de aire no está de más. ¿Te embullas? Se siente muy rico.
Sabrina asintió y los hermanos salieron a la lluvia. Luego tuvieron que regresar a sacarla, tomada de cada brazo por un hermano. Amarraron la soga a manera de red y armaron los equipos. Sabrina jugó junto a Saúl contra Fabio y un jugador líquido creado por él. A Sabrina ya no le importaba estar mojada y jugando con una tabla; estaba fascinada con su líquido contrario y la pelota. Al saque fue Fabio y en su mano materializó una bola de gotas de lluvia juntas, la cual lanzó al aire y golpeó con la raqueta/tabla y salió disparada hacia Sabrina, quien no atinó a moverse. Estaba hipnotizada por el salpicar de la pelota contra la tabla, el suelo y su pecho. No dolió, no sonó: nada. Pero era maravilloso a la vista. Rebotaba y hacía todo lo que una pelota de tenis, solo que más espectacular. Aquella era la increíble y bella magia de su amigo. La tomó en su mano para contemplarla y la lanzó luego a Fabio.
Sonrió feliz.
Estuvieron jugando más de una hora los cuatro. Luego del tenis, levantaron la soga y cambiaron al voleibol. La ropa de los niños estaba pegada a su cuerpo y los cabellos les chorreaban por el rostro. Los zapatos llenos de agua, pero ellos contentos. Incluso el compañero de equipo de Fabio se veía de la misma manera, sobre todo cuando saltaba para rematar. Algunas veces atravesó la soga y cayó encima de Saúl o Sabrina y todos terminaban riéndose de la situación al verse “dentro de la piel de su adversario”.
Al cabo del tiempo, el sol comenzó a descender y la claridad a disiparse. Los deportistas decidieron que era momento de volver a casa. Sabrina, antes de regresar a buscar su mochila, se despidió de su contrincante y este le dio un beso en la mejilla antes que se reincorporara a la lluvia.
Una vez bajo el techo, la lluvia fue cesando poco a poco. Sabrina miró a Fabio y este sonrió y se encogió de hombros. “Sí, fue él también”, le dijo Saúl leyéndole la pregunta dibujada en el rostro. Sabrina rio como nunca había reído en su vida. Miró su ropa mojada, como si en ese momento se diera cuenta de su estado y volvió a reír a carcajadas. Todos lo hicieron. “Yo me encargo”, le dijo Saúl y una brisa fresca comenzó a correr y rodearla. Poco a poco, esta fue tomando fuerza y corrió por su cuerpo como la hiedra por la columna y las hormigas sobre la hiedra. Sabrina fue envuelta en una burbuja de aire que le revolvió el cabello y la hizo creer que por un instante pudo volar.
El sentimiento de felicidad le duró incluso cuando el viento cesó y se vio seca. Tanto como puede estar la ropa tendida luego de lavada. Saúl repitió la escena en Fabio y en sí mismo; advirtiendo que solo se lo hacía para evitar los catarros. Él prefería la sensación de humedad de la lluvia. Una vez no se secó y estuvo con una gripe encamado durante tres días, y no quería repetir aquello.
Sabrina pensó que estar en cama durante ese tiempo no tiene nada de malo, siempre y cuando se tenga una computadora con películas y juegos. Aunque luego, cuando miró hacia el parqueo y recordó lo vivido, pensó en lo que se habría perdido y rápidamente cambió su pensamiento.
Al día siguiente repitieron. Fueron hacia el mismo parqueo y Fabio hizo llover otra vez. Los tres muchachos se sentaron sobre los maleteros de los autos y por la puerta del parqueo entró un joven guerrero armado con espada y escudo. Sabrina lo reconoció al instante. De pronto el plano paisaje del parqueo comenzó a transformarse. Árboles, rocas, hierba y algunas criaturas comenzaron a aparecer para dar vida al escenario de Hyrule. En donde el joven héroe comenzaría su épica búsqueda.
Fabio había visto a Sabrina jugar aquel juego el día del torero y los indios. Lo adquirió y lo jugó en su casa por las noches para crear aquella historia como regalo especial a su amiga. Aquel día, Sabrina cumplía años.
