La novela contiene narración gráfica de asesinatos e imágenes fuertes, por lo que se recomienda discreción. Apto para mayores de edad.
Benedict estaba aterrorizado, no había dormido absolutamente nada y cuando estaba a punto de dormirse, el más mínimo ruido lo despertaba. Era una situación desconcertante porque aunque no lo demostraba, jamás había sentido tanto miedo.
Cuando la luz del sol naciente iluminaba la habitación, Benedict se levantó y empezó a alistarse para salir. Mientras se bañaba, miraba hacia la habitación a través de la puerta abierta, la daga descansaba en una mesita a su lado y de vez en cuando le lanzaba furtivas miradas también para asegurarse de que siguiera allí.
El joven detective no se había dado cuenta, pero aún temblaba y no se debía el frío. Al terminar se vistió con rapidez y decidió ir a dar un vistazo al cofre dónde guardaba las cosas importantes de su investigación. Con un escalofrío recorriéndole la nuca abrió el baúl, extrajo la carta del asesino y también una de sus armas de fuego, posteriormente fue a recoger la daga que había dejado en el baño y el paquete con el repugnante riñón descompuesto, y salió de la casa.
El muchacho estaba consciente de que debía informar al jefe de policía acerca del atrevimiento del asesino, así que sin más dilación. se dirigió hacia la estación de policía. Al llegar, Benedict entró como un bólido a la oficina del jefe, colocando el paquete con el dantesco contenido sobre la superficie de su escritorio. A esas alturas el riñón estaba ya muy estropeado e incluso comenzaba a heder, pero todavía se podía distinguir su forma.
—No nos estamos enfrentando a cualquier cosa —dijo el jefe de policía a Benedict cuando él le contó con lujo de detalles lo que le había ocurrido la noche anterior—. ¿Y si no es un hombre? ¿Y si es el propio demonio? —preguntó el tipo mientras Benedict ponía los ojos en blanco.
—¿Pero qué dice, hombre? —fue la respuesta del muchacho conforme se paseaba por la habitación—, ése de allá es un homicida, asesino, criminal, delincuente, infractor. ¿Quiere más sinónimos? Es solo un hombre que nos lleva la delantera. ¿Cómo que un demonio? ¿De dónde saca tales conjeturas? —preguntó el hombre con un tono de burla.
—Hay que creer en este tipo de cosas, señor Fletcher. Si yo fuese un párroco o quizá el mismo Papa... pediría que se excomulgara a ese delincuente —dijo el hombre con fiereza. Benedict parecía impacientado, no podía entender como ese hombre decía tales cosas.
—Señor... yo soy un hombre de fe y usted lo sabe, pero no se puede tapar el sol con un dedo, con excomulgar a ese asesino no cesarán las muertes y además no podemos excomulgar a alguien que ni siquiera sabemos quién es. Tenga sensatez, y una cosa sí es segura... Sea como sea, cueste lo que cueste, yo atraparé a ese delincuente así se me vaya la vida en ello —dijo el muchacho con ira mientras salía de la oficina.
Benedict había pensado que decirle lo sucedido al jefe de policía le serviría de algo, pero el acontecimiento al parecer lo había trastornado, por lo tanto decidió volver a casa.
Apenas llegó, lo recibió un nuevo sobre, así que se puso un poco tenso, pero cuando leyó el remitente suspiró con alivio. Era una esquela de la familia Horan.
Se sentó en la cama para abrir el sobre y extrajo de éste una invitación que con tinta roja rezaba:
Tienen el honor de invitar al señor
Benedict Jonah Fletcher
a la celebración del onomástico de nuestra hija
Julieth Laurine Horan
Que tendrá lugar el día 26 de septiembre en la mansión de nuestra familia
(Número siete de la calle Shaftesbury en West End) a las 8:00 pm
Eso era lo que le faltaba, con trabajo por hacer y tantas hipótesis que armar, ahora tendría que asistir a un evento social. ¿Por qué los Horan lo habrían invitado? Estaba seguro de que él no le había caído en gracia a Dominic Horan y hasta había escuchado rumores de que había comenzado a dudar de sus habilidades como detective, luego de que se suscitaran tres asesinatos más después desde su llegada. Entonces ¿por qué lo invitaba? Algo no andaba del todo bien en eso... ¿Podría considerar a Dominic Horan su primer sospechoso? Eso lo comprobaría tras cruzar unas palabras con el hombre en esa fiesta. ¡Sí! Sería bueno ir allí debido a que iba a asistir mucha gente y de seguro podría traerse a casa una lista de sospechosos.
