A Daniel, por sus 78 calurosos veranos.
Se lo explicaré. No me preocupo en lo más mínimo de las cualidades morales.
El jugador, Fiódor Dostoyevski
Todo comenzó el día que estaba con mi suegro Daniel, en una cola para comprar algunos insumos en la tienda. En uno de esos televisores de exposición, mostraban unos tablazos de golpes y caídas cómicas, por ello me refiero a dolorosas en el mayor de los casos. En eso salió el de un imbécil, porque hay que serlo para ir caminar frente a la cámara sobre el filo de un muro demasiado fino. Pues el señor imbécil, inevitablemente resbaló y cayó a horcajadas sobre sus..., eso mismo: Sus huevos. No es necesario describir la cara agonizante del protagonista; aunque hubiera sido genial tener una grabación del personal masculino presente en la tienda. Todos, como en la mejor coreografía, nos llevamos las manos a la delicada zona aplastada en el video. Bueno, todos menos Daniel, desternillado de la risa.
Ante la explosión de carcajadas, todas las cabezas se giraron hacia él. Decenas de caras interrogantes sin entender la causa. Daniel, se encogió de hombros con una risa que aún no lograba apagar del todo y me dijo:
―Siempre me da gracia ver a los que se dan golpes tontos como esos. Porque hay que ser muy corto de mente para dejarse golpear en los huevos. Desde niño debieron enseñarles, como a mí, a cuidarse mucho para no darse un solo golpe. Por sus caras… debe doler cantidad.
No entendí nada. Es verdad que el tipo era imbécil, pero ese leñazo era algo muy serio. ¿O será que Daniel nunca se ha golpeado en los huevos? Pensé entonces.
Al ver mi rostro de incredulidad, y que aún era observado por el resto de los presentes continuó, esta vez para todos:
―¿No me irán a decir que todos se han golpeado en los testículos? No sean ridículos. Yo nunca me he dado un golpe ahí. No puedo ser el único.
Al instante nos cubrió una lluvia de improperios y frases como “no puede ser”, “a todos nos pasa alguna vez”, “sí, claro” “come mierda”, “imposible”, “qué gracioso el niño”.
Entre ellos estaba Papo, el teniente de la policía que vive en nuestro edificio. Se quedó mirándonos fijo un rato, pero ni saludó; pude ver en su cara una mirada nada normal. Pero, al ser de la seguridad, creí que era algo común en él. Gajes del oficio, quizás.
Pasó un rato que se hizo interminable antes de que nos tocara llegar a la caja para pagar la compra, después nos fuimos.
A la semana del suceso, pude constatar lo equivocado que estaba respecto a Papo, cuando apareció por la oficina para llevarme como “testigo”. Iba acompañado de un grupo de oficiales muy serios e intimidantes, así que no me negué; aún sin saber qué iba a atestiguar He aprendido que cuando “la ley” te llama, debes responderle sin chistar. La comitiva me llevó hasta mi edificio, tomamos el elevador hasta llegar al piso seis –¡mi casa! –, y Papo tocó a la puerta.
―Hola, Papo ―saludó mi suegro con alegría. Al ver a los acompañantes, su expresión cambió. Entonces fijó la vista en mí que solo atiné a encogerme de hombros―. ¿Se puede saber qué es esto?
―Solo es una especie de interrogatorio esclarecedor de emergencia ― respondió Papo a la pregunta, aunque pareció que Daniel se dirigía a mí. Creo que cada quien pensó que era consigo―. Al menos, así lo puse en mi informe para poder sacar esto de la estación.
Papo mostró una maletica que llevaba en la mano.
―¿Y qué es eso? ―pregunté yo, adelantándome, para que Daniel supiera que no tenía nada que ver con aquel circo de Papo. Me imaginé que él también quería saber.
―Es un spray que inventamos hace un tiempo para interrogatorios especiales ―dijo uno de los técnicos a mi lado―. Es completamente inofensivo, e impide que la persona a la que se le administra, mienta. Ni siquiera si no recuerda eso que le preguntaron. La droga viaja hasta el inconsciente y saca la verdad a la luz.
―¿Y por qué este interrogatorio? ―intervino Daniel.
