La novela contiene narración gráfica de asesinatos e imágenes fuertes, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.
Benedict estaba sentado frente a un ventanal que daba a los jardines de la casa en la que se estaba hospedando, observaba el periódico vespertino, lo de siempre, se hablaba del nuevo crimen y de que el asesino no había sido encontrado.
El muchacho dejó el periódico despreocupadamente sobre la mesita que tenía a un lado, se frotó la cara con las manos y se despeinó un poco la cabellera, se levantó de su cómoda butaca y fue por algunos libros de criminalística de los que había traído de la biblioteca y que había puesto en su maletín, luego regresó con unos tres, se sentó de nuevo en su butaca y comenzó a leer en voz alta:
—A ver... Criminalística avanzada, por Elvis Brown —recitó el muchacho con parsimonia y pereza—, perfil de un asesino... Hay miles de tipos de asesinos, están los psicópatas: son aquellos que matan por falta de empatía, los asesinos que padecen alguna enfermedad mental violenta y por consecuencia matan porque creen oír voces ordenándoles hacer daño (éste es solo un ejemplo). Los asesinos a sangre fría, que matan por diversión, entre muchos más... —leyó Benedict con el entrecejo fruncido—, esto no me sirve, pues ya lo sé.
El hombre hojeó el libro hasta el siguiente capítulo y comenzó a leer de nuevo con tedio.
—Capitulo dos... escena de un crimen... La escena de un crimen es la clave de un asesinato, puede ser igual o diferente según el procedimiento que el perpetrador lleve a cabo, pues él, muchas veces, cambia la manera de matar y a su vez la escena del crimen se transforma. Hay otras que son similares porque el asesino sigue un patrón, bien sea para recrear sus asesinatos anteriores, o porque se da cuenta de que la primera vez no lo atraparon y si sigue haciéndolo de la misma, podría seguir impune... Tipos de escenas que se han encontrado a lo largo de los años —continuó con la lectura.
No le pareció que el primer párrafo encajara con el caso en el que estaba trabajando, pero a medida que leía, la apatía iba desapareciendo al tiempo que su interés y emoción se incrementaban.
—Al analizar una escena del crimen violenta, según el patrón de sangre en la escena (salpicaduras en las paredes y patrones en el piso) se puede llegar a identificar el arma homicida, en caso de no se encuentre.
Benedict recordó que en el cuarto asesinato, el arma homicida fue la soga que él tenía guardada en un baúl, pero en el quinto caso no la halló, sin embargo, deducía que la misma podía ser un objeto corto punzante debido a las características de las heridas halladas en el cuerpo, además, en el segundo y tercer caso, pese a tampoco haberse hallado el arma homicida, los cuerpos tenían cortes y puñaladas que concordaban con quizá el mismo objeto corto punzante.
—Si en la pared se muestra una línea de sangre diagonal ascendente, quiere decir que la víctima fue apuñalada ya que la acción de apuñalar crea patrones de salpicadura en las cercanías, un patrón ascendente en el caso de haber paredes. Además que en el cuerpo de la víctima, lógicamente debería haber marcas de punción. De la longitud de la herida, dependerá el tipo de objeto corto punzante que se empleó. Véase a continuación tipos de objetos corto punzantes y sus patrones.
Benedict observó las fotos y sonrió complacido. Según el patrón en las marcas de Savanah Horton, ésta había sido asesinada con un puñal, mientras que posiblemente tanto Alessa Lambert como Eleanor Graham, habrían muerto por el uso de una daga.
—¡Ya está! —dijo mientras se levantaba de la butaca.
El detective fue hasta su maletín para sacar el mechón de cabello que encontró en la mano de la cuarta víctima, y el cabello que halló en la primera escena del crimen, para compararlos con su lupa. Parecían idénticos, tenían la misma longitud y características.
En el centro de Londres se estaba haciendo un revuelo, todos murmuraban sobre un carruaje extremadamente elegante que tenía incrustados diseños ornamentales en oro macizo y que había atravesado la ciudad dirigiéndose a las afueras de ésta.
Dicho coche aparcó frente a uno de los palacetes más grandes que había en Londres.
El cochero bajó y se apresuró a abrirle la puerta a su jefe, un hombre que aparentaba unos treinta años, cabello negro, ojos oscuros, cuerpo atlético y sobre todo, mucha distinción y arrogancia. En resumen, era un hombre muy apuesto, todo un hidalgo.
Al momento, llegaron más y más carruajes que por lo visto, traían al resto de sus criados. Uno de estos abrió el portal de la mansión y el hombre pasó, luego se dispuso a hablar con el que parecía el mayordomo.
—¿Están ya todas mis pertenencias dentro de la casa? —preguntó con voz altiva, mezquina y arrogante, además de un acento ruso muy marcado.
—Así es, señor —contestó con actitud sumisa.
El hidalgo dio una cabezada y se adentró en el sendero que daba hacia la casa.
