La casa grande
Aunque Alberto tuvo algunas novias no concretó nada con ninguna; ya jubilado salía muy poco, dejó de visitar a los amigos de siempre y a su casa, su casa grande y hermosa, con jardines exóticos y refrescantes, donde se reunían sus colegas a tomar y conversar, ya casi no venía nadie.
A pesar del cansancio que sentía Alberto, se las arreglaba para mantener la casa en orden e impecable como en los mejores tiempos, le gustaba hacerlo, era como si ella fuera su amiga y compañera de vida.
Es de noche, Alberto está sentado en la mecedora que da al patio central, ve cómo los helechos gigantes lloran al rozar la tierra, los nísperos se abren frescos y perfumados ofreciendo su corazón, las sombras de los recuerdos bailan la música de la brisa que se hiere entre las rosas, el perro lo mira con un pequeño giro de la cabeza como preguntando qué pasa.
Cierra los ojos y ve la cara sonriente de sus amigos en la sala, a su madre leyendo un libro. Abre los ojos y recuerda la conversación con su sobrino; el perro lo vuelve a mirar y mueve la cola. Se levanta de la mecedora, toma el teléfono y dice:
-Mi vida es esta casa grande, no una celda pequeña y segura.
Todas las fotos son propias