―¿Podemos pasar, Daniel? ―preguntó Papo, cortante―. Y así terminar todo dentro.
A regañadientes, mi suegro aceptó. Al instante los técnicos comenzaron los preparativos y se acomodaron en la sala ante la mirada atónita de mi suegro.
Papo ordenó que me sentara a su lado en el sofá, encendió una grabadora y la puso en la mesa de centro, frente a nosotros.
―A ver, Daniel. Traje a su yerno para que estuviera de testigo, ya que lo fue el otro día en la tienda, cuando aseguró que nunca se había dado un golpe en los huevos. ¿No es cierto?
Daniel, un poco sorprendido ante lo inesperado de tema, asintió.
―¿Puede responder en voz alta, Daniel? Para que quede grabado.
―Sí, dije eso.
―¿Y permite que le administremos la droga para interrogarlo y quede registrada la verdad? Sepa que después de una ardua investigación, y cientos de miles de entrevistas alrededor del mundo por otros tantos colaboradores, descubrimos que no ha habido un ser humano, masculino y mayor de 5 años, que no haya recibido un golpe en los testículos. Usted es un caso insólito. Por eso estamos haciendo un convenio de investigación entre la el Instituto de Neurología, Ripley’s, Discovery Channel y la Policía Nacional. Le pagaremos por las molestias, por supuesto.
―No puede ser ―negó Daniel con una carcajada como la de la tienda y señalándonos con la mano―. Todos ustedes… Es absurdo.
Por su comportamiento, me hice una buena idea de las imágenes que pasaban por su mente. Papo no se inmutó. Su rostro parecía el de una gárgola, fea, mal hecha, pero una gárgola al fin, de piedra, gris y seco.
―¿Me ve cara de andar en juegos?
La verdad que no lo parecía, tuve que admitir. Estuve sentado a su lado sin decir nada, con la intriga de ver hasta dónde iba eso.
―Bueno, si es así de serio, sí. Pónganme la droga que quieran. Verán que no miento… Espérese —dijo Daniel y se levantó—, espérese un poco. ¿Cuánto dura el efecto ese? —preguntó con una cara mezcla de preocupación y miedo— Mi mujer no puede llegar de la peluquería y cogerme bajo el efecto de la droga.
Todos nos miramos sin que pudiésemos evitar sonreír, identificados ante su lógico temor.
—La daremos la dosis mínima. Debe durar una hora al 100% de efectividad. Desaparecerá en su totalidad en dos. No obstante, tenemos un antídoto… somos profesionales, Daniel.
A una seña de Papo, los técnicos trajeron una mascarilla que le colocaron a Daniel. Mi suegro aspiró. Contaron hasta tres, el cambio se mostró casi imperceptible, en la relajación de sus músculos. Papo comenzó a hacerle algunas preguntas de rigor, otras aleatorias. Luego me pidió que hiciera una pregunta de la que solo yo supiera la respuesta. Pensé en el dinero que dijo tener ahorrado en secreto para pagarse un viaje con mi suegra a Varadero, con la advertencia de que no lo comentara… pero bueno…
―¿Qué usted tiene guardado a escondidas de su mujer?
―Dinero. Para irnos a Varadero a nuestro 50 aniversario.
―Está listo ―me dijo Papo al oído. Entonces, se inclinó hacia mi suegro, entrecruzó los dedos de las manos y preguntó.
―¿Cuántos golpes se ha dado usted en los huevos?
―Ninguno ―respondió, inmutable. Sin pensarlo un segundo.
―¿Me dice que en su vida no se ha dado un golpe?
―Sí. Nunca me he golpeado.
―¿Ni siquiera por accidente, o por una tercera persona?
―No.
El rostro de los técnicos era de pura sorpresa; el mío no podía ser diferente. No hay un hombre en el mundo, excepto mi suegro, que no se haya golpeado allí…. Increíble. Tan improbable como que exista una mujer que jamás haya recibido un golpe en el seno. De hecho, otro de los técnicos me dijo luego, que ya averiguaron: y no existe ninguna... al menos, hasta ahora.
Entonces, continuó mi suegro, conducido por la droga.
