Esta es mi participacion en el Concurso de relatos de ciencia ficción "Fahrenheit 451" en honor a Ray Bradbury. Aquí el enlace del mismo , este ha sido organizado por la comunidad #literatos, con e patrocinio de #Curie
La bitácora de Levi Cohen
De nada sirvieron las campañas, los programas educativos y conferencias para que la gente entendiera que no debía estar tanto tiempo sentada; para el año 2050 ya había en el mundo 8 mil millones de vehículos, todo el mundo tenía al menos una laptop, y el resto del desarrollo tecnológico llevó a la población a ser dependiente de la tecnología.

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El año 2099 fui encargado del programa de destrucción masiva de ancianos dementes, y niños con deformaciones genéticas, tenía un año para capturar e incinerar diez millones de personas, y lo hice, dejo constancia en mi bitácora de ello, me llamo Levi Cohen, soy militar y doctor, empecé este escrito en enero del año tres mil, y lo terminé en diciembre del año 3.251, mes en que cumplí mis 281 años, y puse fin a mi vida, voluntariamente, y en plena facultad de mis condiciones físicas y mentales.

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Hubo una época en la que en el mundo hubo árboles en todas partes, árboles adornados con hojas, las hojas eran criaturas mágicas capaces de jugar con la luz, y respirar para nosotros la esencia de la vida, nos regalaban oxígeno, y la tierra era prístina y amable.
En un tiempo era normal que todos pudiéramos caminar, nadar en los ríos, en los mares, valernos por nuestros propios medios para realizar las actividades diarias.

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Pero poco a poco dejamos de caminar, se hicieron vehículos para todo, el desarrollo tecnológico nos fue conduciendo a estar dentro de las casas, estábamos casi todo el día sentados, frente a las computadoras, y desde allí, vivimos y vivíamos, porque aunque la falta de movimiento nos enfermaba y atrofiaba físicamente, el desarrollo de la farmacología, creaba medicinas que nos permitía estar vivos cada vez por más tiempo.
Ayer exterminé los últimos cien sobrevivientes, treinta mujeres y setenta hombres, todos genéticamente afectados, no veían nada sin lentes, no caminaban, sus computadoras hablaban por ellos, veían por ellos, sentían por ellos.
Cuando el fuego se acercaba a sus casas las computadoras decían "peligro, peligro, alejarse", pero sus cuerpos eran lentos, sus sillas de ruedas estaban hechas para estar dentro de la casa, aunque podrían disparar si advertían el peligro a tiempo.

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Somos un millón de exterminadores en el mundo; por alguna razón no heredamos la mayoría de las generaciones genéticas, caminamos, vemos, y tenemos conciencia de lo que fuimos, y de lo queremos volver a ser, los demás deben ser exterminados, es el precio para salvar el mundo.
Pensamos que aún estábamos a tiempo de salvar el planeta, necesitábamos una población que fuera capaz de vivir sin los equipos muy contaminantes.
Al principio sentí asco, me sentí asesino, era como si estuviera haciendo el papel de Dios, quién vive y quién muere, lo decidíamos nosotros.
Otro grupo fue eliminando los vehículos terrestres, acuáticos y aéreos, que también eran máquinas independientes e inteligentes, pero que contaminaron el planeta. Si no fuera por nosotros, "Los últimos caminantes" ya estuvieran destruidos.
Yo también pertenezco al grupo de planificación del mundo nuevo, presenté el proyecto de concientización hacia el movimiento como factor fundamental para la salud de los seres humanos.
Todo marchaba bien, ya no sentía ninguna culpa por mi trabajo de exterminador, al fin y al cabo eran prácticamente máquinas de carne y huesos, inútiles, animados por una computadora.

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Pero hace unos días, un niño, el último que quedaba, se quitó los lentes, y abrió sus ojos lentamente, sentí que me miraba, que quería decirme algo: "No es posible pensé, ellos no miran, no piensan por sí mismos, eso me lo aseguraron los genéticos, esta generación perdió, junto a la capacidad de caminar, casi todos sus instintos y sentimientos, dependen casi totalmente de la computadora, y la computadora ya fue destruida, pero a medida que el fuego se acercaba, que el olor a carne asada envolvía el ambiente, crecía su instinto, revivió y me miró; se puso de pie con mucho esfuerzo, abrió sus brazos en cruz y balbuceó "No me mates".
Pero ya era tarde, su cuerpo ardió ante mis ojos.