—Por cierto —le dijo ella—, él se llama Link; no Zelda como muchos piensan. El juego se llama La leyenda de Zelda, pero Zelda es la princesa, no él.
Los hermanos comenzaron a reírse, pues ellos eran parte de los “muchos” a los que ella se refería.
Link caminaba por el camino formado entre la hierba. Estaba atento ante el peligro de alguna emboscada. Mas no se amedrentó, y continuó su búsqueda. El paisaje a su alrededor fue variando a medida que el héroe avanzaba. Como si fuera uno de esos fondos de las obras de teatro. De pronto, apareció el fin del camino. Lo cerraba una explanada, luego un puente levadizo que daba acceso a la puerta de un enorme castillo.
El joven guerrero cruzó el puente hacia el interior. Los niños veían cómo el joven caminaba en el lugar, y era el puente y la pared del castillo de agua los que se movían y daba la sensación de ser visto como una película. Del otro lado del puente se encontraba el “malo”. En ese momento el parqueo hacía las veces de patio interior del castillo; donde los dos contrincantes se miraban fijamente. En el fondo del patio/parqueo, se veía una alta torre con una puerta cerrada.
Link avanzó con cautela y se detuvo a solo unos metros del otro. Su contrincante tenía una corona en la cabeza, y una pesada espada en la mano. Sin embargo, la blandía sin trabajo alguno. Sobre ellos aparecieron los carteles: “round one” seguido de “Go”, y comenzó el combate. Los muchachos se rieron de lo ingenioso de la broma, pero luego se centraron en la pelea. El héroe era más ágil que su contrario, mas la agilidad de Link, el Rey la compensaba con fuerza y astucia.
Los choques de las espadas despedían lluvias de gotas de agua, como si fueran las chispas de armas reales. El joven héroe saltaba sobre los autos y se lanzaba desde ellos para sorprender al Rey, y dos veces casi lo logra, pero este logró esquivarse a tiempo y contratacar son fuerza. Los niños observaban entusiasmados aquél ir y venir de espadas y escudos. Parecía una película de acción; sobre todo cuando Link comenzó su embestida, haciendo retroceder a su contrario hasta desarmarlo de un golpe y atraparlo contra el muro del castillo/parqueo. Todo parecía que iba a acabar de un momento a otro, pero el Rey no lo pensaba así. De forma discreta, introdujo la mano debajo de su capa, sin que nadie lo viera y antes que el joven guerrero le asestara el golpe final, lanzó un chorro de agua –que debía ser el equivalente a algún líquido corrosivo de su mundo– hacia el rostro del héroe, quien retrocedió llevándose las manos al rostro. El Rey se recompuso y golpeó con el puño en plena sien a su adversario, lanzándolo al suelo. Link se levantó aturdido. Miró hacia la torre al fondo del parqueo/castillo y los niños siguieron su mirada. En lo alto vieron a la asustada figura de la Princesa, que no podía creer que su salvador fuera derrotado.
Entonces, el joven retrocedió unos pasos para dar tiempo a recuperarse, y miró hacia Sabrina. Ella sonrió y tomó de las manos a Fabio y Saúl y las levantó a la vez que gritaba: “Acábalo”. Aquello fue como una inyección de adrenalina para el joven, que se echó a correr hacia el Rey, que había aprovechado para hacerse de su espada durante la convalecencia del héroe. Link soltó el escudo para moverse con libertad y atacó de frente. Todo ocurrió en un segundo, fue muy rápido. En un momento, el joven héroe corría hacia su contrario, quien lo esperaba en guardia, y en el momento que iba a atacarlo, Link esquivó la estocada, deslizándose por el suelo y clavó su espada en el pecho del Rey.
Los tres niños aplaudieron aquel final tan intenso y felicitaron a Fabio por tal despliegue de efectos y emociones. Para el cierre, vieron subir al joven salvador hasta lo alto de la torre y bajar con la Princesa. Ambos caminaron por el patio y se acercaron a los niños. Una vez ahí, se inclinaron con respeto hacia Sabrina, para la que habían interpretado aquella gesta.
