Estimados amigos de Hive y de la Comunidad de #Literatos, les dejo para su amable lectura mi participación en el Concurso de Ciencia Ficción ¿Viajamos en el tiempo?. No creo haber respondido directamente esa pregunta, pero sí he fantaseado en torno a la tentación que supone una respuesta. En todo caso, espero que puedan acompañarme en su lectura. Quedo agradecida.
Imagen propia realizada con Photoshop Express
Rasgadura
Me alejé de las estrafalarias venganzas de los exaltados, pero no acepté mudarme, como hicieron muchos de mis compañeros, al bando de quienes cimentan la mitología natural detrás de este holocausto del espacio tiempo que nos está extinguiendo.
Corren días aciagos. Lejos estamos de la esperanza que infundían los discursos de los regentes y sus científicos a sueldo. Lejos estamos hasta de los dioses.
Los acólitos de la Hermandad de la Profanación minan las redes y captan seguidores. Los movimientos antimateria se aliaron y ponen explosivos en los convertidores cuánticos ¿De qué ha servido tanta destrucción? ¿De qué ha servido la inmolación de los físicos de la universidad de Upsala? Son vanos arrebatos salvajes frente a lo inevitable. El núcleo de la vida sigue ejecutando saltos hacia universos que nos están vedados. Hace cuarenta años que escucho historias.
Al principio, fui a verlo con mis ojos. Vi a las mujeres parir bebés sanos. Vi a esas perfectas bolas de carne llorona desaparecer en las manos de los médicos como si el espacio se doblará sobre sí mismo. Sentí muchas veces el pequeño vacío que precedía a la desaparición. El murmullo de la rasgadura del tiempo suturándose a costa de nuestra continuidad.
Hubo un tiempo en que de verdad lo intentamos. Intentamos sobrevivir la catástrofe poniendo lo mejor de nosotros: nuestra ciencia, nuestra voluntad. Pero el daño estaba hecho. La malla del espacio tiempo se rasgaba y por ella se escapa nuestro futuro.
Hace tiempo que sabemos que nuestros bebés hacen saltos. Las maternidades han sido tomadas por matronas de duelo. Pocos soportan, como no sea por devoción, la continua visión del vacío. ¿A dónde van esas criaturas frágiles? Las rasgaduras en la malla del espacio-tiempo oscilan hambrientas cuando nuestros niños ven la luz. El murmullo que precede a la cancelación del llanto y de nuestra persistencia alimenta las pesadillas.
A veces hemos querido pensar que nuestros bebés van a un lugar mejor. Que viajan a habitar un futuro que nuestros pecados nos han vedado. Que sus pequeños cuerpos transmutan su materia en la sustancia del tiempo infinito y que así perduraremos. Irreversibles, en inexorable expansión.