Amiga Mía
¡No podías decir que no!
Siempre es lo mismo, le dices que si, que venga en dos horas e inmediatamente que cuelgas el teléfono sientes el golpe en el estómago, comienzan las náuseas y los malditos recuerdos de los momentos que te hace pasar cada vez que la vez... tratas de fingir frente al espejo una sonrisa franca para recibirla, pero sabes que es falsa y aunque te creyera que es de gusto, ella se encargaría de quitártela con la insidia de sus palabras, “que bonito tienes el piso”, ¿debe de ser difícil que no apeste?, Me encanta tu vestido, aunque el color ya paso de moda, ¿lo encontraste de oferta?, Que hermosos tus niños, y pensar que podrías haber sido exitosa si dios no te hubiera bendecido con estas preciosuras, te vez muy guapa hoy, no cabe duda que el maquillaje hace milagros… Luego su maldita maña de agarrarme los costados para contar cuantas lonjas tengo como si fuera un vaquero con su ganado, mientras hace la estúpida pregunta de siempre ¿estás más rollizita verdad? Y la peor de todas, ¡ya deja de darle pecho a ese niño que te van a quedar, ¡como calcetines con canicas! Cuanto la odio cuando dice eso… bueno, al menos desde que me embaracé, dejo de decirme que los hijos son una desgracia. ¿Acaso no existe la amistad verdadera entre mujeres? Todo el tiempo compitiendo, celando, marcando territorio como perras, solo nos falta mear sobre las cosas… ¿Yo seré igual con ella? ¡No, ni pensarlo! A ella no le temblaría la mano para reventarme el hocico de una cachetada, si yo le dijera una de estas estupideces ¿Por qué siempre acepto que me visite? ¡¿Por qué la visito yo?! ¿Será que el peso del tiempo arrastra arrugas en mi rostro y me siento sola?
Lo peor de todo, es lo mal que me siento por pensar estas cosas cuando llega, le doy un beso y le digo:
¡Pasa mama!