Por la puerta del parqueo entró un unicornio que le sacó más de un suspiro a la cumpleañera, que daba pequeños saltos de alegría al verlo entrar. Sin pensarlo, pasó entre la Princesa y su salvador y llegó hasta el mítico corcel. Le pasaba las manos por el líquido lomo, peinaba sus crines y lo miraba trotar a su alrededor. Link se montó en él y Sabrina aplaudía cualquier acrobacia que hicieran.
Al cabo del rato, Sabrina regresó junto a sus amigos y los vieron partir. La princesa, antes de desaparecer por la puerta del parqueo, se giró sobre el lomo del unicornio y lanzó un beso hacia el grupo. Al virarse y poderle detallar bien el rostro, ambos, Sabrina y Saúl, vieron la última sorpresa del cuento: en el relieve líquido del rostro de la Princesa, pudieron darse cuenta que era el de Sabrina. Ella era su Princesa. Fabio y Saúl se disputaron aquel beso volador y por supuesto, ganó el hermano mayor, quien utilizó su ventaja y lo desvió hacia él. Saúl se molestó y le dijo que era injusto, lo que causó la risa de los otros dos. Para complacerlo, lo dejaron escoger el próximo juego. De repente se le quitó la cara seria y volvió a sonreír.
Hizo que su hermano recreara el mundo de Super Mario y tomó a Sabrina de la mano y comenzó el juego. Ambos, cuales Mario y Luigi, saltaban por encima de las tuberías y obstáculos que les creaba Fabio. Incluso llegaron a encaramarse encima de los maleteros de los autos para evitar a jicoteas y hongos maliciosos que los perseguían. El colmo de la felicidad para Sabrina fue golpear un cubo y que saliera una estrella. Le cayó detrás y al atraparla, un halo de lluvia la cubrió mientras ella corría, brazos abiertos como alas, por todo el parqueo hasta detenerse frente a Fabio. Respiraba agitada. Tenía la ropa sucia y chorreando agua, pero nada importaba. Ella era feliz.
Hubieran seguido jugando si no se hubiera recordado que la esperaban en su casa para el festejo familiar. Cuando recogió su mochila vio que tenía varias llamadas perdidas de sus padres en el celular. Rápido recogieron todo y marcharon hacia su casa. Le pidió a Fabio que la dejara mojada para utilizarlo de excusa, aunque la idea de mentirle a sus padres no les agradaba a ninguno
—No puedo decirles le verdad sobre ustedes, no lo entenderían. Créanme. Confíen en mí, que conozco a mi familia.
Por supuesto que lo hicieron y la acompañaron hasta la entrada para felicitarla nuevamente antes de despedirse y regresar a sus hogares.
—Ha sido el mejor regalo de cumpleaños de mi vida. Gracias por todo, nunca lo olvidaré. Nos vemos mañana, chicos. Adiós.
Al día siguiente Fabio no vio a Sabrina en el recreo, tampoco estaba en su aula. Al preguntarle a sus compañeros, le dijeron que había llamado para decir que estaba enferma. Fabio pensó que se pudo haber resfriado por su culpa, así que decidió pasar por su casa al salir de la escuela.
El camino de regreso ese día fue demasiado monótono, pensó él, utilizando la nueva palabra que se había aprendido aquella mañana. Sin embargo, la verdad es que luego de tantas aventuras días atrás, la palabra que realmente le hacía honor era: aburrido. Pensó que al ver a Sabrina, podrían divertirse un poco si se sintiera mejor. Así que se encaminó hacia su ventana y la llamó bajando la voz para que no lo escucharan los padres. No tuvo respuesta.
En la habitación, la luz estaba encendida, sin embargo, nadie se asomaba.
—¡SABRINA! —gritó más fuerte hacia su ventada en la planta superior y luego temió que quien estuviera en el cuarto, no fuera ella. Sin embargo, sí lo estaba.
—¿Qué quieres? —se asomó Sabrina— ¿Qué haces aquí?
—Vengo a ver cómo estás. Me dijeron que estabas enferma. ¿Te sientes mejor?
—Sí, estoy bien. Ahora vete antes de que te vea alguien.
