La novela contiene narración gráfica de asesinatos e imágenes fuertes, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.
A la mañana siguiente, Benedict le contó a Wyatt su encuentro con El Noctámbulo, y ambos le atribuyeron el hecho de que hubiese dos Noctámbulos a que el tipo tuviera un cómplice.
—¿Se trata de algún familiar o amigo o simplemente le paga a alguien que necesita el dinero? —reflexionaba Benedict deteniéndose al lado del ventanal, mirando hacia el jardín trasero. Comenzaba a llover, el cielo estaba totalmente nublado y hacía un poco más de frío de lo habitual—, ¿qué piensas tú de eso? —le preguntó Benedict a su compañero pero en cuanto se volvió para mirarlo, notó que él tenía una expresión nerviosa y miraba fijamente al fuego—. ¿Qué te sucede?
—Necesito hacer algo —dijo Wyatt, y se marchó rápidamente de la habitación.
Benedict se quedó mirando fijamente la puerta por donde su compañero había salido, sin comprender por qué su actitud había cambiado tan abruptamente, eso le dio mala espina y como no confiaba ni en su sombra, decidió investigarlo...
Si Wyatt resultaba ser El Noctámbulo o estaba involucrado (y ojalá y no fuera así, pensó Benedict) ésa sería la respuesta de porqué era tan difícil atraparlo, su enemigo estaría a su lado y sabría todos sus movimientos.
En la tarde, Benedict seguía pensando sobre la posibilidad de que Wyatt fuera El Noctámbulo, sin embargo, como no era un sospechoso en potencia no había tanto de qué preocuparse, así que sin más decidió empezar a redactar su diario de experticias. Tomó su pluma decidió enviar una misiva a Jane Miller.
La escribió y la mando con uno de los guardias de la casa.
Estaba expectante, quería que Jane le respondiera cuanto antes, porque el contenido de la carta era muy importante. Benedict tenía ciertas sospechas de que Wyatt Jones, su compañero, era El Noctámbulo y quería confirmar de cierta forma si sus conjeturas eran ciertas, aunque a decir verdad, el joven detective no quería por nada del mundo que sus sospechas resultaran acertadas.
La carta decía:
Para Jane Miller:
Mis más cordiales saludos, seré breve.
Esta carta ha sido perfumada y quisiera que por favor te esfuerces en recordar si por casualidad, El Noctámbulo tenía ese olor el día de tu encuentro casual con él. Para mí es muy importante.
Me parece que el asesino usa este perfume pero necesito una segunda opinión de quien ha tenido un encuentro con él y ha sobrevivido, a parte de mí. Preciso que lo recuerdes y me respondas cuanto antes.
Benedict Fletcher.
Ya llevaba un par de horas leyendo el periódico mientras oía caer la lluvia desde su ventanal cuando llamaron a la puerta, el muchacho tropezó al ir corriendo a ella.
Su centinela estaba de regreso, allí parado, extendiéndole una carta. Benedict la tomó, y luego de pedirle amablemente que se retirara, cerró la puerta de su habitación y se dirigió a un sillón de orejas cercano.
Abrió la misiva y leyó:
Le extiendo también mis saludos y espero que se encuentre bien. En cuanto a lo que me pregunta en su carta, estoy anonadada, ese encuentro con El Noctámbulo estará vivo en mi memoria por siempre.
Yo no lo recordaba muy bien, pero ahora que sentí el aroma de la carta... claramente está perfumada con el olor del asesino.
No sé cómo habrá dado en el clavo, supongo que por ser el exitoso detective que es, pero tenga mucho cuidado, temo por su seguridad.
Jane Miller.
Benedict estaba preocupado, anonadado y decepcionado.
Tras la actitud extraña y sospechosa de Wyatt, Benedict había decidido tomar cartas en el asunto, recordó la importancia de la fragancia de El Noctámbulo y lo atribuyó a la muestra de perfume que siempre llevaba Wyatt en uno de sus bolsillos y que él, Benedict, había sustraído en un descuido de su compañero con la finalidad de preguntarle a Jane si el perfume le era familiar.
No podía ser posible que el compañero que le habían asignado, fuera el asesino que tanto odiaba, El Noctambulo, aquel hombre que había aterrorizado Londres, aquel que había hecho tanto daño, aquel que tanto lo había sacado de quicio; sencillamente El Noctambulo no podía ser Wyatt Jones.