El gran día del evento, Benedict decidió ir al centro de la ciudad para comprarse un nuevo traje de gala, puesto a que la fiesta era de gran importancia. Llegó a una prestigiosa tienda dónde hizo la compra requerida y salió con los paquetes a dar un paseo para despejarse un poco antes de ir a casa para alistarse.
Llegó al puente de Westminster y se quedó viendo el río Támesis. No dejaba de pensar en los acontecimientos que habían pasado desde antes de que él arribara a Londres… Ya habían seis víctimas, ¿quién más moriría a manos de El Noctámbulo?
—El Noctámbulo... ¿Quién se pondría tal nombre? ¿Por qué ese nombre? —Pensó Benedict en voz alta mientras pasaba sus ojos azules por la superficie del río—. ¡Por el amor de Dios! Será mejor que deje el trabajo para más tarde —se dijo a sí mismo mientras retomaba el camino de vuelta a casa.
Se daba cuenta que ni siquiera podía dar un paseo sin pensar en su trabajo, pero sabía que sucedía así porque él era demasiado preocupado por el cumplimiento del deber y pretendía hacerlo lo mejor que podía.
Siendo ya de noche, Benedict se alistó para salir rumbo a la fiesta.
En la casa de los Horan, las mucamas arreglaban a Julieth.
La muchacha lucía un hermoso y pomposo vestido, estaba ostentosamente arreglada.
Su madre entró en la habitación en el momento en que las doncellas se encargaban de los últimos detalles.
—¡Por Dios, estás preciosa! —dijo la mujer con orgullo al contemplar a su hija que la miraba con rostro inexpresivo.
—Mamá, me siento ridícula —dijo la chica bajando de la plataforma en la que estaba, para acercarse a su madre, entretanto las doncellas se marchaban de la habitación.
—Te ves hermosa, Julieth, ¿cómo vas a decir que te sientes ridícula? Todos te encontrarán bella, ya lo verás —le dijo.
—Sin embargo... ¿no podría ponerme cualquiera de mis vestidos y...?
—Nada de eso, tu padre gastó una fortuna en todas y cada una de las cosas que llevas puesta hoy, y a él le hacía mucha ilusión ver que las usaras. Voy a llamarlo para que te vea, una vez que hables con él, te anunciaremos para que bajes.
La chica asintió y Elizabeth salió.
En cuanto Benedict Fletcher cruzó los portales de la gran mansión de los Horan, se dio cuenta de que había mucha seguridad en el lugar ya que le pidieron su identificación, lo mandaron a bajar y revisaron el carruaje completamente, él mismo fue pesquisado también y le consiguieron una daga, además de un arma de fuego, pero sabiendo que era detective debido a su placa y que estaba a cargo de los recientes asesinatos, lo dejaron pasar con sus pertenencias.
El joven se bajó del carruaje al llegar a las puertas de la casa y continuó su camino...
En el salón se topó con mucha gente snob bebiendo vino, bailando uno que otro vals y mujeres que lo miraban con una sonrisa. O era el traje, o era él quién se llevaba las miradas de las jovencitas.
Benedict caminó un poco entre la gente, observando, y se detuvo en un lugar desde donde tenía una buena vista de todo el salón.
Entre la gente encontró a Lancaster, así que se dirigió hasta él para hacerle compañía.
—Buenas noches —saludó el detective.
—¡Señor Fletcher! —dijo el rechoncho hombre, a modo de saludo.
—¿Todavía está consternado por la carta y el dantesco obsequio que recibí de parte de El Noctámbulo? Porque debo confesarle que yo aún lo estoy —dijo Benedict.
El hombre de pelo ralo se estremeció.