—Vamos a jugar si te sientes mejor. Saúl escribió un nuevo cuento y quiere narrarlo. ¿Te nos unes? Hoy lo haremos a dúo. Será genial.
—No.
Ante aquella rotunda e inesperada negativa, Fabio creyó necesario explicarse mejor.
—Lo que quiero decir es que podemos ir al parqueo y recrear el cuento. Será como ver una película en 3D. Solo que más corta.
—Dije que no, Fabio. Mis padres me castigaron por lo de ayer.
—Pero ayer fue tu cumpleaños ¿por mojarte? ¿Cómo van a…?
—Lo hicieron —lo interrumpió ella—. No por mojarme. Me dijeron que como no contesté sus llamadas, se preocuparon y tuvieron que salir a buscarme a la escuela. Pero no me encontraron, por supuesto. Se asustaron muchísimo. Por lo tanto me desinstalaron todos los juegos del celular. Me quitaron el tablet y no me dejan usar la computadora. “Para que así aprenda a responder las llamadas y llegar temprano a la casa. Pensé que era un solo día, como antes, pero no es así. Es un mes.
Fabio sintió pena y culpabilidad por el castigo de su amiga. Solo quería ayudarla. En ese momento se acordó de las palabras de su madre. Ella le advirtió que nunca la ayudaría si la perjudicara de alguna otra manera. Le había fallado y quería remediarlo.
—¿Entonces no puedes salir en un mes?
—Sí puedo salir. Lo que no puedo hacer es lo que te acabo de contar.
—Entonces vamos a escuchar el cuento de Saúl. Si quieres lleva a tus padres para que lo vean y se den cuenta del porqué te entretuviste. Explícaselo todo. Diles que estabas conmigo. Ellos entenderán cuando lo vean.
—Lo hice, Fabio. Ahí fue cuando me volvieron a llamar mentirosa, “ellos no tienen que ir a ver nada”, me dijeron; y el castigo por poco se extiende a dos meses. Tuve que pedir disculpas y decir que tenían razón.
—Pero si no puedes usar esas cosas, tendrás tiempo de jugar con nosotros.
—No, Fabio. Me amenazaron con quitarme todo indefinidamente si volvía a irme con ustedes de la escuela. Dicen que ustedes me están “desviando de mi camino”.
—¿Qué significa eso? —preguntó desconcertado.
—No lo sé bien. Pero no quiero perder mis cosas. No tienes idea de lo aburrida que me he sentido este día, sin las series, juegos, películas… Mis padres permitieron que faltara a la escuela para que probara cómo se siente el día sin mis cosas. Solo leyendo libros que ya leí antes y viendo el tiempo pasar.
—Pero, Sabrina…
—Vete, Fabio. Gracias por preocuparte por mí. Pero si de verdad quieres ayudarme, déjame sola.
Y Fabio lo hizo. Se despidió de su amiga, bajó la cabeza y le concedió lo que pedía. Sabrina cerró la ventana y se tiró en su cama. Nuevamente la puerta de las lágrimas amenazaba con abrirse, pero ella las contuvo. Agarró el libro de turno, su preferido: La brújula dorada y al igual que Lyra, quería saltar hacia otros mundos donde no estuviera castigada, o tener a un daimonion con el que hablar y pasar el tiempo que durara su castigo, hasta que le permitieran encender su computadora o usar el celular. Sentía un enorme vacío en su interior, que no pudo contener, que rompió el cerrojo y se desbordó por sus mejillas en formas de lágrimas.
Lloró a gritos. Todo lo que se había callado hasta ese momento y tan alto que hizo que sus padres subieran a ver qué le pasaba. La encontraron empapada en llanto sobre la cama y secándose con la sábana. Al instante la abrazaron y lloraron con ella. Le devolvieron todos sus privilegios retirados. Se quedaron junto a Sabrina hasta que la niña se calmó. Tenía los ojos rojos; los vio en el espejo cuando la llevaron a lavarse antes de dormir. Al día siguiente tenía escuela.
Sabrina vio a Fabio jugando en el patio central a la hora del recreo y sonrió alegre. Se veía contento junto a sus amigos y quiso unírsele, pero se contuvo. Se acordó del castigo y decidió regresar a su grupo, no obstante, lo pensó bien y se dirigió al aula.
