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Entrada al “Concurso de minicuentos en honor al maestro Juan Rulfo” | Regreso a El Milagro


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Saludos, amigos lectores de la comunidad
Hive account@literatos Con este texto de mi autoría participaré en la convocatoria realizada en homenaje al gran maestro de la literatura mexicana Juan Rulfo, cuya obra breve, pero importante, pervive a través del tiempo. En “Pedro Páramo” explora la búsqueda del padre, en un contexto hostil y desértico, que es también el escenario de su libro de cuentos “El llano en llamas”. Una interesante convocatoria que a los latinoamericanos de nuestra plataforma nos vincula con nuestras raíces más profundas y remotas, los lejanos cuentos de aparecidos que perviven en el tiempo y nos hablan de nuestros ancestros. Espero que disfruten la lectura de esta breve historia que les comparto.

Regreso a El Milagro
Era de día cuando llegué a El Milagro, pero el sol no me dejaba ver nada, como en la más profunda oscuridad, el profundo resplandor daba ceguera. Era la única pista que tenía sobre mi madre, que ella y mi padre me habían engendrado en El Milagro y que en ese pueblo en medio de la nada, que naciera y hubiese sobrevivido, era un regalo de la Providencia. Esa mujer de fuego que me abandonó en los brazos de mi padre, trabajaba en un circo, tenía alas en el alma. Le bastó verla volar en el trapecio una noche, en lo alto de la carpa y se embrujó. Le entregó su alma de muchacho pueblerino y su cuerpo que apenas había salido de la niñez. Se fue con ella sin pensarlo. Su padre no quería, necesitaba al muchacho para que lo ayudase a arar la tierra seca que le daba de comer a la familia. Él no lo escuchó. Esa ave deslumbrante tenía que ser suya en adelante.
Pero Adela no era de nadie. Su capricho por mi padre, que era joven, guapo y la adoraba, duró poco. No le perdonó la preñez, aunque no abandonó el trapecio al enterarse, yo me aferré a su cuerpo mientras duró la gestación, mientras mi padre limpiaba los establos de los animales. No le importaba qué tuviera que hacer para estar a su lado ni su fría indiferencia. A ella le gustaban las luces, el estallido de los aplausos luego de su función. El amor la tenía sin cuidado. Cuando nací en la capital me entregó a mi padre y se fue. Y le dijo: ꟷNo me busques. No quiero saber nada de ti ni de tu hija. Él aceptó mudo su sentencia y se aferró a mí en adelante. En mis ojos veía sus ojos. Antes de morir finalmente me entregó una foto sucia, donde pude ver su rostro, sus ojos claros, como los míos, el brillo turbio de su mirada.
No vengo aquí por ella, quién sabe si volvió a este pueblo alguna vez, si se acordó de él o de mí en alguna noche fría. Quién sabe. La eché de menos muchas noches, al igual que lo hizo mi padre, que no dejó de llorarla en silencio, pero tampoco quiso regresar a su pueblo. Buscó una nodriza y luego cuidadoras que velaran por mí, mientras el cumplía largas jornadas de trabajo para que nada me faltase. Nada me faltó. Ni techo, ni alimento ni educación, para que fuese una mujer de bien. Yo nunca lo defraudé, le di lo que podía, mi compañía y mi afecto. He venido aquí a cumplir una promesa que le hice, a esparcir sus cenizas donde la conoció, donde conoció el amor por primera vez y para siempre, en El Milagro. Descansa en paz, amado padre. Donde yacen tus ancestros, que abandonaste un día por un sueño sin sentido. No volveré a este pueblo que arde en medio de la nada, donde fuiste feliz por poco tiempo y te aferraste a un sufrimiento que te acompañaría el resto de tu vida.
Beatriz Alicia García N.