—Sí, ¿y quién no lo estaría? Pero déjeme decirle que no solo usted recibió correspondencia de su parte —dijo, posteriormente miró hacia los lados para cerciorarse de que nadie más que Fletcher lo escuchaba y añadió—: Ayer en la noche me llegó esto —dijo mientras le entregaba a Benedic un papel arrugado, con mano temblorosa. Él iba a desplegarlo para leerlo pero el jefe lo detuvo—. ¡No! Léalo en su casa, no aquí. Esa carta me la envió El Noctámbulo.
Al tocar el tema del asesino y sus siniestras encomiendas, el hombre palideció. Benedict estaba preocupado de modo que se guardó el papel en el bolsillo interno de la levita.
—Fletcher, me gustaría decirle algo importante, he decidido que será mejor que...
En el salón de fiesta, la música dejó de sonar y todos se concentraron alrededor de las escaleras para recibir a la agasajada.
—Si me disculpa, podría decírmelo en otro momento, es que va a bajar la muchacha.
Tras un discurso de Dominic acerca de lo feliz que se sentía por tener a sus dos maravillosos hijos, que se complacía con los logros de ambos y un montón de cosas más que hicieron que muchas mujeres lloraran conmovidas, anunciaron a la hija de la familia y ella salió a la vista con una tímida sonrisa. Julieth tomó la mano de su padre y bajó las escaleras.
Jacob Miller fue el primero en entregarle su obsequio a la joven.
Benedict se divirtió al descubrirse a sí mismo embelesado con la belleza de Julieth.
Luego de que la mayoría de los invitados entregaran sus regalos, un joven altivo hizo aparición, regalándole a la muchacha un brazalete de diamantes. Todos reconocieron en él al nuevo habitante de Londres, Nicolai Petrov.
Benedict caminó hacia la joven agasajada, abriéndose paso entre la multitud, luego le hizo una ligera reverencia, además de besarle la mano.
—Le deseo un feliz cumpleaños —le dijo Benedict con voz seductora ante la mirada curiosa de los invitados. Ni a Nicolai ni a Jacob, les hizo gracia aquello—. Éste es mi regalo para usted, si su padre me lo permite, desde luego... —dijo mientras sacaba del interior de su traje un estuche de terciopelo negro y lo destapaba ante el asombro de los presentes.
Se trataba de un collar hermoso. A Julieth se le iluminó el rostro y Dominic esbozó una expresión de asombro.
—Quisiera colocárselo, me gustaría vérselo puesto y creo que hará juego con su hermoso vestido —dijo el detective con el collar en una mano, mientras con la otra le daba el estuche a Dominic.
Ella miró a su padre y éste asintió, así que Elizabeth se apresuró a quitarle el collar de ópalos a su hija y le dio paso a Benedict que, con delicadeza, le colocó el nuevo collar ante los aplausos de los invitados.
Benedict besó la mano de Julieth y estrechó la de Dominic antes de que la fiesta se retomara con la música y los bailes.
Más que disfrutar la fiesta, el detective estaba aguzando los sentidos para tratar de detectar alguna cosa que estuviese fuera de lugar.
Nicolai estaba hablando con Julieth, se notaba que la conversación estaba aburrida pues, la chica esbozaba un gesto de aburrimiento cada vez que su interlocutor miraba hacia otro lado, luego sonreía en el momento en que él la miraba.
En ese instante sonó un vals y Benedict cruzó el salón para llegar hasta Julieth y así poder interrumpir a Nicolai.
—¿Me concede esta pieza, señorita? —dijo él con una sonrisa afable conforme estiraba la mano para que ella la tomara.
—Sí, con mucho gusto —respondió la chica—, disculpa, Nicolai, hablamos luego.
La pareja bailó tres valses y luego salió al jardín trasero dónde se sentaron en una banqueta que quedaba lejos, frente a un laberinto de arbustos altos. El sonido de la música llegaba amortiguada hasta ellos y sus voces resultaban atronadoras ante aquel silencio.
—Usted es el detective que investiga los actuales casos de asesinato, ¿no? —indagó la muchacha mirando las rosas que tenían al frente.
—Así es —dijo Benedict mirándola—, me dio la impresión de que la señorita no bailaba ni trataba con desconocidos.