—Benedict, por favor, dale a tu compañero el beneficio de la duda, dáselo —se suplicaba a sí mismo con desespero.
El detective se levantó del sillón y guardó la carta en su baúl bajo llave.
Aunque el cielo estaba nublado, había parado de llover, por lo tanto Benedict abrió la ventana. La brisa que le acariciaba el rostro era suave y fría.
El muchacho miraba la copa de los árboles que tenía en frente, no pensaba con claridad. Creyó que sería bueno tomarse una taza de té para intentar relajarse, así que le pidió a una mucama que se lo trajera.
En la casa de los Horan se armaba una gran discusión entre Julieth y su padre.
—Ya te dije que no bajaré a ver a ese hombre —dijo Julieth en su habitación.
—Y yo te he dicho que me obedecerás porque soy tu padre y me debes respeto por ello.
Julieth salió de su habitación con su padre siguiéndola.
—Sí, sé que eres mi padre —dijo la chica deteniéndose—, y que te debo respeto, pero no iré a...
—No voy a tolerar que quieras hacer lo que te venga en gana —replicó Dominic.
—Puedo tolerar que me encierres como lo haces, porque sé que me proteges, pero no puedo tolerar ni que me obligues a ver a ese hombre, ni que quieras comprometerme con él a la fuerza.
Dominic la tomó del brazo y la arrastró hasta su despacho.
—¡Ya basta, me estás lastimando! —se quejó Julieth zafándose del agarre de su padre.
—No quiero volver a oír ni una palabra más acerca de mis disposiciones para tu futuro, y te aclaro que no eres quién para aprobar o no mis decisiones. Harás lo que yo te diga y ya está. Prácticamente estás comprometida —dijo el hombre mientras se paseaba por la habitación.
—A mí no me interesa en lo absoluto el dinero, ni la posición social que me aporte un caballero, me interesa mi felicidad —dijo la muchacha con los ojos húmedos.
—Primor —la llamó Dominic suavizando el tono de su voz mientras la miraba con dulzura—. Entiéndelo, hija, por favor, Nicolai es un joven millonario, si te casas con él nuestra fortuna crecería, solo busco lo mejor para ti. Así que quiero verte en el salón y con buena cara.
—Dirás que es lo mejor para ti —murmuró la muchacha limpiándose las lágrimas una vez su padre salió de la habitación.
Ella también salió y se dirigió con resignación al salón donde el joven la esperaba.
Caminó con toda la parsimonia que pudo. No quería ver a Nicolai por nada del mundo, estaba consciente de que el joven tenía muy buenas maneras: era atento, apuesto y refinado, pero no quería verse atada a él porque no le amaba.
Sin más, llegó a su destino donde se encontraban su madre y su futuro prometido. Al lado del hombre había un gran ramo de flores sobre una mesita. La muchacha supuso acertadamente que eran para ella.
—¡Buenas tardes, señorita Horan! —dijo el hombre con su marcado acento ruso, mientras tomaba el ramo de flores y se incorporaba de su asiento—, le he traído flores —dijo extendiendo el ramo hacia Julieth entretanto sonreía.
—Ya me di cuenta, gracias —dijo la chica tomando el regalo, luego lo puso sobre otra mesa y se sentó junto a su madre.
—Con el debido respeto que merece, déjeme decirle que usted es sumamente hermosa —dijo Nicolai después de un prolongado e incómodo silencio. Debido a que Julieth no dijo nada ante su cumplido y en cambio se dedicó a mirar la estancia como si fuera la primera vez que estaba ahí. Nicolai cambió de tema—. Cada vez que vengo a su casa —prosiguió dirigiéndose a ambas mujeres—, no puedo dejar de admirarla, es muy hermosa, modestia aparte se parece a la mía —dijo Nicolai alzando la nariz. Julieth puso los ojos en blanco.
—Seamos sinceros —dijo Dominic entrando en la habitación y sentándose en un sillón cercano al muchacho—. Su casa, señor Petrov, es más grande y atractiva que la nuestra.
—Y siniestra —murmuró Julieth, pero ante una mirada severa de su madre prefirió callar. Afortunadamente para sus padres, el ruso no la oyó.
