La novela contiene narración gráfica de asesinatos e imágenes fuertes, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.
Eran aproximadamente las once de la noche cuando un hombre corpulento caminaba por las solitarias calles de Londres. Cuidaba los detalles en cuanto a caminar con sigilo se refería, asomándose por las esquinas y avanzando solo cuando no veía a nadie.
Llevaba puesto un levita de color negro y un sombrero de copa alta y sus manos estaban enguantadas. Mientras caminaba, movía los dedos de las manos hacia atrás y hacia adelante, uno por uno en un gesto de impaciencia.
Vio su objetivo en la parte trasera del jardín de una mansión, había cierta vigilancia, pero este hombre era intrépido e inteligente y si antes había burlado a la justicia, también podía hacerlo ahora...
Así, sin más, se subió a un árbol cercano para alcanzar la pared de la mansión y posteriormente trepó por ella hasta caer del lado del jardín. Se ocultó tras unos abetos entretanto miraba con demencial interés a la muchacha que observaba la estatua de una mujer mientras la adornaba con flores.
Caminando tras los abetos, el hombre se movió hasta quedar muy cerca de la chica, pero era tan silencioso que ella no se percató de que alguien la observaba. El hombre arrojó una roca muy pequeña hacia el frente, llevando la atención de la mujer hacia el lado izquierdo de ella y permitiéndole acercarse sin que se diera cuenta. Entonces la tomó por la cintura con el brazo derecho y con la otra mano le tapó la boca. Ella pugnaba por su libertad, pero los brazos de ese hombre eran muy fuertes.
A pesar de la lucha entre la joven castaña y el extraño de levita, éste tenía la habilidad para no hacer ruido, así que la llevó hasta la pared por dónde había entrado al jardín trasero de esa mansión. Le cubrió la boca con una mordaza y la recostó en el suelo para proceder a atarle las extremidades, extendidas a cada lado, sujetándolas a las raíces de un árbol y los barrotes de una cerca, tal como si fuera una X humana. Luego sacó una daga muy afilada desde dentro de su levita y la clavó en el abdomen de la mujer, provocando que ella abriera los ojos hasta casi salirse de sus cuencas.
Posteriormente, el asesino soltó el mango del cuchillo y, con mirada desquiciada, comenzó a acariciarle el cabello a la chica, sonriendo, deleitado con sus gritos amortiguados por la mordaza.
Tomó de nuevo el cuchillo y lo sacó de la herida, de dónde empezó a emanar sangre, después de eso hundió el arma en el pecho de la dama y la deslizó, provocando un surco largo que se encontró con la herida del abdomen, entonces, sin siquiera pensarlo, le acertó una puñalada en el corazón que acabó su con la vida, pero la sed de sangre de aquel despiadado hombre no terminó allí, se detuvo a pensar qué haría primero pues estaba seguro de que esta vez iba a proceder de una forma distinta con el cuerpo que ahora tenía a su disposición.
—Es así como me gusta verlas, es esto lo que merecen —susurró con voz suave, mirando a la muchacha que tenía los ojos abiertos.
El despiadado asesino, desvistió a la muchacha hasta dejarla totalmente desnuda y posteriormente, sacó un largo cuchillo carnicero y le cercenó por completo la cabeza (lo que le llevó algo de tiempo ya que su herramienta no estaba tan afilada como debía). Siempre atento a que no hubiese nadie cerca, buscó con la mirada una mesa de jardín y entonces la ubicó delante de una pared para posicionar allí la cabeza de la chica.
En la posición en la que se hallaba, estaba completamente oculto de la vista de los guardias, además, su modo de proceder era extremadamente sigiloso, no obstante, mientras trabajaba, a cada momento alzaba la mirada por sobre los arbustos para comprobar que los guardias se hallaban lejos.
Tomó unas tijeras al igual que una navaja y se dedicó a rasurar la cabeza de la joven antes de adherirle serpientes muertas usando pegamento, después le introdujo en la boca una libra esterlina y un par de varas para mantener la mandíbula abierta.
Tomó unas tijeras al igual que una navaja y se dedicó a rasurar la cabeza de la joven antes de adherirle serpientes muertas usando pegamento, después le introdujo en la boca una libra esterlina y un par de varas para mantener la mandíbula abierta.
El hombre sonrió al culminar la primera parte de su trabajo, luego introdujo los dedos en la herida del abdomen del cadáver en la búsqueda de un riñón, el cuál pensaba conservar en una caja que había llevado consigo.
Comenzó a escribir en la pared usando la sangre de la víctima que emanaba de la herida y cuando terminó la labor, situó el cuerpo bajo la inscripción.