―De tanto evitar los golpes, se ha hecho prácticamente imposible que me dé en los huevos.
Ahí sí que se aflojaron todas las mandíbulas y cayeron de golpe. Todo registrado en audio, hasta el sonido de las quijadas al caer.
Al parecer toda esa investigación era más científica que policial –mi opinión, era puro chisme de Papo–, porque la grabación fue llevada a los laboratorios, luego a la prensa y al final corrió por cuanta cadena pudo existir.
Pronto, los socios más jodedores de mi suegro, los de más confianza, intentaron golpearle los huevos. Sin embargo, ninguno acertó. Al final, a base de bastonazos, jabazos y empujones, el viejo llegaba lleno de moretones en los muslos y estómago; peleó con más de uno e incluso durante la pelea, trataron de darle allí, y nada.
Lo hicieron caminar por muros y tubos resbaladizos y fue inevitable que se cayera; pero nunca sobre sus huevos. Ni su mujer, luego de casi 50 años de matrimonio durmiendo en la misma cama, le había regalado algún que otro golpecito “sin querer”, de esos que su hija me obsequia a menudo.
Enseguida llegaron decenas de científicos con aparatos más sofisticados, creados únicamente para pegarle en los huevos, y tras fallar, se fueron con las caras largas. Ninguno lo entendía. Marcharon con promesas de regresar para investigar las causas y tratar de replicar el efecto: por el bien de la especie masculina y la ciencia, claro. Aquello fue el descubrimiento científico del año. Teoremas y teorías se tejieron alrededor de las posibles razones del suceso. Podían tocarle los huevos, sí, pero no golpearlos. ¡Increíble!
Sin embargo, no todos los golpes dirigidos hacia él, terminaron en su anatomía. Aquello era incluso más raro. Algún que otro desconocido por la calle intentaron pegarle, pero fueron detenidos por la policía. Otros intentos fueron evitados por elementos naturales o en ocasiones insólitos; como el de una paloma interpuesta entre los huevos de mi suegro y una pelota de baseball; lanzada por un pitcher de las grandes ligas, que vino al país expresamente a eso... De la que se salvó el viejo: la paloma quedó hecha trizas.
Al principio, Daniel disfrutó de aquella atención recibida. Sobre todo cuando se regó la bola que sus huevos eran sagrados, mágicos, milagrosos. Decían que si los tocabas tendrías suerte en los negocios, el amor y quien sabe cuántas otras cosas. Llegaban personas de todas partes a “sobar” la suerte. No fueron pocas las muchachitas que llamaron a su puerta para tocárselos. Por supuesto, no era su filosofía rehusarse a hacerle un bien a una joven en apuros. Se defendía con que no estaba perdiendo nada al hacer el favor. Sin embargo, fue distinto con varios muchachitos que se fueron tristes al negárseles esa suerte.
No obstante, el momento de fama de mi suegro se le iba haciendo incómodo. Así me lo hizo saber.
―Esto me tiene un poco cansado. Hace bastante que perdió la gracia. Ayer vino un cirujano que quería abrírmelos para ver si era algo fisiológico. ¿Puedes creerlo? ¡Ni por todo el dinero del mundo! ¿Por qué nadie entiende que no se me puede golpear y ya?
―No sé, Daniel. Es que… de verdad es difícil de entender. Y muy fácil de envidiar.
Mi suegro me miró y creí ver sincera tristeza en su rostro.
―En ocasiones, he llegado a desear que alguno de ellos consiguiera darme.
Justo entonces, me puse a pensar qué podría hacer para devolverle la alegría al viejo.
―Bueno, si me deja ―le dije en un impulso que frené mientras lo pensaba otra vez antes de decirlo―, yo lo puedo intentar.
Mi suegro me miró extrañado, como diciendo ¿tú?.
Lo sabía.
―Sí, yo —respondí seguro—. En mi trabajo me dicen “el apagafuegos”. Resuelvo todos los problemas que nadie puede resolver.
―Oye, esto ni la NASA, literalmente, ha podido, ¿cómo vas a poder tú?
Les juro que eso me jodió… y mucho. ¿Confiaba en mí para casarme con su hija, pero no para golpearle un huevo? Tomé aire, conté hasta diez y pude contenerme para no decírselo… solo un poco.
