Cuando recién me hacía hombre un coletazo del destino me hizo de nuevo recorrer esa misma ruta, acompañado de gaviotas y alcatraces, abrasado al rostro del sol, acariciado de espuma marina, dispuesto a enseñar a volar a los niños de sal.
Luego Lucifer acercó sus pailas de caimanes y fuego a mi almohada, se detuvo el reloj por un instante, y de nuevo mis pasos buscaron las olas que saludan a los peregrinos, la costa y la otra, también costa, que me dieron la calma.
Ahora estoy de vuelta a la montaña, a veces subo a sus alturas a contemplar a lo lejos el mar, a veces lloro; otras veces suspiro, pero mayormente río, condición que me acompaña.
Ahora espero, contemplo y no pienso mucho, como las piedras del camino de oriente, extranjero de todo, suspendido en el tempo de mi tiempo al final.
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