Las tardes de septiembre fueron
(... y siguen siendo) largas, muy largas.
Los silencios se extienden
y el hastío se alarga.
Con todas sus desavenencias,
aún diría que trajeron cosas buenas.
Pero tendría que convencerme
de que antes de caer la noche,
lograr recuperar la esperanza.
Y con todos sus recuerdos,
las noches se hicieron esperar,
para cerrar el capítulo diario,
de la obra de mi juventud.
La noche tan esperada,
para dar lugar a los sueños,
para perderme en brazos
del desconocido mundo de Morfeo
y dejar que susurre a mi oído
las más extrañas fantasías.
Y al cerrar los ojos,
Volvían a aparecer ante mi
los amaneceres de septiembre,
lo cual solo me indicaba,
que volvería a caer sobre mí la tarde,
y así hasta llegar al día de hoy.
Porque sé que mañana,
cuando abra mis ojos,
ya no serán las mañanas de septiembre.
Ya no sufriré las tardes de septiembre.