—Sí, es así —respondió la chica—, todos los londinenses lo conocemos, es el detective a cargo de los asesinatos que han ocurrido.
—Pero... hace unos momentos cuando estábamos bailando, no sabía quién era, solo lo sospechaba —dijo Benedict con expresión divertida.
—Está bien, me ha agarrado, típico detective, muy bueno debo decir. Acepté su invitación a bailar porque entre Jacob Miller y Nicolai Petrov, me van a volver loca —dijo riendo.
—No me extraña que esos jóvenes estén tras su pista —dijo el muchacho acariciando las hojas de los altos arbustos que tenían detrás.
—¿Por qué lo dice? —inquirió ella con curiosidad.
—Pues porque, con su respeto, debo decir que es muy hermosa y que cualquier hombre caería a sus pies.
—¿Eso lo incluye? —preguntó la chica con las cejas alzadas.
—¡Mmm... tal vez! —dijo Benedict balanceando la cabeza de un lado al otro lentamente un par de veces.
—¡Eso es una infamia! —dijo ella con el ceño fruncido.
—Lamento que la señorita Horan sea tan susceptible —dijo Benedict—, pero no estoy en Londres precisamente para buscar esposa, si a eso se refería.
Julieth se ruborizó, pero en ese momento se oyó un ruido, como alguien que cae desde una altura moderada. Benedict y Julieth se incorporaron enseguida.
El detective retrocedió y agarró a Julieth por un brazo mientras que con un dedo en sus labios, le indicaba que permaneciera en silencio. La ubicó en un rincón entre unos arbustos y él se situó delante de ella, aunque era una tarea difícil debido al vaporoso vestido que ella usaba. Benedict se pegaba a la chica, sintiendo como el corazón de ella latía rápidamente... Se oían pasos a lo lejos, pasos amortiguados...
El detective sacó su arma de fuego y también la daga. Julieth abrió los ojos desmesuradamente.
—No se separe de mí en ningún momento, voy a protegerla, señorita.
La chica asintió y Benedict, tras oír que los pasos se acercaban por el frente, le quitó el seguro al arma antes de apuntar.
De la nada, salió un hombre muy guapo de rasgos asiáticos que llevaba un elegante traje. Al mirar el arma se puso muy pálido, sin embargo recobró la compostura.
—Identifíquese —exigió Benedic.
—Wyatt Jones, detective perteneciente al cuerpo policial Londinense—dijo éste sacando con lentitud su placa.
—¿Londinense? —preguntó Benedic con suspicacia debido a los rasgos asiáticos del hombre.
—Soy japonés de nacimiento y crecí aquí en el seno de una familia inglesa, ¿contento, señor Fletcher, o debo darle mi certificación de nacimiento?. ¡Ah! Y le agradecería que dejara de apuntarme con su arma.
Benedict, con alivio bajó el arma y volvió a colocarle el seguro.
—Casualmente estaba buscándote, Fletcher. El jefe Lancaster acaba de comunicarme que a partir de mañana trabajaremos juntos, codo a codo en el caso de asesinato serial. Me pidió también que te lo dijera, ya que antes intentó decírtelo pero los interrumpieron. Espero que no tengas ningún problema con eso y que nuestros próximos encuentros sean menos... hostiles.
Benedict no sabía si sentirse bien o mal con esa noticia, o estaban dudando de él o simplemente querían ofrecerle ayuda.
—No, no tengo problemas, mañana ya hablaremos bien del asunto en la casa donde me hospedo. Ahora es mejor volver adentro.
—Totalmente de acuerdo —dijo el joven caminando delante de ellos. Benedict lo siguió con Julieth.
Lo que ninguno sabía era que alguien más los miraba. Un individuo muy bien vestido pero no con buenas intenciones, los espiaba desde un lugar discreto.
Este ha sido el capítulo 5, espero que les haya gustado. A medida que avanza, la trama se va haciendo más intensa ¿y que hay con el nuevo compañero de Benedict? ¿Realmente se la llevarán bien?. ¡Muchas gracias de antemano a las personas que han ayudado a mi crecimiento como escritora.