Constante y peligrosa
De nuevo observó su reloj y frunció el ceño. A Cry, en general, le agradaba caminar, sin embargo, en esta ocasión, experimentaba dolor en las extremidades inferiores, como si se hubiera desplazado durante días. Hasta la última neurona de su cabeza palpitaba tratando de recordar cómo había llegado hasta allí y adónde se suponía tenía que ir. El chico delgado, alto y de ojos azules, que acababa de celebrar su vigésimo segundo cumpleaños, se acercaba a la siguiente esquina y, extrañamente seguro de que ya había dejado atrás la calle con la farola oxidada, se preguntaba por qué seguía tropezando con el mismo paisaje. Aun así, era ridículo pensar que caminaba en círculos cuando las calles eran rectas y aleatorias.

Siguió avanzando, aunque le ardían los pies, le sangraban los bordes de las uñas y apenas podía mantener los talones en su sitio, no entraba en sus planes detenerse, porque el lugar era tan solitario y desconocido que se sentía presa fácil de todo. Cry se preguntaba una y otra vez qué demonios hacía caminando como un vagabundo sin rumbo ni zapatos, pero no podía perder el tiempo cuestionándose o explorando casas abandonadas en busca de alguien que le ayudara, qué podía decir, hola, soy Cry estoy perdido, y alguna fuerza magnética me empuja a seguir adelante.
Estaba tan ansioso por llegar a cualquier destino que aceleraba el paso cada vez más, sin importarle que los músculos de sus piernas estuvieran tensos y sintiera que el corazón le iba a estallar en cualquier momento debido al esfuerzo sobrehumano que estaba realizando. En un arrebato inesperado, volvió a mirar el reloj. Era inverosímil creer que había pasado dos horas desde la última vez que lo consultó, pero habría jurado que únicamente habían transcurrido veinte minutos, aunque sospechaba que podían ser menos. Finalmente, Cry se detuvo un momento y bajo la vista con asombro, tenía las manos envejecidas y sucias, al igual que los pies y la ropa que llevaba puesta, posteriormente oteó el horizonte y se quedó contemplando la negrura que ya se había adueñado por completo del único camino, un camino que parecía torcerse ante sus ojos.

Justo detrás no había nada más que oscuridad devorándolo todo sin piedad, Cry sintió tanta incertidumbre en ese momento que el miedo le recorrió el pecho y el estómago. Ahora el paisaje estaba siendo consumido por las sombras y amenazaba con alcanzarle, así que corrió como un niño asustado haciendo un esfuerzo desesperado por encontrar una salida o un lugar seguro. Me he vuelto loco o qué demonios es todo esto, exclamó. Sentía una opresión espantosa, una sensación que le confirmaba que a pesar de sus esfuerzos por ser más rápido no llegaría a tiempo. Además, la realidad se distorsionaba, la vía se movía peligrosamente como dos líneas de comunicación colgantes que le provocaban escalofríos y dolor de cabeza, pues imaginaba que en cualquier momento de su recorrido perdería el equilibrio y se encontraría cayendo en las profundidades de algo inquietante.
En medio del subidón de adrenalina y la exhalación descontrolada, Cry empezó a experimentar un perfecto e inmenso ataque de pánico, en el que su cuerpo temblaba y se entumecía sin remedio. Mientras la mente se inundaba de más confusión, Cry cayó desgraciadamente al abismo, ahogándose en su propia saliva y gritos.

—¡Maldita pesadilla de siempre!, dice Cry.
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