Nicolai Petrov era ruso, nacido en San Petersburgo, una de las ciudades más bellas de ese país.
Aunque muy buen mozo, Nicolai tenía una mirada enigmática y mezquina que a veces le daba un aire aterrador. Por lo general, cuando se enojaba, y eso pasaba a menudo ya que nada le gustaba y era muy caprichoso, le gritaba a todo el mundo que estaba a su alcance.
En ningún sitio al que llegaba conocían su pasado, salvo su lugar de procedencia, ya que era un hombre muy reservado, ni siquiera sus criados sabían nada de él, excepto lo actual. Tampoco le gustaba o le importaba encajar en sociedad y la verdad era que nunca lo hacía por su comportamiento tan hostil con los habitantes de las ciudades por las que había pasado.
Nicolai era un peregrino, le encantaba viajar y comprar propiedades en esos países que visitaba. Había oído acerca de la venta de aquel palacete en el que se iba a residenciar y como buen caza ventas, el ruso averiguó donde vivía el vendedor de aquella casa y la adquirió para mudarse.
Luego de unas horas, Nicolai decidió ir al ayuntamiento para arreglar unos papeles, cuando terminó, se tropezó con Dominic Horan que se disponía a abordar su carruaje.
Dominic era otro de los hidalgos de Londres.
—Lo siento, señor —dijo el hombre con su acostumbrado acento y tono altivo cuando tropezó a Dominic, éste iba a responderle, pensaba decirle que se fijara por donde caminar y que no fuera insolente, pero se contuvo al notar la elegancia del hombre que lo veía con esos ojos negros enigmáticos.
—No te preocupes, muchacho. ¿Cuál es tu nombre? Eres extranjero, ¿verdad? —preguntó el rubio al joven que observaba toda la calle de punta a punta con mirada perdida, como acostumbraba a hacerlo.
—Me llamo Nicolai Petrov —dijo el muchacho mirando nuevamente a Dominic mientras le estiraba la mano y éste se la estrechaba—. Sí, soy extranjero, ruso, nacido en San Petersburgo.
—Conozco a mucha gente en Rusia y creo que conozco a una familia Petrov ¿no sería la tuya, muchacho? —preguntó Dominic mientras una vez más, Nicolai parecía interesado con el paisaje ajetreado que lo rodeaba.
—No, no lo creo, señor. Ahora, no quiero pasar por mal educado pero... se me hace un poco tarde y debo resolver algunos asuntos personales. Si no le importa, seguiré mi camino ¡Hasta luego! —dijo mientras le hacía una ligera reverencia con la cabeza a su interlocutor a modo de despedida.
—Hasta luego, muchacho —dijo el hombre al tiempo que Nicolai seguía su camino hasta subirse a su lujoso landó.
Dominic estaba un tanto contrariado, ¿eran ideas suyas... o ese joven extraño lo estaba evadiendo? De cualquier manera, le había caído en gracia pues era un hombre respetuoso, altivo e hidalgo.
Ese extranjero era un poco raro sí, pero todo un hidalgo y muy educado. Dominic era de las personas que no dejaba pasar una oportunidad grandiosa y éste sabía que conocer a fondo y relacionarse con esa persona, le convendría, así como también le convino hacerse amigo de los Miller y de otras familias de alta sociedad, aunque, cabe destacar que aparte de la conveniencia de la amistad entre los Miller y los Horan, estos se tenían aprecio.
Dominic llegó hablándole a su familia de Nicolai durante la cena, mientras no dejaba de insinuar que ese muchacho sería un buen esposo para Julieth, su hija.
—Deberías fijarte en una persona como esa —le dijo el padre a su hija.
—Si tiene que ver con la alta sociedad no quiero nada con él —dijo la muchacha bebiendo un sorbo de leche.
—Obviamente tiene que ver con la alta sociedad, pertenece a ella. Es un muchacho ruso, de buenos modales y elegante. Justo lo que a tu madre y a mí nos gustaría para ti.
—Papá, le acabas de conocer, mejor dicho, te tropezaste con él en la calle nada más, no lo conoces y ya estas insinuando que quisieras que me casara con él—dijo la muchacha.
—No hablo de que se vayan a casar ahora mismo, lógicamente se harían las visitas y el cortejo correspondiente antes de eso, tiempo suficiente para conocerlo. —le explicó Dominic a su hija que lo miró con enojo.
—No me hace gracia que pretendan escogerme un marido, llegado el momento quiero ser yo quien lo elija —dijo la muchacha levantándose de la mesa y alejándose hacia la salida—. Con permiso.
—¿A dónde crees que vas, Julieth? No seas grosera con tu padre —Increpó la madre, pero la jovencita ya se había marchado.
Este ha sido el tercer capítulo, espero que les vaya gustando la historia. ¡Muchas gracias de antemano por el apoyo brindado a mi libro.