Encendió el móvil –estaba prohibido tenerlo encendido durante clases– y se propuso jugar hasta que recomenzaran las clases. El juego se le tornó aburrido y fácil. El otro, muy simple. El otro, violento. Ninguno la complacía, así que puso un capítulo de su anime favorito. Lo había dejado a medias desde el día de su cumpleaños, recordó eso, y también lo sucedido ese día y no pudo evitar sonreír. El timbre que anunció el fin del receso sonó y los estudiantes regresaron a sus aulas. Se preguntó qué asignatura darían Fabio y Saúl en ese turno.
El regreso a su casa lo hizo escuchando su música favorita, pero sin mucho caso. Su mente estaba en las cosas que haría una vez que llegara a su casa. Los juegos que jugaría, las series que vería –terminaría el capítulo de hace días–, y entonces pasó frente al parqueo, ahora seco y aburrido. Solo los carros rompían el monótono color gris del pavimento. Con temor se asomó a ver si encontraba a sus amigos, pero no estaban allí. Con una mezcla de alivio y tristeza, encaminó otra vez sus pasos a su casa, donde la esperaba su computadora.
Corrió escaleras arriba a lavarse y entrar a su cuarto. Abrió un juego y lo jugó un rato. Luego lo cerró aburrida y pasó la vista sobre los íconos, pensando cuál abrir, pero ninguno la convencía. Recordó al anime pendiente y se alegró por un momento. Lo puso y se acostó para verlo. “Está buenísimo”, pensaba Sabrina cuando por su ventana, vio que comenzó a llover. Al momento su corazón le dio un vuelco en el pecho y una sensación extraña le recorrió su barriga. De pronto sintió el mismo vacío del día anterior, no sabía a qué se debía. Puso pausa al video y se acercó a su ventana. Miró a través del vidrio cómo las gotas caían sobre la vegetación y la calle a lo lejos. Escrutó cada rincón esperando ver… “¿qué esperaba ver? ¿Y acaso quiero verlo?”, se preguntó al contemplar las gotas resbalar por el cristal. Se respondía que NO, pero en su mente buscaba formas en el rastro que dejaba el agua al resbalar, en las sombras y los charcos del exterior. Nada. Era la misma lluvia a la que nunca antes no le había prestado atención. Abrió la ventana casi sin pensarlo y respiró el olor del exterior. Extendió la mano y la recogió mojada. Se detuvo un momento observándola y solo cuando notó que el agua entraba a su cuarto, cerró la ventana y reanudó el capítulo. Solo que ya no le parecía tan bueno como antes y lo apagó.
La semana terminó y Fabio regresaba a su casa con Saúl; planificaban qué hacer el sábado y domingo. Más bien era Saúl el que quería saberlo, pues su hermano estaba indiferente, le parecía bien todo. Hacía días que lo veía triste. Sobre todo, cada vez que regresaban de la escuela y pasaban por delante del parqueo. Miraba en su interior en busca de su amiga. Por más que Saúl le pidiera que no lo hiciera, no podía evitarlo. Ese día no fue la excepción. Fabio cruzó la calle hacia el parqueo y se detuvo en la entrada a mirar al interior. Saúl hizo como en las veces anteriores y lo tomó del brazo para continuar el camino, pero al halar no pudo moverlo. Fabio sonreía hacia el parqueo.
Adentro lo esperaba Sabrina.
—¿Qué haces aquí? ¿No te regañarán si llegas tarde? —le preguntó.
—No, quizás solo me castiguen quitándome los juegos y videos de computadora.
—Entonces no entiendo nada, Sabrina. ¿No era eso lo que evitabas?
Saúl sonreía contento de recobrar a su nueva amiga de juegos, pero no se compraba a la felicidad de su hermano.
—Eso creía, Fabio, pero aprendí que todo aquello de lo que no podía desprenderme, está inspirado en vivencias ajenas. Y que las mías son de las que no puedo separarme nunca. Son mejores que cualquier cosa en el mundo. Así que, Fabio, Saúl, ¡vamos a jugar!
Y la lluvia comenzó a caer.