Tomó el vestido manchado de sangre de la muchacha y con asombrosa indiferencia limpió la daga con él. Lo dobló como pudo porque pretendía llevárselo y enseguida trepó la pared como había hecho para entrar, alejándose hasta llegar a la calle Berner.
A la mañana siguiente, las autoridades llegaron a la casa en la que se hospedaba Benedict y lo pusieron al corriente del nuevo asesinato. El detective acababa de arreglarse y se disponía a desayunar, pero debido al acontecimiento solo pudo tomar unas tostadas con mermelada de fresa y se las llevó para comerlas en el camino. Un poco después, llegó a la mansión de los Grandchester, una familia adinerada del círculo de amistades de los Horan y los Miller quienes estaban allí consolando a los afligidos padres de la occisa. Benedict los saludó.
—No soporto verla así, es horrible. ¡Mi hija no! —murmuraba la madre.
El detective expresó sus condolencias, siguió al jefe Lancanster hacia el jardín trasero y caminaron hasta la escena del crimen...
A pesar de que el más reciente asesinato también había sido horrible, Benedict no había visto nada más grotesco que éste.
Había una mesa de jardín donde reposaba la cabeza de la muchacha reconocida como Katelyn Grandchester, quien en vez de cabellos tenía serpientes muertas pegadas en la cabeza. Un montón de moscas revoloteaban a su alrededor. La cabeza de la joven tenía la boca abierta y dentro de ella brillaba una libra esterlina. Al lado derecho estaba el resto del cuerpo junto al muro dónde rezaba la siguiente inscripción:
Con la ira reflejada en el rostro, Benedict comenzó a hacer el peritaje correspondiente, observando todo a su alrededor con detenimiento para sacar las primeras conclusiones. Informó a los policías que lo ayudaban en el proceso, que suponía que el asesino se había trepado por el árbol que se veía al otro lado, que había subido de unas ramas hasta la pared y de allí se lanzó hacia adentro de la mansión, lo sabía porque unas ramas rotas yacían en el piso.
Sin más nada que hacer, se alejó de allí con la impotencia reflejada en el rostro. Suavizando la mirada le prometió a los Grandchester que encontraría al asesino, y se subió a un carruaje que lo esperaba para volver a su casa. Sin dudas ésa era otra noche en la que tendría que trabajar a fondo.
A eso de las ocho de la noche, Benedict seguía revisando las pruebas que tenía en su poder, se sentía frustrado... ¿Cuántas jovencitas más tenían que morir antes de hallar al culpable? ¿Cuándo podría ganarle la contienda a ese psicópata?
A Benedict le llamó la atención la inscripción que el asesino había dejado en la escena del crimen, sobre todo porque esos nombres... «Perseo» y «Medusa », le pareció haberlos leído en el libro sobre mitología griega que había extraído de la biblioteca, así que se dispuso a echarle un vistazo y en efecto encontró las leyendas correspondientes a cada uno de esos personajes.
De esta manera, descubrió que Perseo era un semidiós, hijo de Zeus y Danae que, por órdenes del rey de la isla Polidectes y con la ayuda de Hermes, Atenea y Hades, se enfrentó a una de las tres gorgonas, Medusa (monstruo con serpientes en lugar de cabello que convertía en piedra a todo aquel que la mirara a los ojos) Perseo ganó la batalla al cortarle la cabeza.
Benedict entonces comprendió la similitud que había entre la escena del crimen y la leyenda mitológica. Cada vez estaba más convencido de que el asesino tenía mucho que ver con Grecia.
El detective salió de sus cavilaciones en cuanto oyó que aporreaban la puerta de su habitación e hizo pasar a la mucama que lo llamaba.
—Señor, le dejaron un paquete en la verja de entrada de la casa, no tiene remitente —dijo la mujer colocándolo sobre una mesa.
—Gracias —dijo el muchacho mirando el paquete con recelo mientras se hacía algunas preguntas.
¿Quién sería tan tonto para dejar un paquete en la verja de la casa y no en la puerta? ¿Por qué no tenía remitente?
Sin más, se decidió a abrirlo, pero cuando lo hizo, lo que estaba adentro le arrancó un grito de asombro e hizo que la caja se le cayera de las manos, además de provocarle unas fuertes ganas de vomitar...
En la caja, estaba la mitad de un riñón que reposaba sobre una cama de lechugas en un plato y dentro había un sobre. Con el alma en vilo, Benedict se decidió a tomar el sobre y sacar la carta que contenía para leerla. La letra era apretujada y el remitente tenía muy mala ortografía, además de una letra tosca y enorme.