Nicolai sonrió con suficiencia. Dominic le ordenó a unas mucamas que les trajeran bebidas y unos pastelillos de aperitivo. Al cabo de unos pocos minutos, la mujer volvió con la bandeja.
—Sírvase usted mismo, señor Petrov, con confianza —dijo Dominic señalando la tetera con sus correspondientes tazas y la charola con pastelillos de chocolate.
—Gracias... aunque volviendo al tema, mi casa de aquí en Londres no es tan enorme como la que tengo en Nápoles, ésa fue mi primera casa —dijo Nicolai. Dominic alzó las cejas en señal de sorpresa.
—¡Vaya! ¡Vaya! Señor Petrov, me sorprende, no sabía que tenía más de una propiedad. Me pregunto... cuántas tiene en total. —dijo el codicioso hombre con una expectación desbordante.
—A ver... en realidad, tengo siete: una en Italia —dijo empezando a enumerar con los dedos—, una en Rusia, claro está, otra en Polonia, una en Francia, otra en Alemania, la de aquí de Inglaterra y la última en Grecia, pero en realidad hoy no he venido a hablar de mí...
—Gracias a Dios —murmuró una vez más Julieth, pero Nicolai no la escuchó.
—Sino de su hermosa hija —dijo mirando a la rubia detenidamente como si fuese un cuadro—. ¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?
La muchacha quería irse, no contestar a nada que él preguntara y salir corriendo, de hecho en ese preciso instante se imaginaba toda una vida en libertad junto a su Harry, así que la pregunta la tomó desprevenida.
—Hija, ¡Vamos, contesta! —la apremió su madre.
—¿Perdón? —preguntó la muchacha con el ceño fruncido por la confusión.
—¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre? —repitió Nicolai.
—¡Ah! —exclamó la muchacha comprendiendo—. Me... me gusta tocar el piano, bordar y cantar, también me gustan las fiestas —dijo la chica de mala gana y con aburrimiento.
—Me parece increíble. A mí me gusta mucho viajar y enriquecerme de las culturas de los países que visito...
Julieth se hartaba cada vez más, entonces fingió sentirse mal para ver si así podía alejarse de allí, y funcionó. Primero se llevó una mano a la frente y compuso una exagerada mueca de dolor.
—¿Te sucede algo, querida? —le preguntó su madre con preocupación.
—No... no es nada —respondió con voz jadeante—, es solo una jaqueca.
—Será mejor que te retires a tu alcoba entonces —dijo Elizabeth tomando a su hija del brazo para ayudarle a incorporarse, luego le dedicó una sonrisa al invitado antes de dirigirse a él—. Señor Petrov, me temo que tendrá que disculpar a mi hija.
El hombre sonrió con simpatía y asintió con la cabeza.
—¡Oh! No se preocupe, señora Horan —respondió—, y en cuanto a usted, señorita, espero sinceramente que se alivie pronto.
El señor Horan observó con suspicacia a su hija mientras ella, en compañía de su madre, abandonaba la sala, sabía perfectamente lo astuta que podía llegar a ser esa muchacha, era su hija y él la conocía muy bien.
—Mi hija ha estado un poco indispuesta estos días —dijo Dominic a modo de disculpas mientras tomaba una servilleta para servirse un pastelillo de moka—, ya sabe, es difícil mantenerse tranquilo y relajado mientras ese asesino está allá afuera asechando a jovencitas indefensas.
—¿Se refiere usted a El Noctámbulo? —preguntó Nicolai.
El señor Horan asintió mientras masticaba un trozo de pastelillo.
—En cuanto llegué a Londres —continuó Nicolai—, escuché sobre él, además que hay unos carteles por toda la ciudad que anuncian el toque de queda al anochecer solo para mujeres.
—Es horrible —soltó Dominic limpiándose los labios con una servilleta—, no existe una sola chica en esta ciudad que pueda considerarse completamente a salvo. Ese... animal no hace distinciones entre clases sociales, tan solo mire a la hija de los Grandchester, asesinada en los límites de su propia casa.
—Pero tengo entendido que el gobierno ha mandado a un excelente detective para resolver el caso —comentó Nicolai luego de beber un sorbo de té.
—No es más que un niño incompetente —resopló Dominic—, hasta ahora no ha hecho más que recoger pistas que no lo conducen a ningún lado, lo sé porque él mismo lo ha dicho.
