Queridos amigos de Hive.
He escrito una versión extendida de un microrrelato que escribí hace tiempo para un concurso. En aquella oportunidad, el relato tenía solo 100 palabras.
El género del microrrelato me gusta mucho, pero no siempre mis relatos son tan micros y a veces mis historias exigen algo más de desarrollo.
La ilustración vino a mis manos de forma tan natural como como el relato.
Espero que esta versión les guste.
“¿Sabes de
?”
Mi amiga había desaparecido.
No hubo noticias en los medios para ella. Ninguna declaración de algún familiar o amante, lloroso ante las pantallas o en la estación de policía, pidiendo que volviera.
Vivía sola. Era soltera por una combinación de convicción y carácter. Publicaba en Hive increíbles fotografías. Yo comentaba, y quedábamos para un café. Conversábamos amenamente. Me sorprendía lo bien que llevaba su soledad.
A veces pasaba alguna que otra semana sin publicar, sobre todo cuando viajaba con su cámara a cuestas, fotografiando paisajes o pueblos que crecían precariamente en la periferia de nuestra ciudad.
Un día noté que tenía casi dos mese sin publicar. Era demasiado tiempo. Le escribí. Llamé. Ninguna respuesta.
Indagué con conocidos comunes. Nada.
Volví muchas veces a su último post. Era una fotografìa del interior de un viejo edificio comercial donde funcionaban varios comercios de diversa ìndole. Al fondo recogía una escena inquietante: Cercado por arcos, un patiecito interior sembrado de suculentas soportaba una cinta de seguridad. El amarillo restallaba entre las sombras casi dolorosamente y un poco macabro. Tìpico de mi amiga. Tenìa un alma algo oscura.
Con remordimiento comprobé que sabía poco de su vida. ¿Dónde estaba? Nadie parecía extrañarla.
Tal vez por este sentimiento, empecé la campaña “¿Sabes de ?”, sin resultados.
Recibì muchos comentarios solidarios, alguna que otra respuesta estúpida y muchos reblogueos, y eso fue todo. No obtuve ninguna pista sobre su paradero.
Sin embargo, yo seguì estudiando la fotografìa, pues el edificio se me hacía familiar. Pero ya no sabìa si se me hacía familiar precisamente por ver tanto la fotografía.
Sin embargo, una tarde de abril, calurosa y preciosa, palgada de bichos zumbando por donde quiera que hubiese una flor, lo encontré. Antes de cruzar el arco de entrada, la memoria de ootra tarde similar a esta me hizo llorar. Por supuesto que conocía el edificio: aquí nos habìandos encontrado tal vez unas tres veces. Esas tardes de café volvieron de golpea ser presentes y fue vergonzoso reconocer que las había desechado de mi memoria. Que no les había concedido importancia como para recrdarlas.
Ahora estoy aquí, viéndola. Sentada en su propia fotografía.
Es, sin duda, ninguna, sentada a modo de banco en el muro del jardìn de suculentas.
Parece perdida en el patiecito, detrás de la cinta de seguridad.
Sus ojos están espantados. “No entres”, susurra.
Pero voy.
........ .. .. . . . . ..... . ......... . . ....... . . .. . . . . . .. .. ... .. ............. ... .. . .. ... .................... .. . . .. . . . .