Eztimado señor Fletcher:
Reciba mis más cordialez zaludos y mis más gratas felisitaciones por la inveztigasión que está yevando a cavo aunque sin éxsitos. Creo que hante todo debo precentarme. Soy El Noctámbulo y sí, soy el cauzante de los seis asesinatos acontecidos en Londres: Meredith Blake, Savanah Horton, Alessa Lambert, Hortencia Chassier, Eleanor Graham y el de hace una hora, el de Katelyn Grandchester.
No me gusta que la jente me vea como un ombre malbado, solo soy un artista que mueztra al mundo la bellesa de la mitología griega, me encanta ¿sabe?, lo que más plaser me da es ber como aqueyas jobencitas piden qlemencia y se retuersen en miz vrazos para liberarze, y el terror que reflejan cuando ben mi hermoza daga a la lus de la Luna.
Le envié la mitad de uno de los riñones de Katelyn Grandchester porque bueno, mi madre me inculcó compartir... yo tomé la otra mitad, la cociné y me la comí, así que pencé que usted haría lo mismo y lo encontraría delizioso tal y como lo encontré yo. Sin más que acotar me dezpido de uzted hasta la próxima...
Por ciempre suyo...
El Noctámbulo.
Benedict no tenía idea de qué hacer, se había quedado anonadado, temblando como una hoja. El asesino no solo se había conformado con matar a jovencitas inocentes, ahora también se dedicaba a martirizarlo más de lo que ya estaba. Se sentía abatido y que poco a poco ese asesino le estaba ganando ventaja. Sin más, recogió la carta y la metió en el cofre con llave donde guardaba el maletín y todas las pruebas, así como testimonios de los asesinatos. El paquete que contenía el órgano humano, lo puso en la esquina más alejada de su habitación. Al día siguiente se lo llevaría al jefe Lancaster, pues era tarde ya.
Tomó una daga que siempre llevaba consigo para defensa y la metió bajo su almohada, luego apagó las luces y dejó las cortinas abiertas por cualquier eventualidad. Se metió en la cama y se dispuso a dormir, aunque sentía que no podía hacerlo.
Un hombre elegantemente vestido llegó a su humilde casa, la cual se encontraba en East End, un sitio bastante marginal en opiniones de las personas de alta sociedad que vivían en el lado contrario de la ciudad, es decir, en West End que era donde vivían los Miller, los Horan, Nicolai Petrov y donde se estaba quedando Benedict.
El hombre estaba sentado frente a una mesita y a la luz de las velas sacó un cuadernillo negro y comenzó a leer el contenido escrito. Se trataba de un diario.
De pronto se oyó un ruido en la entrada, el hombre levantó la vista un tanto asustado y con un arma de fuego en la mano se dirigió a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó el hombre esperando una respuesta.
—¡Soy yo! —dijo una voz. El hombre de levita abrió la puerta tras reconocer la voz, y se encontró con otro que vestía igual que él—. ¡No preguntes nada y dame mi diario! —dijo el recién llegado, extendiendo la palma de la mano para recibir el cuadernillo negro—. ¿Alguien te vio de fiesta hoy tal como planeaste? —preguntó.
—Sí y fumé un poco con un nuevo amigo en puente de Brooklyn —respondió el otro.
—Pues que bien. Ahora... regresemos, debo... contarle a mi amigo las cosillas que hice hoy —dijo el hombre blandiendo el cuadernillo.
El asesino no dejaba de pensar en las cosas que estaban sucediendo, cosas que él había provocado. De cierta forma estaba tranquilo, sabía que siempre iba unos cuantos pasos más adelante que Benedict Fletcher. Él podía asesinar a cuantas señoritas quisiese y el detective nunca lo descubriría, ni siquiera tenía sospechosos y si los llegara a tener, él no estaría en su lista.
Benedict Fletcher era un tonto que había decidido jugar al detective famoso cuando solo había resuelto unos cuantos casos. El Noctámbulo sabía que para tener éxito se debía conocer al enemigo pero... ¿y si el muchacho tenía sus armas escondidas? ¿Y si no declaraba ya para la prensa para que él asesino no supiera lo que éste tramaba? ¿Y si ya sabía quién era El Noctámbul,o y estaba esperando a verlo para apresarlo? ¡No! Sencillamente se estaba poniendo paranoico, ese idiota no lo descubriría ni en un millón de años. En Londres solo estaban ellos dos, Benedic Fletcher de tan solo veintiocho años, y él... un hombre ya de cuarenta. Tenía todo controlado.
Este ha sido el cuarto capítulo, espero que les haya gustado. A medida que el libro avanza las cosas van tornándose más escabrosas. Gracias de antemano por el apoyo.
Las cartas de El Noctámbulo están parcialmente basadas en las cartas de Jack the ripper.