―Mire, Daniel, le apuesto una comida en el restaurante que quiera que puedo lograrlo… ¡Incluso antes de su cumpleaños!
Me contuve, pero no pude evitar hacer otra de las mías y seguir enredándome. Ya me imaginaba soltando dinero para pagar la apuesta. Sin embargo, tenía que probar. Mi madre siempre dijo: eres cabezón hasta la máxima potencia y un día te vas a arrepentir de tus impulsos.
Daniel me miró y se rió.
―Bueno, si es así. Como sea gano. Así que prepárate a ahorrar en estas dos semanas que quedan. Me gustan los camarones y la cerveza.
Como si no lo supiera.
Las dos semanas pasaron volando. No se puede decir que no lo intenté todo. Vaya si lo hice, que hasta dormí en la misma cama que él. Cosa que ninguna gracia le hizo mi suegra… y tampoco a mi novia. Eso fue lo último que planifiqué después de estudiar, repetir y perfeccionar todo lo que hicieron los científicos, vecinos, socios, deportistas y extraños de la calle. Incluso, en alguna que otra ocasión, terminé dándome yo. Tuve que aguantar entonces, una indetenible carcajada del viejo, que más que en los huevos, daban ganas de pegarle en el rostro.
Al final llegó su cumpleaños, sin que lo hubiese golpeado. Lo estaba esperando con su hija al frente del restaurante de su elección. Dobló la esquina mientras yo rememoraba todos los golpes que me había recibido, y no eran pocos. En eso, mi rostro pareció iluminarse –eso dijo mi novia al ver que reía como un bobo–. ¡Nos complicamos la vida por gusto!, y a nadie se le ocurrió lo más simple. Los científicos se giraron por lo técnico, los viejos por los bastones y jabas; los deportistas por las pelotas –¡qué ironía! –; y así otras formas y estrategias; pero nadie por lo más simple: la vieja, dolorosa e infalible patada a los huevos.
Veía acercarse a mi suegro y la risa no se me quitaba de la boca. Mis intenciones eran pura crueldad. En mi mente lo veía doblarse de dolor, con la cara roja, sin aire ni fuerzas para hablar o estar en pie. Con tanto dolor que casi me dolía a mí. Ah, delicioso dolor para él, que lo anhelaba. A veces tienes que pensar bien lo que pides, viejo. Ibas a arrepentirte, y entonces reiría yo, como mismo tú antes. Instintivamente me posicioné como tantas veces lo he hecho al jugar fútbol y preparé la patada. Un viaje directo a villa sufrimiento. En mi mente Daniel se doblaba, soltaba el aire y caía al suelo. Mi suegro se acercaba mientras yo planificaba cómo sería la dolorosa patada. Fácil, solo tenía que decirle, “abre las piernas, suegri”, y golpear. Un plan infalible. Iba a dolerle, y mucho. Entonces llegó él percatándose de mi cara feliz.
―Dime, ¿estás listo?
―Listísimo. Abra las piernas, suegrito.
―Contra, chico, no sigas con eso.
―Abra las piernas, Daniel.
Y las abrió con cara de resignación. Me acomodé y justo cuando cogí el impulso, el tiempo se detuvo. Como en las películas. Los pájaros detenidos en el aire, mi suegra y novia con muecas en el rostro como si hubieran salido mal en una foto. Pero eso no fue lo más impresionante, justo delante de mi suegro, estaba este señor vestido de un blanco impecable, y rostro agitado, con la mano en alto; como deteniéndome.
―!Nooooo! ―gritó hasta perder el aliento― Coño, chico… No sabes lo que vas a hacer. Pude crear el mundo en seis días, y me ha costado miles de años en lograr un par de huevos indemnes. Ya estoy demasiado cansado por estas semanas de extremo trabajo. No lo hagas, por favor, te lo suplico.
¿Cómo negarme? Es cierto que tuvimos que pagar la cuenta entre mi novia y yo, y he vivido hasta hoy con él echándome en cara que no pude golpearlo. Sin embargo, vale la pena saber, que tengo al mismo Dios, cogido por los huevos.