—Pero, señor Horan —objetó el muchacho—, he escuchado que ese asesino es muy hábil, es una tarea ardua atraparlo, tal vez el incompetente no sea el detective sino que el habilidoso es el asesino, ¿sí entiende? Solo hay que darle algo de tiempo a ese detective.
—No lo sé, señor Petrov, lo que pasa es que cada día despierto con la incertidumbre de que podría ser el último en que veo a mi hija —hizo una pausa en la que pareció que evocaba un recuerdo y luego continuó—, cada vez que pienso en el penúltimo crimen, me estremezco de horror. Como le dije antes, esa chica estaba dentro de su casa donde había vigilancia, exactamente como aquí. Debo confesar que me aterra que algo así le ocurriera a mi Julieth.
—Comprendo —respondió Nicolai levantándose del asiento—. Debo confesar que tengo la misma preocupación que usted, ya sabe que no es ningún secreto que su amadísima hija me interesa en demasía, por eso, señor, con todo respeto me atrevo a sugerirle que me entregue a su hija en matrimonio, le prometo que la voy a hacer muy feliz, todo esto es debido a que, si no lo sabía, El Noctambulo solo busca y acaba con las vidas de jóvenes solteras, entonces si su hija se casa conmigo, usted y su esposa podrían estar tranquilos al saber que su amada Julieth está a salvo de esa bestia, que si planeaba atacarla, perderá el interés al verla casada.
El rostro de Dominic se iluminó por completo, al fin veía materializadas frente a sí sus aspiraciones, había escuchado lo que tanto deseaba, no solo lograría incrementar la fortuna de su familia, sino que también lograría proteger a su hija.
Logró lo que se había propuesto desde que conoció a Nicolai Petrov, sin embargo una inquietud se fraguó en su mente a último momento, era algo sin importancia, pero que le causó un poco de curiosidad.
—El Noctámbulo solo busca jovencitas solteras, no me había percatado de ese detalle, pero ahora que lo pienso me he dado cuenta de que es cierto. Por otra parte, me parece que ha oído usted demasiadas cosas acerca del asesino, ¿no es así?
—¿Yo? ¡Ah!... ¡ah! solo he hecho algunas conjeturas acerca de los comentarios que he escuchado de mis criados —respondió el joven—. Como sea, señor mío, no creo que sea relevante el hecho de cómo me enteré de las cosas que sé, después de todo, es necesario conocer al enemigo, así estaremos en ventaja ante él y creo que le he hecho una buena propuesta de la cual usted aún no me ha expresado su opinión.
—¡Oh! Sí, disculpe, señor Petrov —expresó el patriarca de los Horan con voz risueña—, déjeme decirle que me honra con su propuesta. Mi esposa y yo estaríamos encantados de poder emparentar con usted, además que me tranquiliza saber que así mi adorada hija estaría fuera de peligro.
—¿Entonces qué decide? —preguntó Nicolai mirándolo fijamente.
—Cuente con mi aprobación, señor Petrov —respondió Dominic muy sonriente—, nos honrará tenerlo en la familia.
Los dos hombres sellaron el pacto con un abrazo amistoso, palmeándose la espalda mutuamente y luego el señor Horan le ordenó a una criada traerle una botella de champagne para celebrar.
—¡Ivanna, ven aquí! —solicitó Julieth cuando vio a la criada pasar frente a su habitación—. ¿Qué están hablando papá y ese hombre? ¿Has escuchado algo?
—¡Julieth! —la reprendió Elizabeth—, no mandes a Ivanna a fisgonear.
—No, señorita, no he escuchado nada y si me disculpa, ahora debo apresurarme porque los señores han solicitado champagne. Subí hasta aquí porque estaba buscando a mi madre que tiene la llave de la alacena, debo dirigirme allí rápidamente.
La mucama se alejó mientras Julieth hacía conjeturas en su mente.
—¿Para qué pedirían champagne? ¿Acaso papá habría logrado que?...¡No!... ¡No!.... Eso no puede ser.
Esto ha sido todo por el capítulo de hoy, poco a poco nos acercamos a los acontecimientos más envolventes ¡espero que les guste!
La imagen de portada y despedida son mis diseños hechos en el editor Canva.