El eco del pasado no siempre llega en forma de palabras; a veces, se manifiesta en el latido rítmico y metálico de un péndulo.
Desde que nací, en una pared de la sala de mi casa, descansa un objeto que recibe la luz que entra por las ventanas de cristal. Un reloj marca Ansonia nos acompaña, siendo testigo de historias y de vida familiar.
No es solo un objeto de madera y metal fabricado hace más de un siglo en una empresa situada en la ciudad de Ansonia, Connecticut, y trasladada después a Brooklyn, Nueva York; han sido sus campanadas las que han vivido junto a mi abuelo Antonio, y después con su hijo Pedro.
Lo cuidaba con devoción, dándole cuerda cada dos días como si fuera un ritual sagrado. Cuando se lo regaló a mi papá, no solo regaló un objeto que muestra la hora en sus manecillas, sino una parte de sus gustos más preciados.
La historia de la marca Ansonia encierra una etapa de resistencia y de arte creativo. Fundada en 1851, la compañía personificó la era dorada de la manufactura en Estados Unidos. Sus diseños eran elegantes, con cajas de roble labrado y esferas que desafiaban la sencillez.
Escuchar sus campanadas y su "tic-tac" es como una terapia contra el estrés y la prisa del mundo actual, donde lo digital lleva protagonismo. En un entorno saturado de pantallas digitales, este reloj me ancla a ese mundo analógico que aprecio y disfruto.
Cada hora, el martillo golpea el espiral de acero y el sonido inunda el entorno, con ese toque mágico que me hace recordar a un filme de misterio.
Son esos instantes que aflorarán en mi conciencia la imagen de mi abuelo, sentado en su sillón, siempre leyendo algo y compartiendo su saber en temas de electricidad, magnetismo y sus reflexiones personales.
Recuerdo su serenidad, su elegancia al vestir, su sabiduría, y su mirada que me llegaba con fuerza a través del vidrio de sus espejuelos.
Cuando le doy cuerda, me gusta ver el movimiento de sus engranajes y ver condensado un trabajo de ingeniería mecánica que no necesita de una batería ni de satélites radiales para trabajar. Las cosas hechas en esos años se fabricaban con gran calidad para que perduraran en el tiempo.
Estos objetos deben ser bien cuidados, y hay que removerles el polvo que van acumulando.
A pesar de todo cuidado, a veces ocurren hechos inesperados.
Sentí mucho, y hasta fue motivo de palabras, con una señora que mi madre contrató para limpiarle su casa. Le dejé claro que no tocara el reloj.
Con el tiempo olvidó lo que dije. Un día, abrió la tapa de cristal y restregó en sentido circular su esfera, con el paño que usaba para desempolvar los muebles. Acción que eliminó parte de su pintura original y sus números romanos; algo que se aprecia en las fotos de arriba. Ya se imaginarán mi molestia con ella.
Este querido y antiguo reloj ha visto pasar generaciones; ha sido observador de cenas familiares, de secretos susurrados y de la vida de muchas almas.
Mientras siga en casa, el recuerdo de mi familia paterna estará bien presente; como ese gran tesoro que no es precisamente de oro, sino de algo muy superior al caro metal. Me refiero a esos bellos instantes que compartimos con los seres de mi familia en Cuba a quienes amamos, y que hoy brotan del cofre de mi conciencia.
Fotos tomadas con mi cell Pixel 6a
Separador de texto. Libre uso por
Texto por Andrés Brunet
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